París, Distrito 13 (3)

  17 Abril 2022

Cuento moral(izante)

paris-distrito-13-0El título original de la película (Les Olympiades) connota un sentido añadido a la mera referencia topológica y urbanística. Algo así como si en español una película tuviese como título Vallecas o Chueca o El Barrio de Salamanca. La propia historia que se desenvuelve ante nuestros ojos dejará patente y escarbará ese microcosmos parisino.

No en vano, el filme arranca con unos planos generales y panorámicos, en picado, sobre los elementos más destacados urbanísticamente de dicho Quartier: una serie de torres-rascacielos mostradas durante su plenitud nocturna, de tal forma que semejan una serie de colmenas que albergan en sus múltiples celdas-celdillas toda una variopinta y diversa fauna habitacional. La característica principal del barrio es la multiculturalidad, la abigarrada estampa racial y humana que puebla sus calles y habita sus pisos, siendo el componente asiático —pero no sólo— el más destacado, así como la juventud de la mayoría de sus pobladores.

La mirada del director de Un profeta (2009) persigue radiografiar esa isla urbana, elevada a la categoría de modelo social de convivencia, de logro  paradigmático de una Francia moderna, inclusiva, acogedora, europeísta y progresista; un contraejemplo de que la banlieue no sólo es el territorio comanche que el cine (y la propia realidad socioeconómica gala) nos muestra de tanto en tanto, de una manera casi ya estereotipada y protogenérica. Aquí no hay conflictos ni tensiones raciales, ni económicas, ni marginación ni venta y trapicheo de drogas.

También estamos a años de luz de la Francia profunda y rural, aquella que nutre los movimientos políticos más radicales (por la derecha) y que se siente abandonada y menospreciada por la capital (tal y como se dibuja en, por ejemplo, La familia Bèlier, 2014, cuya almibarada y deslavazada transposición al cine americano —Coda— ha conseguido el Oscar a la mejor película).

La participación de Céline Sciamma —tótem y faro de una forma y un fondo modernos de un nuevo, diverso y diferente cine francés— en el guion, junto al propio director, subraya y encarece el aspecto ideológico, refuerza la necesidad de que aquello que se muestre en la pantalla resulte confortante, empático, satisfactorio. Y lo es, aun a costa de obligar a la propia historia y a los propios personajes a ser mejores de lo que podrían ser; aún a costa de forzar el pacto, de limar asperezas, de lograr la catarsis, de rozar y tocar la felicidad.

La elección de la fotografía en blanco y negro añade un plus de autenticidad y de realismo, de naturalidad a una narración que se erige sobre lo más cotidiano e inmediato. Aunque tal vez también sea un guiño del director, un homenaje a su admirada Una noche con Maud (1969), de Eric Rohmer. Audiard aspira a relatarnos el cuento moral de la Francia actual (bueno, de un segmento muy acotado de ella) y para ello se vale de un trío de incipientes treintañeros que se erigen en arquetipos de la nueva amalgama social del país del hexágono.

La abertura del filme nos sitúa en la cima de una relación amorosa: una pareja de amantes, completamente desnudos, disfrutan de la intimidad y la complicidad del juego erótico, mejor, de una pausa de la entrega carnal que sirve para que la palabra ocupe interinamente el espacio del receso amoroso. Émile es una joven asiática (de ascendencia china) que exhibe ante su amante Camile (un francés de color de segunda generación) sus dotes cautivadoras. Con el retrato de ella y del origen de la situación mostrado, se inicia la peripecia.

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Émile es descrita en su puesto de trabajo: es una teleoperadora en plena acción, en medio de una oficina conformada por una nutrida y diversa plantilla: asiáticos, de color, musulmanes, hindús, judíos…, un mapa plural de la heterogénea Francia y de la más heterogénea globalización. Émile puede ser muy convincente en su desempeño laboral, incluso agresiva con el cliente renuente a sus productos. La figura de esta joven ilustra el conjunto de población abocada al precariado, esa nueva clase social constituida por una juventud sin un horizonte laboral claro y estable.

