El milagro del padre Stu (3)

  22 Mayo 2022

Una historia de redención

el-milagro-del-padre-stu-0Estamos ante una película basada en una historia real y protagonizada por el actor Mark Wahlberg, interpretando a Stuart Long, un hombre agnóstico, boxeador amateur, cuya vida da un giro radical al convertirse en sacerdote y hallar en este nuevo camino el sentido a su existencia.

Es una historia real de superación, de las que encantan a muchos espectadores, en la cual Stu, tras perder a su hermano siendo niño y con unos padres separados y seriamente distanciados, decide lanzarse al boxeo y posteriormente intentar ser actor.

La cosa es que cuando una lesión pone fin a su carrera como boxeador amateur, Long va a vivir a Los Ángeles soñando con ser actor. Mientras se las arregla como empleado de un supermercado conoce a Carmen (Teresa Ruiz), una maestra de escuela dominical católica que parece refractaria a sus encantos y a su apariencia de chico fuerte y sugestivo.

Pero él la sigue hasta la iglesia, que es el centro de ella, y con el contacto eclesial Stu acaba por bautizarse, en teoría para abrirse camino hacia la chica, pareciendo hasta entonces como un romántico caprichoso, alguien que se somete a una conversión religiosa sólo por amor. Pero resultará algo bien diferente.

Algunos pequeños capítulos que van sucediendo en la película (cómo le dan el trabajo en un supermercado o cuando intenta robar el coche de su padre y algún otro), no están bien explicados y se suceden de manera apresurada, lo cual es una señalización pues, a decir verdad, es algo secundario, pues no afecta a lo sustancial del filme. Lo importante es que la película logra mostrar a Stuart como un niño grande e impulsivo que nunca se ha hecho responsable de sí mismo, que puede resultar impredecible y al que la policía detiene en sucesivas ocasiones por conducir bebido u otros deslices.

Además de impulsivo es igualmente un gran inocente, pues se planta desde su pueblo en Hollywood, con la convicción de que triunfará en el cine con su excelente físico, lo cual me recuerda a la película Cowboy de medianoche (1969), de John Schlesinger, donde un joven e inocente tejano sueña con tener éxito en Nueva York.

En fin, que se ha enamorado de la chica mexicana y, en su afán por conquistarla, el agnóstico de toda la vida empieza a asistir a la iglesia, en principio para impresionarla y atraerla. Pero se va produciendo en el personaje un paulatino acercamiento a Dios que concluirá con una clara vocación sacerdotal, no sin trabas y resistencias fuera y dentro de la propia Iglesia. Tiene que luchar para ingresar en el seminario, porque sus antecedentes como púgil disoluto no le parecen a las autoridades eclesiásticas materia prima para la solemnidad católica.

Tiene enfrentamientos con el monseñor del seminario (Malcolm McDowel), pues para la iglesia viene a ser un advenedizo sin currículo. Pero Stuart insiste y persevera con frases tan ingeniosas como efectivas: «No somos seres humanos con un espíritu, somos seres espirituales con un lado humano».

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Un punto crítico sucede tras tener en un bar una conversación con un vagabundo que le incita a no beber más y a no conducir en ese estado, tras montarse en su moto tiene un accidente fatal. Pero él, con la ayuda de Carmen, de sus oraciones, su fe y con la ayuda de los padres, sale adelante, cuando su vida estaba jugada.

Tras estos sucesos Long empieza a plantearse darse una segunda oportunidad a su vida, ayudando a otros a encontrar su camino. Este suceso y estas vivencias personales le llevan a la convicción de que está destinado a ser un sacerdote católico. Paga el coste del seminario y espera respuesta que no resulta muy favorable, dados sus antecedentes.

Además, con el tiempo adquiere una enfermedad terminal de corte neuromuscular. Pero a pesar de su devastadora crisis de salud, el escepticismo de los miembros de la iglesia y de sus propios padres separados (Mel Gibson y Jacki Weaver), Stu persigue su vocación con coraje y humildad, inspirándose en los personajes más cercanos a él, y otros con los que se cruza en el camino.

Incluso a pesar de las dificultades, de su enfermedad incurable, cuando es consciente de que es una enfermedad que compromete su movilidad, Stuart pone prueba su fe y la profundiza. Es una enfermedad incurable, pero entonces el protagonista se eleva por encima del sufrimiento y lo abraza al modo cristiano, encontrando el éxtasis detrás de la agonía y mirando constantemente la imagen del crucificado.

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Dirección, reparto y otros aspectos

Estamos ante la ópera prima de la joven directora californiana Rosalind Ross que también escribe el guion; y es mi parecer que hace un buen trabajo (Rosalind es la actual pareja de Mel Gibson).

La vida de Long sirve para que construya una historia que tiene sentimiento y además, entretiene. Con pulso firme, con algún bache por medio, propio de su bisoñez de la directora, Ross hace, no obstante, una película que resulta meritoria. Tiene una parte dedicada a lo mundano y al boxeo, de un hombre empapado de alcohol y mujeriego, hasta que aparece la mujer que atrapa su corazón, hay un accidente de tráfico y pasamos a la fe y a que Long se convierta al catolicismo y acceda al ministerio sacerdotal.

El libreto y la cámara aciertan a aprehender la personalidad del Stuart boxeador y su relación pendenciera con el padre, que es aún más belicoso que él; y también su relación con su madre. También sabe penetrar en el mundo espiritual oculto en el tal personaje.

Esta biografía interesó mucho a un actor de fuste, fuerte e intenso como Wahlberg, muy capaz de encarnar, en la primera mitad, al personaje cuando era boxeador, la parte más de riscosa y violenta. Un Wahlberg pletórico y frívolo que acaba convertido a la religión, y cuya futilidad y obstinación sin explicación aparente, nuestro actor sabe llevar a buen puerto de una manera natural y creíble.

