Live is life (2)

  01 Junio 2022

Aquella canción de los años 80

live-is-life-0El universo creativo del escritor, guionista y director Albert Espinosa gira en torno a la adolescencia, la presencia de la enfermedad, la alegría por vivir, la amistad, el tránsito entre la infancia y la adolescencia o la búsqueda de la felicidad; elementos que hemos podido apreciar en películas y series como Planta 4 o Pulseras rojas.

En esta ocasión el director Dani de la Torre es el encargado de traducir en imágenes un guion en el que Espinosa insiste en esa paleta temática a través de la historia de cinco amigos que durante la noche de San Juan realizan su propio viaje iniciático que les marcará para siempre.

Con esta materia prima, Dani de la Torre —conocido  por su adscripción al género policiaco o al thriller con El desconocido, La sombra de la ley o la serie La unidad— elabora un coming age nostálgico que nos retrotrae a mediados de los años 80. El realizador gallego ambienta la propuesta en unas localizaciones que domina a la perfección, su Galicia natal, escorando la historia hacia el terreno de la aventura, estableciendo una lucha creativa entre la mirada feliz y luminosa del guion de Albert Espinosa y la visión más sombría del director.

La primera escena antes de los títulos de crédito es clarificadora en ese sentido, el protagonista huye de unos compañeros de clase que le persiguen a la salida del colegio, un recurso dramático que Dani de la Torre estiliza a través de una persecución por las calles con un montaje frenético.

Una huida que acompañara a los protagonistas de principio a fin, corriendo o montados en sus bicicletas, marcando ese tono de aventura que envuelve una historia sobre el devenir dramático de cinco adolescentes unidos frente al mundo que los rodea formado por los adultos o los quinquis que les persiguen, para llevar adelante un propósito tan irreal como esperanzador.

En esa edad en la que todavía conviven los últimos coletazos de la infancia con el despertar al mundo adulto, cada uno de los cinco miembros de la pandilla tiene un objetivo que conseguir en un viaje emocional en el que se hace presente la realidad del mundo adulto a través de una serie de situaciones personales que les golpean a algunos de ellos de manera trágica. En un periodo de crecimiento físico y personal, en el que están comenzando a vivir, toman conciencia de la cercanía de la enfermedad y la muerte, tanto aquellos que la sufren directamente como el resto de amigos por la cercanía fraternal de pertenencia al grupo.

Este drama, y el resto de situaciones que siempre se magnifican en la adolescencia, queda diluido por la esperanza que se apoya en la alegría por vivir y la amistad que se forja en el grupo pues al final no dejan de ser unos niños que se enfrentan a la vida cotidiana donde cada día de sus vacaciones la viven como una aventura.

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Ese espacio temporal que disfrutan juntos, aunque reducido a unas horas, adquiere para ellos una dimensión que quedará en el recuerdo y donde todo está presidido por el espíritu de la aventura, el riesgo de atravesar la zona donde están los quinquis o la remota posibilidad de conseguir el primer beso de la chica de sus sueños.

Presidida por ese tono esperanzador, la ambientación recupera casi con un carácter etnológico la España de los 80 desfilando por la gran pantalla todas las referencias a la época: el walkman, los teléfonos antiguos, las pesetas, los cromos de futbol, los programas de televisión que reunían en torno a una mesa a la familia, la música —como la archiconocida canción de Opus que da título al filme— o las expresiones y la jerga de esos años. Todo ello con el objetivo de mostrar esa vida más apegada a la calle, sin la dependencia de la tecnología, y donde el mero hecho de coger las bicis significaba colmaba el anhelo de libertad.

Una nostalgia que Dani de la Torre acentúa utilizando modelos cinematográficos de los 80 como Los Goonies, Cuenta conmigo o cierto aire que recuerda al cine de Spielberg; referencias que se han visto reforzadas en la actualidad gracias al éxito de películas y series como It o Strangers things, que vuelven su mirada a ese pasado.

Incluso no faltan guiños explícitos a películas icónicas como Top Gun —la chaqueta— o Rebelde sin causa, en la escena en que uno de los chavales arroja una piedra contra la ventana de una casa y que nos transmite esa incomprensión y esa rebeldía propias del mundo de la adolescencia.

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Todo ello para insistir en uno de los mensajes principales de la película: el valor de la amistad forjada en esos años tan decisivos, unido al espíritu de pertenencia a un grupo que permite amortiguar los problemas y las tragedias individuales para lograr el objetivo que se han propuesto —encontrar las semillas mágicas que puedan cambiar la triste realidad de la enfermedad o la muerte— en lo que al final no deja de ser una aventura de verano que discurre por tierras de la Ribeira Sacra.

Quizá imbuido por la belleza de las localizaciones, la película termina explotando en exceso ese paisaje filmado y la luz crepuscular que capta la fotografía; recursos que robustecen esa patina nostálgica pero que terminan endulzando el discurso final.

Para contrarrestar este carácter casi idílico de la infancia hay algún apunte social de la realidad del momento en algunos diálogos sobre la dificultad que atraviesan las familias, la presencia de una zona degradada asociada al peligro de  los quinquis que los jóvenes deben de atravesar o el apunte de la droga —un  aspecto que en los 80 tuvo consecuencias trágicas para una generación de jóvenes— que en realidad sirve para introducir la subtrama del bebé y mostrar la presencia de la muerte y la asunción de responsabilidades por parte del grupo.

El mayor logro del filme es la reivindicación de un cine de aventuras cada vez más difícil de encontrar en las producciones cinematográficas españolas, con una narrativa apoyada en la fotografía, la música, el rodaje en exteriores y un adecuado casting de actores adolescentes,  que envuelven una trama que no se caracteriza por su originalidad pero en la que partiendo de la apuesta por la identidad local (el entorno rural gallego y las referencias a los 80) la historia termina adquiriendo un carácter atemporal.

Escribe Luis Tormo | Entrevista con Dani de la Torre | Fotos Manu Suárez/Warner Bros Pictures España

  

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