ALEKSANDRA (4)

  23 Junio 2008
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Título original: Aleksandra
País, año: Rusia - Francia, 2007
Dirección: Aleksandr Sokurov
Producción: Andrei Sigle
Guión: Aleksandr Sokurov
Fotografía: Aleksandr Burov
Música: Andrei Sigle
Montaje: Sergei Ivanov
Intérpretes:

Galina Vishnevskaya, Vasily Shevtsov, Raisa Gichaeva, Andrei Bogdanov, Alexander Kladko, Aleksei Nejmyshev

Duración: 95 minutos
Distribuidora: Sagrera TV
Estreno: 30 mayo 2008

Acercarse a la humanidad
Escribe Daniela T. Montoya

Aleksandra es el nombre de una mujer septuagenaria que acude donde están apostadas las tropas rusas en Chechenia, próximas a la ciudad de Grozny. Su inocente objetivo es visitar a su nieto, un destacado oficial de su unidad. Con la dificultad propia de su edad y del lugar al que se dirige, la anciana se adentra en el corazón del conflicto bélico: las trincheras, las casas derruidas, las viudas que malvenden lo que tienen, los soldados que simplemente esperan que pase el tiempo.

aleksandra3.jpgCon Aleksandra (2007), Aleksandr Sokurov nos muestra una idea diferente de la guerra, sin recrearse en la visceralidad de cuerpos mutilados, ni el estruendo de explosiones artificiosas. Ni, por supuesto, la valentía impostada de héroes ficticios. Para el director ruso la guerra es polvo que no permite percibir con claridad, son cúmulos de escombros que testimonian el derrumbe humano, es cansancio acumulado tras décadas de conflicto.

En Aleksandra, el director ruso reitera, una vez más, el tempo aletargado que tanto le caracteriza. Un ritmo calmo, muy alejado de la celeridad del desafecto, es el andar lento de la mirada de Sokurov. Paciente, la cámara acompaña los trémulos pasos de la abuela Aleksandra (la cantante de ópera Galina Vishnevskaya) mientras desciende del tranvía o sortea una zanja.

aleksandra1.jpgEs ella quien vehicula toda la “acción”, consistente en descubrir cómo viven las personas que hacen y padecen los bombardeos y las carencias de subsistencias, la destrucción y la añoranza de tiempos mejores. Su senectud es el filtro que nos permite acceder a una visión crítica del conflicto. Los soldados, frente a ella, parecen niños que sólo esperan volver a casa para poder comer un plato caliente, para poder dormir tranquilos, para poder reanudar la vida con sus familias.

Pero, también, en su deambular por el mercado negro, Aleksandra entra en contacto con las viudas de los soldados caídos. Madres y esposas que sacan fuerzas de debajo las piedras para continuar con la soledad. Mujeres, no importa de qué bando, porque las fronteras tampoco se hacen evidentes en el filme de Sokurov. En conjunto, personas con las que Aleksandra entra en contacto: charlan, se conocen, se ayudan. La honestidad con que la anciana se acerca, sin osar juzgar ninguna actitud ni idea, les induce a confiar en ella y contarle sus experiencias y sus temores. Es su proximidad el signo más sincero de comprensión y apoyo.

aleksandra2.jpgLos rompecabezas fronterizos se han convertido en una constante de la idiosincrasia rusa. Guerras que se remontan al pasado, pero que se prolongan sin solución hacia el futuro. Chechenia, ejemplo de perpetuidad enfrentada, se convierte en el escenario real en que Sokurov realiza esta alegoría en contra de los conflictos bélicos.

Con una fotografía en la que el exceso de luz produce una sensación de ensoñación, de extrañamiento respecto la realidad, Sokurov capta cada aliento de vida del árido entorno. Dejando a un lado la hilaridad de los “apoyos solidarios” a todo color, en Aleksandra las imágenes quemadas resaltan la importancia de las figuras.

Al mismo tiempo, cada fotograma parece estar invadido por el polvo de los caminos, haciéndose tangible la sequedad del ambiente. El resplandor de la imagen no está dispuesto aquí para seducirnos (o deslumbrarnos), sino que es en el trasfondo del texto donde radica la nitidez del mensaje. El rostro impávido de Aleksandra, la encarnación de la humanidad, es el que inquiere buscar un sentido a la sinrazón.

Como ya hiciera en Días de eclipse (Dni zatmeniya, 1988), Madre e hijo (Mat´ i syn, 1997) o la reciente Padre e hijo (Otets i syn, 2003), son los silencios y los diálogos quebradizos los que sirven de respuesta.

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