La relación con Camile se origina a raíz de su condición de casera: Émile acoge a su amante como inquilino para compartir los supuestos gastos del alquiler de su piso. Primero es renuente a admitir a Camile, pero tras una entrevista-confesión-cita, terminarán encamados. Camile acepta la situación como un simple intercambio erótico y sexual, sin querer ninguna implicación mayor. De hecho, cada uno duerme en su habitación del apartamento. Durante un paseo por el barrio, Camile rechaza el brazo de Émile, ese gesto que pretende anclar si no una relación, al menos un sentimiento. El enamoramiento de Émile no es compartido, incluso es rechazado por él, que explicita su negativa a cualquier relación que lo vincule.

Camile es un joven profesor de literatura, un interino que está preparando las oposiciones a profesor agregado (funcionario): culto, atractivo, cautivador, pero incapaz de ningún tipo de implicación sentimental. La presencia de una nueva amante en el piso de Émile (una joven y atractiva compañera de instituto, su sustituta) provoca su expulsión de la vivienda por una iracunda Émile, ante la incomprensión y malestar de Camile.

El joven profesor abandona su trabajo para hacerse cargo temporalmente y como favor personal de la inmobiliaria de un amigo (de ahí su sustituta y —amante— femenina). Contrata a una joven, Nora, de la que previamente hemos asistido a su aterrizaje París y en el barrio. Nora es una joven provinciana, de 32 años, que ha abandonado Burdeos para instalarse en la capital y retomar los estudios en la universidad (segundo de derecho, penal). Una confusión de identidades (se viste con una peluca rubia para asistir a una fiesta universitaria) con una estrella porno de la red precipita su abandono de la facultad (clases masificadas) ante el acoso y la burla de sus compañeros.

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Su jefe Camile admira la profesionalidad de la joven, una verdadera fiera en su trabajo, pero también su belleza. Una altiva Nora le expone su negativa y lo advierte sobre cualquier tipo de insinuación emocional o erótica. Así pues, el triángulo del deseo y de la insatisfacción está perfilado. Émile desea y ama a Camile que la rechaza a la vez que este desea a Nora, la cual impone una muralla infranqueable al deseo de Camile, no obstante, la muralla protectora se relajará con el contacto estrecho profesional y se llegará a una frustrante relación carnal.

Estos tres personajes son una muestra de la diversidad de la juventud francesa y de su aparente desorientación. Émile tiene su fortaleza en una entrega carnal absoluta, acompañada de una emoción desbordada que secunda el goce amoroso. No tiene formación (licenciada en políticas, le vende a un Camile escéptico) académica, es vulgar y va de cara, como una apisonadora. Camile representa al inmigrante perfectamente arraigado en su nuevo país. Licenciado, es cuestión de tiempo que apruebe las oposiciones. Su talón de Aquiles: su incapacidad de implicarse emocionalmente. Nora simboliza la Francia profunda, gala, de provincias. Su validez profesional discurre en paralelo a su secreto oculto y perturbador (durante diez años ha mantenido una relación transgresora e incorrecta moralmente —incestuosa— con el marido de su tía carnal), hasta el punto de derivar en frigidez sexual.

La relación de los personajes con su familia influye en ellos de manera notable. Émile y Camile se niegan a admitir el dolor que les produce la degradación y la muerte de sus ancestros. Émile no soporta contemplar la degeneración de su abuela, enferma de Alzheimer. La quiere, su presencia la ata a un pasado-paraíso familiar en China que se ha perdido (las fotografías lo muestran); vive en el piso propiedad de su abuela, le corta el pelo cuando la visita en la residencia, discute con su madre telefónicamente cuando esta le recrimina que no atiende (como manda la tradición oriental) a su abuela; incluso admite a una nueva inquilina siempre y cuando se ofrezca a visitar semanalmente a su abuela en su lugar.

Émile se confiesa telefónicamente con una hermana médica en Londres (se recurre a la pantalla partida, imitación de este recurso tan de moda en el cine de los 60 y 70 del siglo XX), que le insta a leer un libro que le prestó para canalizar su emoción desparramada («Doscientas páginas», se queja Émile). Para mitigar su dolor, Émile se inscribe en una página web de citas y se entrega a todo desconocido que le plazca, de lo cual hará cómplice a un incrédulo y enamorado —de otra: Nora— Camile, en sus encuentros amistosos, pues mantienen la amistad.

