Arde Notre Dame (3)

  28 Abril 2022

Excelente recreación de Annaud

arde-notre-dame-0En 2020 Jean-Jacques Annaud anunció su intención de llevar a la gran pantalla el incendio de la catedral de Notre Dame. Quería principalmente hacer un reconocimiento a los bomberos que extinguieron lo principal del fuego para que la tragedia no fuera a más. Lo cual no evitó una catástrofe de extraordinarias dimensiones.

Mi parecer es que el director francés ha conseguido transmitir de manera fidedigna y veraz el gran pesar que sentimos los millones de personas que vimos volatilizarse un templo magno que, muchos habíamos visitado personalmente. Igualmente, la impotencia de los responsables de la catedral, la pena de los visitantes y habitantes de París y la empatía del resto del mundo hacia esta catástrofe sin límite que trajo mucho pesar al mundo, creyente o no.

El 15 de abril de 2019 millones de personas entramos en shock ante la noticia y las imágenes del gran incendio que se desató en la emblemática Catedral de Notre Dame de París, una obra que se fue construyendo entre los siglos XII y XIV. El filme recrea este terrorífico y virulento incendio que provocó la caída de su aguja, así como el tejado de este bellísimo templo gótico. En apenas una hora, la cúpula y toda la parte alta colapsaron y cayeron para estupor de muchos.

Es preciso recordar que la primera piedra de Notre Dame se colocó en 1.163 y, al finalizar su construcción, esta edificación próxima al Sena, fue un símbolo del catolicismo, del skyline parisino y un monumento que recibía a 13 millones de visitantes al año.

Esta cinta reconstruye aquellos lamentables hechos y lo hace de forma cronológica, en un relato angustiante, que se centra en hombres y mujeres de toda clase y condición que arriesgaron sus vidas por salvar la catedral y recuperar las reliquias que custodiaba.

Annaud se emplea a fondo

Detrás de crónica del incendio que sacudió los cimientos de la catedral parisina está todo un maestro del séptimo arte. Jean-Jacques Annaud (París, 78 años). Annaud ha realizado películas magistrales como: En busca del fuego (1981), El nombre de la rosa (1986), El oso (1988) o Enemigo a las puertas (2001).

Nuestro cineasta, que evita los efectos digitales, lo que ha hecho es replicar a escala real algunas secciones de la catedral, para después prenderles fuego literalmente. Como ha declarado nuestro director y a mí me congratula: «Lo digital es a veces más caro que lo real. Es menos caro fabricar una sección de catedral y quemarla que hacerla en digital y es diez veces mejor». Desde luego los resultados de Annaud son increíblemente buenos y con gran sensación de realidad.

Annaud ha conseguido, así, una película espectacular, que hace uso del abundante material de archivo que grabaron las cadenas de televisión y los cientos de personas con sus móviles. Tiene incluso documentos de Macron o a la alcaldesa de París, Anne Hidalgo. Todo en favor del realismo.

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El propio Annaud ha declarado: «Recibí documentación de un amigo, uno de los principales productores europeos, que quería hacer una película de montaje. Cuando leí la documentación, pensé que los periodistas que habían escrito eso eran muy buenos guionistas que inventaban y que contaban milongas porque no era creíble. Pero yendo más lejos me encontré con los protagonistas y me di cuenta de que los periodistas no sabían todo y que lo que había sucedido era todavía más inverosímil que lo que contaban. Y ahí empecé a apasionarme porque había momentos de espectáculo cinematográfico innegables: una catedral magnífica, un símbolo internacional de la civilización occidental, que está derrumbándose, en uno de los lugares más bellos de París».

Técnicamente está impecablemente hecha y la fotografía de Jean-Marie Dreujou resulta majestuosa en lo visual, particularmente en las secuencias en las cuales las llamas se tragan el edificio, con cuanto de carga simbólica implica.

Dificultades en la urbe parisina

La película evidencia los relacionado con el entramado de las avenidas y el diseño complejo de las calles de París que, al igual que en tantas ciudades europeas, son muy estrechas, muy transitadas y prácticamente colapsadas; una realidad con la que nos identificamos los espectadores que asistimos a la película, haciéndonos sudar la gota gorda de pura angustia.

Vemos en pantalla a los bomberos, responsables de apagar el incendio u otros personajes principales para, por ejemplo, salvar la cruz de espinas de Cristo y el resto de las reliquias, que quieren llegar a tiempo y en el camino se encuentran mil y una dificultades, antes de llegar al lugar de la catástrofe. Momentos de gran tensión y nerviosismo en el espectador.

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Todo ello con cuantos fallos se pueda imaginar, causalidades fatales, calles taponadas por obras, tráfico intenso, vehículos entorpeciendo el recorrido de los camiones de bomberos y un atasco urbano general que retrasa la llegada de la ayuda. Queda claro en este filme que una variable crucial por la cual el fuego de Notre Dame fue tan dañino se debió a que llegar a esa zona resultó más que difícil.

