El hombre del norte (2)

  07 Mayo 2022

El tiempo pondrá a esta película en su justo punto

el-hombre-del-norte-0Con esta obra, el reconocido por la crítica y público Robert Eggers (el pretencioso), un director norteamericano con dos películas de «estilo» elogiadas como La bruja (2015) y El faro (2019), se ha tenido que enfrentar a una cinta con un importante aparato de producción, estrellas en el reparto y muchas aspiraciones.

En principio, vista la cosa en plan peli visual e intensa, y arriesgándome a ser complaciente, podría pensar que consigue superar el reto (como en los concursos de TV que yo no veo); o sea, como que superara (en condicional) la cosa de conjugar la enjundia y el poderío presupuestario, junto a la vistosidad, el espectáculo y un estilo propio.

Con este aluvión de dólares, cerca de cien millones, y toda la parafernalia de efectos especiales, autoridad física y golpes a gogó, pretende Eggers que acabemos inmersos en su horribilis mundo gris de bárbaros vikingos.

Es una intención, la suya, como otra cualquiera. Pero después de haber visto la película y transcurridas unas horas para que se decanten mis impresiones, mi valoración se inclina del lado negativo.

Para empezar, auguro que no será una cinta de éxito; y lo que es peor, tanta buena crítica y tanta alabanza al filme con el tiempo se disolverá como un azucarillo y este The Lighthou se quedará en un bluf. Y cuanto le rodea, en una operación propagandística que parece claramente sesgada a enjuiciar esta obra con una generosidad que se verá antes que pronto, un error.

En absoluto el filme tiene asegurado el éxito. Auguro que pasado el tiempo, no mucho, cuando lo podamos enjuiciar retrospectivamente, transcurrido un tiempo razonable, se verá que no es con mucho un producto bueno. No tiene las bondades que algunos críticos dicen y no resulta genial ni por asomo.

Historia

Estamos en la Islandia del siglo X y un príncipe nórdico, Anleth (de mayor Alexander Skarsgård), hijo de rey, presencia delante de él cómo su padre es asesinado por su hermano bastardo y sus guerreros. El niño, que lo ve todo atónito y aterrado, consigue escapar. Queda, así, destinado e incitado a cumplir un juramento: vengar la muerte de su padre, salvar y rescatar a su madre y recuperar su legítimo reino usurpado por su tío: «Te vengaré padre. Te salvaré madre. Te mataré Fjölnir».

Se trata de una epopeya vikinga, en las profundidades del medioevo y bien nutrida de proezas, gesta y mito, del que dicen inspiradas nada menos que en Shakespeare, tipo Hamlet, aunque esto parece un poco estúpido. También inspirada en la mitología vikinga, pero no conozco esa mitología.

Lo que sí parece evidente es que esta cinta no se asoma ni medio palmo a algo de la categoría de ningún eminente literato ni de ningún cineasta de fuste. Asimismo, tiene un ritmo con arranques y paradas muy marcados, que pueden resultar frustrantes. A la vez, juega con escenas oníricas y/o fantásticas que llegan a desconcertar.

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Tratamiento de la obra: venganza y brutalidad

Ocurre, a propósito, que la historia tiene un tratamiento diferente al típico shakespeariano (rico en matices), volcándose en el desagravio, sin apenas duda, salvo al final que aparece imperceptiblemente que el protagonista puede imaginar una vida nueva con su mujer embarazada, pero esto no dura sino un suspiro; más adelante lo cuento mejor. De manera que lo que preside la historia es el inamovible impulso de un destino vengativo, ciego, escrito por los dioses e inspirado por su padre poco antes de morir.

La dirección de Robert Eggers me ha parecido falta de emoción, en ningún momento el filme me enganchó en absoluto. El guion del propio Eggers y el poeta y novelista Sjón Sigurdsson tiene tendencia a la grandilocuencia, a lo épico, a las leyendas nórdicas, pero sus diálogos, escenas y los mismos personajes no van acorde a estas elevadas pretensiones, de modo que, finalmente, el libreto es muy elemental.

Es como si cierta idea original saltara por la borda para convertir la historia en pura y rampante venganza de la peor catadura, sin fondo ni trasfondo, sin claroscuros. Hay una violencia brutal encarnada de forma concisa y atroz por Skarsgård, ayudado, y esto sí es meritorio, por de unos planos secuencia muy bien hilados.

Eso sí, la brutalidad, el salvajismo, las luchas sangrientas y hasta el canibalismo como prueba de hombría guerrera sobreabundan. Es decir, es manifiesto que a falta de cosas mejores, la película pretende ir de músculo, espada mágica, descuartizamientos y mucha (demasiada) represalia. Ni que fuera a aparecer por ahí el Bronson vengador o el mismísimo duro e implacable Eastwood.

Pienso que aun cuando lo que prima narrativamente en un relato es la venganza, siempre cabe un espacio modulador, algo de amor o de eros, drama, atisbo de arrepentimiento, pero no, aquí es todo silvestre y feroz. Eggers nos da la visión del Valhalla donde habita Odín, de las conductoras valkirias, de una venganza interminable y de un príncipe que acaba perdido en su propia historia.

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Aspectos que se salvan

Quiero romper una lanza en favor de la música Robin Carolan y Sebastian Gainsborough que llenan en lo que pueden las fallas del filme. Preciosa fotografía paisajística danesa de Jarin Blaschke a favor de cierto verismo, que acierta a dar el tono preciso para una historia vikinga tenebrosa, aunque más que de vikingos parecen tribus salvajes al modo de las de Apocalypto de Gibson, incluida la megalomanía de este, pues la peli es pretenciosa, resultando finalmente sanguinaria y esperpéntica.