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A decir verdad, Wahlberg se deja la piel y pone todo su afán en este papel, y merecería un reconocimiento importante (incluso pensemos que para la segunda parte del filme tuvo que engordar entre diez y quince kilos). Aquí Wahlberg, desde mi manera de ver, merece algún premio como actor (e igual Gibson de secundario).

Gibson interpreta con indudable talento al padre del protagonista, un hombre de edad bebedor e irascible. La Weaver se mete en el papel de madre dolida, sufriente y preocupada siempre por su hijo, en un rol que interpreta con esa pastosidad propia de ella y que le es natural, pues siempre que la he visto está en ese registro; lo cual no es una crítica sino una cualidad.

Muy bonita y creíble Teresa Ruiz como la novia mejicana, una joven conservadora y muy católica que bebe los vientos por Stu. Resalta también McDowell, muy bien como el monseñor encargado del seminario y autoridad eclesiástica que se enfrenta al entusiasta Stu. Y muy acertado el acomplejado y difícil seminarista Priest, en un estupendo trabajo de Cody Fern.

Otros actores y actrices acompañan con gran fortuna como: Annet Mahendru, Winter Ave Zoli, Ronnie Gene Blevins, Alain Uy, Ned Bellamy, Nico Nicotera, Carlos Leal y Mathew Trent Hunnicutt, entre otros.

Excelente fotografía de Jacques Jouffret, muy atenta a los detalles, y entusiasta música de Dickon Hinchliffe, con mucha música country; buena puesta en escena de una época premóviles que se agradece.

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Diría que es una peli que se ve bien y que incluso a muchos le resultará agradable, por ese cóctel de mundanidad y trascendencia, esa caída del caballo a lo Pablo de Tarso, pero en Norteamérica, en circunstancias bien diferentes y una caída no tan abrupta, lenta, pero segura.

Tiene de bueno la película que se aleja de terreno de la lágrima fácil y del melodrama intenso. Más bien podemos ver un paulatino y decidido aterrizaje del protagonista en los sentimientos religiosos. A lo cual se une una enfermedad fatal que socava su excesiva musculación y su fuerza. Stu va asumiendo su camino espiritual desde la imperfección y las fallas personales, a un estado de mesura, virtud y beatitud.

Alguien podría pensar que falta lo grande, lo milagroso, ese aroma de santidad y épica de las personas que advienen al terreno de la bondad, la fe en Cristo y la caridad. Que podría ser una falla en el plano cinematográfico. Pero no es así, más bien que sirve a la perfección de tributo al Padre Stu, que era sencillamente un sacerdote bueno de a pie y no un santo en toda su gloria.

Como he dicho, el filme trata sobre un hombre real, de carne y hueso, que sube a lo alto de la cima de la fe y del sacerdocio, elevándose con devoción y de manera ardua, sobre sus demonios personales.

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El verdadero padre Stuart Long

Al final de la película aparecen unas oportunas imágenes del verdadero padre Long, que dan un sentido de veracidad a cuanto hemos podido ver en la pantalla. No se trata de un cuento.

El padre Stuart, también conocido como el padre Stu, tenía 50 años en el momento de su muerte en 2014.

Antes de descubrir su llamado al sacerdocio, trabajó como actor, boxeador, maestro y administrador de un museo. Al enfrentarse a la muerte cercana después de ser atropellado por un automóvil, quedó envuelto de una experiencia religiosa en el hospital y luego se convirtió al catolicismo.

Fue durante su bautismo cuando se dio cuenta de que estaba llamado al sacerdocio. Posteriormente, en 2003, Stuart ingresó al seminario y fue ordenado sacerdote diocesano en 2007.

Su conversión fue para él toda una revolución interna. De ser un alborotador agnóstico y bebedor, a tener un encuentro místico con Dios. Una experiencia cumbre, el encuentro con una vivencia de trascendencia que, aseguran los psicólogos transpersonales, es un tipo de experiencia por la cual podemos descender a lo más hondo de nosotros mismos. Sentimientos sublimes y elevados que autores de la Psicología Humanista como el norteamericano Abraham Maslow, calificaron como vivencias portentosas conducentes a la conversión religiosa.

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La experiencia de Dios y la supervivencia después de la muerte, como tituló su última obra mi colega y amigo el profesor de la UAM Dr. José Lorenzo, que según él se manifiesta mediante «vivencias cúspide», que «son tan naturales y universales como pensar o hablar; son la llave del reino transcendente y el secreto de cómo llegar a la prueba de la realidad de Dios y de la supervivencia eterna de la mente».

Antonio Vázquez Fernández, una figura de prestigio mundial en el estudio científico de la Psicología de la «experiencia religiosa», escribió que ciertas vivencias espirituales son: «experiencias arquetípicas de carácter numinoso y transpersonal, (…) típicamente humanas, en cuanto provenientes del inconsciente colectivo, que goza de una relativa autonomía energético-creativa respecto al Yo». De lo que se concluye que, en el curso de la historia personal, el inconsciente colectivo o arquetípico jungiano puede ordenar la conducta humana, no sólo instintiva, sino también espiritual.

Ya hablé de las denominadas «experiencias cumbre» cuando escribí sobre películas como Converso (2017), Amanece en Calcuta (2021) o Tierra Santa: El último peregrino (2021).

Al padre Stu le diagnosticaron un trastorno muscular llamado miositis después de extirparle un tumor en la cadera. Eventualmente, esta enfermedad provocó la desaceleración de su cuerpo y lo debilitó hasta morir en 2014.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Sony Pictures España