En la cinta ello implica una crítica a los problemas y trances que la urbe impone a los servicios de emergencia, así como el obstáculo hoy tan común del entorpecimiento que provoca tanta gente en su afán por hacerse selfis, grabar y fotografiar con sus teléfonos móviles este tipo de acontecimientos, que hace que en cada ciudadano viva un reportero gráfico.

Hay una crítica al uso y abuso de los servicios de emergencias, como cuando una señora llama una y otra vez para que rescaten a su gato que se ha subido a un tejadillo aledaño a su vivienda… con todo lo que estaba sucediendo y la madame con su gato insistiendo en su llamada.

También en alguna escena queda clara la impaciencia cuando hacemos uso de un servicio de emergencias (ya sean ambulancias, policía o bomberos). Se ve muy bien la intención del director en señalar los defectos de la sociedad urbana a este respecto.

Toda esta baraúnda de movimientos y de la angustia que se sufre en la catedral está acompañada por una banda sonora que arropa perfectamente, acorde con la tragedia; magnífico diseño de sonido de Simon Franglen, que amplifica el voltaje dramático, algo que se mantiene hasta el final, sin restarle emoción, a pesar de que somos conocedores de lo que ocurrió.

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La iniciativa de los productores y reparto

Es claro que los productores han contratado a un director de prestigio para que lleve a la pantalla e ilustre con el mayor énfasis y detalle posible esta desdicha reciente en el país galo. Jean-Jacques Annaud se emplea a fondo para trasladar al espectador una de las mayores desgracias para el arte monumental de su país, rodando el siniestro a modo de gran espectáculo. Como señala Batlle: «Annaud no es mala elección: por sus venas corre la sangre de la superproducción y del IMAX y es mañoso. Su veteranía aporta un encanto desusado que entronca, aunque no lo sea exactamente, con la disaster movie predigital».

En el plano narrativo la ortodoxia se impone, siendo que los veinte primeros minutos aciertan a describir extraordinariamente cualquiera de los días turísticos corrientes de Notre Dame presididos por las aglomeraciones de turistas de toda índole y nacionalidad, agitados por saborear la enorme belleza del templo.

Hasta que todo queda interrumpido por el aviso de incendio, la difícil y caótica llegada de los bomberos con su heroísmo. No hay exaltaciones apologéticas, lo cual es sin duda debido a Thomas Bidegain, el coguionista nada dado a adulaciones o a inflar el ego o el chauvinismo francés; tampoco se ve que toque la tecla de la vanidad. Las cosas como son, o como parece ser que pudieron ser. En fin, Annaud recrea el fatal incendio, envuelto en una velada crítica a la impericia general y una alabanza al esfuerzo anónimo para salvarla.

El reparto no es en absoluto estelar, aunque sí suficiente y eficiente, con actores y actrices como Élodie Navarre, Chloé Jouannet, Jesuthasan Antonythasan, Kevin Garrichalt, Samuel Labarthe, Jeremie Laheurte, Maximilien Seweryn, Daniel Horm, Vassili Schneider, Sebastien Lalanne o Jules Sadoughi, entre otros.

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Obra singular con clima asfixiante

No es una cinta al uso, tampoco es un documental, por lo que el término «docudrama» bien podría encajar como manera de definir la obra; a la que se podría añadir el apellido singular o calificativo «de catástrofes», siendo que Annaud ha desarrollado una especie de nuevo formato, en cual tiene cabida la emoción y la capacidad de mantener el corazón en vilo, fruto de un tercer y poderoso personaje: el fuego, un fuego explosivo, abrasador, infernal, demoníaco, muy bien resuelto en la pantalla con unas imágenes espectaculares.

El filme se mueve en torno a una tragedia, aunque sin víctimas. Gentes que arriesgan sus vidas para salvar el monumento, lo cual Annaud parece justificar en la búsqueda de la esperanza a través de la fe. Pues, aunque Annaud es agnóstico y además centra la película en el pelotón de bomberos que se ofrecen voluntarios para sofocar la llamas desde el interior, y aunque el mandamás de los bomberos deja claro que el código de honor de un bombero es arriesgar su vida por la de otras personas, pero nunca por edificios. Pues bien, a pesar de todo, las acciones más heroicas, incluida la lágrima de algún bombero, parecen responder a una intención e incluso a un designio espiritual.

Así concluye un relato opresivo, irrespirable, de pura asfixia, pero glorioso, que deviene labor heroica de gente ordinaria, sobre todo los bomberos voluntarios para sofocar las zonas más peliagudas e intrincadas de la catedral, con un resultado magnífico: facilita el rescate de los tesoros catedralicios, entre ellos la corona de Cristo que en la Edad Media endeudó a la corona francesa en su adquisición. Creencias y afanes curiosos en una sociedad, la francesa, eminentemente laica.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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