Diarios de Otsoga (4)

  07 Junio 2022

Con las huellas de Truffaut y Erice

diarios-de-otsoga-0«Pode tornar os sonhos verdadeiros».

(Miguel Torga)

Una mágica simbiosis entre Jules y Jim (1962) y El sol del membrillo (1992). Así podría definirse el largometraje Diarios de Otsoga, dirigido conjuntamente por Maureen Fazendeiro y Miguel Gomes. La película no es solo una joya de la cinematografía portuguesa, sino, me atrevería a decir, del cine europeo de nuestra época.

En una hora y cuarenta minutos, el metraje de la obra, asistimos a una creación poliédrica, densa, muy rica en contenidos. El filme sigue la estructura de un dietario, pero no en un avance lineal, sino en retroceso. De esta forma, Diarios de Otsoga comienza el 22 de agosto y finaliza el 1 de ese mismo mes. Esa elección narrativa, tan innovadora, va a tener relevantes implicaciones en la película, ya que lo que empieza siendo un testimonio de las andanzas veraniegas de tres jóvenes —Carloto, Crista y João— en una granja lusa se va a convertir en una profunda reflexión sobre el arte cinematográfico, sobre la ardua tarea de levantar una creación fílmica.

En la vertiente sentimental, ese triángulo protagónico donde los dos jóvenes, João y Carloto —para conectar aún más vida y cine, mantienen los nombres de sus intérpretes, João Monteiro y Carloto Cotta—, buscan el amor de Crista —Cristina Alfaiate—, recibe una notable influencia de Truffaut, del Truffaut de Jules y Jim. Resultan magistrales todas las escenas donde aparecen los tres, en permanente contacto con la naturaleza, ya sea observando los movimientos de una mariposa, o el caer de la lluvia, o recogiendo los membrillos de los árboles.

Jóvenes esplendorosos anhelando apresar el esplendor de la vida. Gomes y Fazendeiro muestran un espléndido dominio de los primeros planos para captar toda la sentimentalidad de los rostros, todo el fulgor del universo de las miradas. Asimismo, hay un prodigioso uso de la luz natural, que potencia ese canto a la existencia, ese carpe diem contemporáneo que es este largometraje. Los tres actores principales están en estado de gracia, magníficos, auténticos pilares de la obra. En la fuerza física de Carloto hay ecos de Terence Stamp; en la gracia de João hay pinceladas de Ninetto Davoli; en la serena belleza de Crista percibimos la ascendencia de Alida Valli.

Junto a la sensualidad, la celebración vitalista, Diarios de Otsoga lleva a cabo una interesantísima introspección sobre el paso del tiempo, sobre el devenir temporal. La articulación en dietario favorece este otro aspecto nuclear del filme. Y aquí es Erice, fundamentalmente el Erice de El sol del membrillo, el que ejerce un poderoso influjo, que queda recalcado, de forma explícita, en los planos de los membrillos, en cómo los frutos se van degradando según pasan los días, auténtica metáfora en torno a los efectos destructores del tempus fugit. En el ritmo pausado, introspectivo, que posee el largometraje en la mayoría de sus secuencias —y que quizá se hace algo excesivo, monótono, a mitad de la película— también apreciamos el aliento del cineasta de El espíritu de la colmena (1973).

Pero Diarios de Otsoga no aborda únicamente la reflexión temporal y la trama amorosa, sino que, a medida que avanza el filme, se articula en una magistral meditación sobre la capacidad y los límites del propio cine. Y, poco a poco —recordemos que el largometraje va en sentido inverso, del final al inicio, cual la palabra Otsoga, Agosto—, los dos directores, los operadores de cámara, los iluminadores, todo el equipo que conforma el rodaje va apareciendo en escena. Es decir, el fuera de campo se introduce en la imagen, y vamos viendo los entresijos de una película que se hace ante nuestros ojos. El cine dentro del cine. Y aquí late el Bergman de Persona (1966), el Fellini de E la nave va (1983).

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Me encanta toda la hondura y la sinceridad que se transmite en las secuencias en las que los tres intérpretes hablan con Gomes y Fazendeiro, la transmisión de sus dudas e incertidumbres acerca de la filmación; o en el inicio del rodaje, en plena pandemia del COVID-19, en agosto de 2020 —la película se rodó entre el 17 de agosto y el 10 de septiembre de ese año en una quinta portuguesa—, las charlas que mantienen todos los trabajadores que van a laborar en la obra.

Se afirma en Diarios de Otsoga lo que varias veces afirmaron los maestros John Ford y Jean Renoir: que el cine es un trabajo colectivo. Qué primorosa la secuencia, con imagen ralentizada, en un intento de apresar la felicidad del momento, cuando Crista conduce un tractor en el que van subidos varios componentes del equipo técnico y artístico. O la secuencia donde la propia Crista ayuda en la cocina a pelar patatas.

Y con el virus acechante, el largometraje expresa una potente querencia por la vida, el cine como refugio, como expresión de lo humano, de lo verdadero. De lo que nos mantiene en pie con una sonrisa. Como los relatos de El Decamerón (1353), de Boccaccio, mantenían vivos a los jóvenes que los enunciaban pese a la amenaza de la peste. Hermoso cántico de alegría estos Diarios de Otsoga. de Maureen Fazendeiro y Miguel Gomes. Amor y tiempo. Tiempo y amor. Llega la noche. Las promesas y los sueños. Bailar, beber cerveza, besar a la persona amada, mientras suena The Night, de Frankie Valli & The Four Seasons. Principios que son finales y finales que son principios. Luce el cine. Brilla, inmensa, la vida.

«E me deito ao comprido na erva,E fecho os olhos quentes,
Sinto todo o meu corpo deitado na realidade,
Sei a verdade e sou feliz».
(Fernando Pessoa)

Escribe Javier Herreros Martínez

  

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