Compartimento nº 6 (2)

  24 Abril 2022

El alma rusa

compartimento-6-0Ya en el inicio, en los títulos de crédito, aparece algo que produce inquietud. Vamos a contemplar una coproducción de Finlandia y Rusia, entre otras colaboraciones, y la parte rusa corresponde nada menos que a su Ministerio de Cultura. Nada extraño hace unos meses, pero a día de hoy la perspectiva es completamente diferente, y lo que debería ser normal se ha tornado incómodo.

La historia, vista desde nuestro presente, abunda en ese desconcierto. Nos va a contar el encuentro, improbable pero irresistible, entre una joven finlandesa y su compañero ocasional de vagón, un obrero ruso, en un viaje de muchas horas. El planteamiento de esta relación no es simétrico, y en su desfase anida la carga de profundidad de la película, y su aspecto más problemático.

Laura es una joven finlandesa que estudia arqueología en Moscú, y que planea un viaje hacia los yacimientos arqueológicos de Múrmansk, para ver en vivo los petroglifos que allí se encuentran. La presentación del personaje nos la muestra como una mujer desubicada, extraña al mundo el que vive y, cabría decir, a su propia existencia. No se trata sólo de su estancia en un país extranjero con una lengua que, más o menos, domina, sino de no sentirse reconocida en aquello que la rodea.

La fiesta a la que acude al principio, y que sirve para presentarla, muestra la distancia que media con los que allí asisten, aunque la anfitriona sea su amante, con quien, a pesar de eso, no consigue una verdadera conexión. La tristeza de la muchacha, subrayada en los diálogos, y la cámara que aprovecha la angostura de los espacios en los que se mueve para avasallarla, abundan en esa idea de desconcierto.

No es ella solo la responsable de su situación. Los personajes que pululan por la fiesta son de una superficialidad exasperante, por mucho que se las quieran dar de profundos. Arrogantes y engreídos, juegan a mostrar un nivel intelectual bajo el que se vislumbra una vacuidad vergonzante. Y ahí es dónde comienza a aparecer el lema que recorre y estructura toda la película. Solo conociendo el pasado puede entenderse el presente. Es decir, hay que remontarse a los orígenes, a las esencias. Aparte de Laura, finlandesa, quienes allí se divierten son rusos que no parecen rusos, o no al menos auténticos rusos: citar a Marilyn Monroe no es de recibo.

Sin embargo, el encuentro de la protagonista con la auténtica alma rusa no tardará en producirse, y no resultará menos inquietante. Abandonada por su compañera y amante en el último momento, el viaje que planificaron juntas ha de realizarlo sola. Ese abandono no es solo circunstancial. Las llamadas de teléfono y el desapego que recibe como respuesta demuestran que las ilusiones que había depositado en ella carecían de fundamento sólido. Parecían obedecer más a su desesperada necesidad de compañía, incluso al deslumbramiento de un mundo que le produce sorpresa y admiración, que al reconocimiento en la otra de alguien valioso y digno de amar. La soledad de Laura, por tanto, va a ser doble, la de su viaje y la de su espíritu.

El encuentro con Lioja, su compañero de compartimento, y no solo con él sino con el tren en su conjunto, va a ser el de la civilización con la barbarie. Ella, una joven occidental educada y respetuosa se ve obligada a compartir el trayecto con un borracho, sucio y agresivo, ignorante de lo que son los petroglifos (nada que ver con aquellos otros rusos tan snobs), que además fuma sin ningún reparo en el compartimento cerrado, sin ocurrírsele que pueda molestar a su compañera de viaje, llegando a preguntarle, con toda naturalidad, si tiene su coño en venta. Cuando ella intenta huir de semejante primitivismo se da cuenta de que las alternativas, corrupción mediante, no son mucho más halagüeñas.

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De repente, Laura está descubriendo un nuevo país, fuera de la cáscara artificial en la que había habitado hasta ese momento. Y no sólo es nuevo, sino que tiene además el sabor de lo auténtico, de lo real, por insoportable que sea. El impacto que sufre es también el impacto entre dos mundos, el pulcro Occidente, que pide permisos y que respeta a sus semejantes, y el que arrambla con lo que tiene por delante, el de la contundencia, el de la acción por delante de cualquier otra consideración.

Así queda planteada la trama. Más aún, lleva implícita una valoración. Pero eso va a cambiar. Se ve venir desde el principio. Y ese cambio va a llevar consigo la resignificación de los polos. Ni lo bueno va a ser tan bueno, y basta recordar a los reunidos en la fiesta inicial y el trato que dispensa Irina a su joven amante, ni lo malo, a poco que se indague, lo es.