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Prueba del bienestar de dichos fugaces encuentros es la secuencia en que regresa a su nuevo trabajo (camarera en un restaurante chino del barrio) y entra feliz y ejecutando una coreografía de ballet. El racional y ausente Camile se ha distanciado de su familia, de la muerte de su madre, de la nueva vida sentimental de su padre, de las aspiraciones artísticas de su obsesa y tartamuda hermana —pretende ser monologuista—. La presencia de la silla de ruedas que usó su progenitora y el encargo de venderla muestran su incapacidad para gestionar las emociones: no sabe plegar la silla, no sabe amar.

Por contra, la genuina francesa Nora canalizará su malestar trabajando desaforadamente, logrando vender a los clientes de la inmobiliaria una serie de pisos y apartamentos céntricos a los que su generación no puede tener acceso; sentimentalmente, a través de la página web de la actriz porno motivo de su defenestración universitaria. Se conectará con Ambersweet (y ahora el color hará significativamente acto de presencia: en el mundo virtual, tal vez más real que el mundo externo a la red) y entablará con ella un diálogo que terminará desembocando en... amor puro y duro.

Ya en los encuentros sexuales insatisfactorios con Camile se nos han dado indicios de por dónde iban los tiros. En el último, ella consigue gozar plenamente cuando Camile prescinde del intento de penetración y le practica un cunnilingus. Superados los traumas personales de cada uno de los personajes, el guion apuesta por un final catártico, en el que se recomponen los ángulos del triángulo ampliándolo a un cuarteto: Nora se cita con Amber y de ese encuentro, de la epifanía del amor, de su insoportable emoción, después del desmayo de Nora, recuperada, un primer plano-detalle ofrece las bocas de ambas mujeres sellando su amor con un apasionado beso, en medio de un parque parisino.

La otra pareja, a instancias de Camile, reanudará los encuentros, pero la acerba Émile no está dispuesta a reiniciar la relación en los mismos términos anteriores. La muerte sobrevenida de su abuela propicia la ocasión para que Camile exhiba una tenue emoción: se ofrece acompañarla al cementerio, para que no esté sola ante su familia y su posible recriminación. Ella exige más: una formalidad, un compromiso. A través del telefonillo (pues es notoria la importancia de los gadgets tecnológicos en las nuevas generaciones, incluso en su desorden amoroso), Camile le ofrece su compañía, su compromiso, su amor: «Te quiero», repetido insistentemente ante el apremio de ella.

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Y el amor triunfa y vuela por doquier, pues desde Sade y los libertinos y la literatura erótica y galante, el amor se ha escrito en francés, se ha reflexionado sobre él en francés (Rougemont, Bataille, Barthes, Foucault…) y se ha filmado en francés: Truffaut, Rohmer... Aquí, además, ha sido rebozado con la música electrónica de Rone (y un poquito de Schumann, también), una música muy tecno y, otra vez, setentera.

Hay que resaltar el trabajo de los actores y su generosidad interpretativa, la prodigalidad con la que muestran sus emociones y sus cuerpos. En especial, hay que destacar a la atormentada Nora Ligier, interpetada por Noémie Merlant, actriz coprotagonista de la premiada película de Céline Sciamma Retrato de una mujer en llamas (2019), en donde mostraba con profusión y naturalidad su bello cuerpo desnudo, prodigalidad corporal que repitió también en el filme Curiosa (2019) y que corre el riesgo de encasillarla y encorsetarla.

Quizá el director de Los hermanos Sisters (2018) haya filmado mejor la narración ante un relato-guion un tanto tendencioso, premioso por logar su objetivo: el triunfo amoroso y el derecho a la felicidad de la nueva generación de franceses. Quizá también sus relatos de carácter más épico, más aventurero o menos centrados en las emociones y el drama sentimental tengan más fuerza y nervio.

Algunos flecos tales como el diálogo sobre los motivos del abandono temporal de la enseñanza por Camile (discurso contra la burocracia, la administración, los políticos); o la implicación de Camile con su hermana o la agresión de Nora a una antigua compañera con la que se cruza casualmente en la calle; o las conversaciones telefónicas de Émile con su hermana médica y triunfadora vía splitscreen no aporten mucho al meollo argumental.

Pero en líneas generales la película cumple su objetivo: dibujar la senda por la que transita una parte de la sociedad y, especialmente, de la juventud francesa, en sus aspectos laborales, familiares y, sobre todo, sentimentales. En fin, desde el cuento moral de Rohmer hasta este relato moralizante de Audiard. Mientras hay vida hay esperanza.

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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