Pese a que la narración y la mayoría de escenas están colmadas de sangre, vísceras, gore, bufidos y gruñidos, violaciones, saqueo y pillaje, la película da la sensación de no ser suficientemente bizarra y perturbadora. Al menos a mí no me ha inquietado en absoluto. Más bien me ha cansado la mayor parte de los 136 minutos del metraje.

Reparto

Filme a rebosar de testosterona, nihilista y poco o nada convincente en muchos terrenos. Quizá le podría dar algún punto de consolación por su apuesta, no siempre exitosa, en el plano coreográfico o como espectáculo audiovisual.

El reparto resulta singular y merece una crítica constructiva, real, no siempre halagadora. Alexander Skarsgård luce músculo hasta la saciedad, pero su repertorio actoral es prácticamente nulo, una especie de bulto, con perdón, que no sabe imprimir a su rotundo personaje ninguna intensidad como supuesto príncipe ni como hijo despechado y repudiado por su madre, ni como nada; sí está muy bien cuando de un mordiscón se come medio cuello de un adversario en la lucha; muchísimo peor que el más fiero Schwarzenegger (hay ciertas similitudes con Conan, el bárbaro, pero el guion toma otros derroteros); además, Skarsgård es inexpresivo, no transmite, no empatiza con el espectador, al menos no conmigo.

Nicole Kidman, que compone al personaje más complejo y seductor,sí está bien y da el pego como madre humana que mandó a su cuñado a matar a su marido (muy aleccionador). También destacan Ethan Hawke como el rey Horvendill (poco recorrido) y Claes Bang como Fjölnir. Anya Taylor-Joy como la amantísima Olga, consigue un personaje entre enternecedor, suavón y poco o nada creíble; la pobre Olga es más cándida que un caracol, sin química con Skarsgård y carece del mínimo carisma y capacidad para trasladar emociones. Willem Dafoe pasa casi desapercibido. Se defienden Gustav Lindh, Oscar Novak, Björk, Ralph Ineson o Kate Dickie.

El resto de actores y actrices de reparto y muchos figurantes están patosos y en las danzas rituales, torpes, no saben saltar con gracia o armónicamente, ni siquiera caminan bien. Así, artistas como Murray McArthur, Ian Gerard Whyte, Hafþór Björnsson, Ian Whyte, Tadhg Murphy, Olwen Fouere, Ingvar Eggert Sigurdsson. Hacía tiempo que no veía algo tan desastroso.

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Pesada a su pesar

En la sala, cuando he ido a verla, estábamos tres personas, no sé cómo irá de taquilla el negocio, recaudación y todo eso. Lo que me parece es que no es una obrita de acción, guerra o batallas que agrade a los jóvenes.

Carece de un átomo de humor, tampoco tiene amor, algo de sexo primario que se ve claramente dirigido a la procreación, ni pizca de alegría, ni un miligramo de relajo ante tanta penuria y desasosiego.

En fin, que no me atrevería a decir que el filme sea entretenido. Más se aproxima al concepto coloquial de «ladrillo».

En lo teológico, parece que los cristianos tenían que poner, como el caso de la joven Olga, un puntito de compasión, reflexión y rectificación para el tremendo y brutal Anleth el vikingo. Pero ni ese resquicio de humanidad existe. Pues al punto de decirle Olga a Anleth eso de «vámonos, querido, que estoy embarazada y construyamos una vida familiar feliz, lejos de tanta violencia y mal clima», nada más hecha la propuesta cristiana y pequeñoburguesa de la chica, el brutal musculado le dice que de eso nada y en medio de un océano gélido y turbulento se tira por la borda del barco cargado de espada y otros bártulos vikingos y se echa a nadar a una lejana orilla como si fuera un súper atleta plan decatlón.

Todo por la ciega búsqueda de nuevo de su tío, su madre, sus propios hermanastros y toda la tribu, para continuar con saña y mala baba esa misión que los dioses Thor, Odín y la panda le tienen encomendada.

Y como elemento cómico, porque lo es, está el pasaje en que va a salvar a su madre, pensando que la Kidman está loca porque la rescate su hijo. Y resulta que la buena señora le dice que de eso nada, que ella está muy contenta con su nuevo marido que es cariñoso y fiel, que su padre era un burdo, un egoísta y un mentecato, y que parece que a él se le han pegado todos los defectos paternos. Claro, Anleth queda inicialmente petrificado, pero al poco, los comentarios de la mami le llegan a lo más profundo, se cabrea muchísimo y se la carga de una certera estocada.

Vamos, que ni Freud entendería bien qué cosa pasa. Parece que el padre, el asesinado padre y rey era sin más un maltratador y cosas peores. Entonces, eso se sale de épica y tira más bien de telediario o cualquier otro informativo con noticias tremendas que ahora no voy a recrear.

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Resumiendo

Película pretenciosa que quiere reflexionar sobre el sentimiento de la venganza, la violencia o el amor redentor, cuando en realidad no ahonda en ninguno de estos aspectos.

Para adobar más la cosa utiliza referencias literarias y unos diálogos que en ocasiones, de tan ampulosos, resultan inverosímiles.

Creo que el poder del dinero le vino grande a Eggers, que no tuvo un control total sobre la edición final de la película. El estudio se quiso asegurar a dónde iba cada dólar invertido. Como ha manifestado el propio director: «Supe, cuando entregué el guion al estudio, que no iba a hacer el corte final de la película. Y era un riesgo que estaba decidido a tomar. El estudio también se arriesgó muchísimo al dejar que alguien que solo había hecho dos películas independientes y sensacionalistas hiciese una puñetera película vikinga tan grande con todos sus jefes de departamento».

La ambición y sus servidumbres. Tal vez ese fuera su error.

Escribe Enrique Fernández Lópiz