Es verdad que esa indagación, tal y como la plantea la película, resulta muy tramposa. Un sueño reparador basta para transformar a la bestia en un apuesto joven, atento y hasta seductor, quién, claro está, empieza a suscitar el interés de la compañera de compartimento. Ni una referencia más a su coño. Estamos ante la típica road-movie, en este caso a bordo de un tren, en la que los personajes, ya se sabe, evolucionan a lo largo del trayecto.

Pero aquí la evolución es escasa; más bien se trata de un cambio brusco que estaba programado de antemano pero que se ha desarrollado con muy poca pericia. Estaba claro que se iban a enamorar y se enamoran, porque el muchacho, rudo y brusco, ajeno a las sutilezas de los más cultivados, también tiene su corazoncito, por mucho que no sepa dominarlo, encauzar sus sentimientos, como muestra la escena en el restaurante, en la que se enfrenta torpemente a esos inesperados sentimientos.

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Y al final sonrisas y rayos de sol, la rúbrica cursilona del amor. Fin del trayecto.

Nada de esto es capaz de provocar demasiado interés. Sí lo tiene, en cambio, el subtexto que lo sostiene, el enfrentamiento entre esos dos mundos y la mirada cómplice hacia el que parecía degenerado. Y las razones que la avalan.

Porque Lioja representa la pureza. Es quizá paradójico decirlo así, dado lo abrupto de su personaje, pero esa no es más que una corteza que encubre el verdadero tesoro. Fuera de manierismos decadentes, tan apreciados en Occidente, se nos sugiere, en él se concentra lo que de verdad importa, el verdadero valor de las personas. La apelación inicial al pasado como condición para entender el presente, y por lo tanto su valoración como punto de referencia crucial, ha de extenderse de lo cronológico a lo radical, a lo que va a la raíz, a lo auténtico.

La escena con la mujer vieja (ahí ya Lioja se ha convertido en un ser adorable, preocupado por cortar leña para esta mujer) es muy significativa al respecto. Su modo de vida, su profunda sabiduría, su calidad acogida, sintetizan lo que el joven apunta y remiten a la verdadera naturaleza de lo ruso. Más aún cuando afirma la predilección por el vodka (¿hay algo más representativo de ese pueblo?) frente a los modernos licores de importación. Hasta la estricta gobernanta del tren acaba apareciendo bajo una mirada más comprensiva.

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Por si faltaba algo para consolidar esta inversión lo encontramos en la figura del joven finlandés que se une a la estancia, y en el que ella, de entrada, reconoce un igual, no sólo por la nacionalidad sino por los ademanes y el comportamiento. La traición que el joven va a perpetrar representa la vileza de esas formas pulcras y delicadas, y por contraste la honestidad que se esconde tras la brusquedad del ruso, incapaz de robarle por mucho que al inicio ella cargara con su mochila ante el temor a que así fuera.

Pero no se trata, sin más, de una historia de buenos y malos, sino del choque de dos modos de comportamiento, de vida incluso. Lioja, y lo que él representa, es un hombre de acción; resuelve problemas cuando se plantean, sin atender a más consideraciones. Si tiene que visitar a su amiga roba un coche, no hay ninguna objeción que quepa al respecto. Y si hay que ir a ver los petroglifos, sea eso lo que sea, también se va, aunque sea invierno y no resulte recomendable. El joven ruso frente a las recepcionistas del hotel, acostumbradas a trabajar con turistas y seguramente contagiadas por ellos, víctimas ya de ese amaneramiento ineficaz y paralizante.

Y de eso va en el fondo la película. Es Occidente de nuevo mirándose el ombligo y levantando la vista insatisfecho. Poniendo en cuestión los logros alcanzados, que tienen que ver con la moralidad, las normas de convivencia y el respeto. Y añorando algo más básico, unas esencias que aglutinen, que cohesionen; una disposición a la acción que se alce por encima de formalidades que comienzan a aparecer como trasnochadas, inservibles.

No es difícil reconocer esa actitud si miramos a nuestro alrededor. Está mucho más extendida de lo que los trileros ventajistas quieren hacernos creer, empezando por ellos mismos. Es la fascinación por el camino rápido, por el vigor, por la inmediatez, sin sopesar los costes que eso acarrea. Mensaje inquietante en el que reside la verdadera decadencia de Occidente, y no donde los avispados embaucadores en busca de atajos quieren hacer creer. Es Rusia, pero no es solo Rusia.

Escribe Marcial Moreno  

  

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