Red (3)

  07 Abril 2022

Madres tigre, hijas panda

red-0Amy Chua es profesora de derecho en la Universidad de Yale. Antes trabajó para un prestigioso bufete de abogados, y en 2011 fue nombrada como una de las 100 personas más influyentes por la revista Time. El vivo retrato de una triunfadora para cualquiera que se rija por los cánones occidentales.

Pero lo que de verdad ha hecho famosa a Chua es su libro, Madres tigre, hijos leones, en el que cuenta cómo su modo de enfocar la educación de sus hijas, basado en los altos estándares de exigencia orientales, produce choques culturales con su país de acogida y con sus propias hijas socializadas en occidente.

Chua ha sido a la vez groseramente malinterpretada y loada de un modo excesivo por los muy variados exégetas educativos, que quizá no se han preocupado de poner las cosas en su contexto: es cierto que la nula permisividad de Chua y sus altísimos estándares educativos resuenan como tortura materno-filial en las nuestras más relajadas culturas, pero eso no la convierte a ella en una sociópata desapegada o a los occidentales en unos descuidados irresponsables: simplemente su concepto de la empatía es muy otro, y ella mira a largo plazo mientras muchos de nosotros nos centramos en el carpe diem de nuestros infantes.

La película que nos ocupa trata de un modo tangencial este tema, y a fe mía que no lo hace del todo mal.

Red ha sido descrita como una alegoría del paso de la infancia a la adolescencia, y en verdad casi todo en la película refiere a ese tránsito: Mei Lee es una niña de trece años —curiosamente de la misma edad que una de las hijas rebeldes de Chua— que tiene amigas occidentales, gustos occidentales y familia oriental, con Madre tigre incluida.

Es fanática de las matemáticas, del violín, y para ella todo lo que sea menos que un sobresaliente es un fracaso. Pasa parte de su tiempo libre —junto con su madre, claro— cuidando el templo en el que se honra a sus antepasados, pero no por ello deja de tener relaciones sociales: tres de sus amigas constituyen su vínculo con el mundo real, el de las niñas que aún no son ni adolescentes ni adultas.

Este vínculo es además una fuente de conflictos culturales: como toda buena preadolescente, empieza a sentir curiosidad por los chicos, y más por los idealizados que por los reales —que normalmente son mocosos inmaduros—, lo que la lleva a expresar la clásica devoción por la típica Boy Band  de los años dos mil.

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La tragedia está servida en cuanto su madre comienza a enterarse de que su queridísima leona se junta con occidentales decadentes y pierde su tiempo con música depravada. La tensión que esto provoca en la niña es el desencadenante de una ruptura emocional sobre la que se han vertido ríos de tinta desde que el mundo es mundo: el paso de la infancia a la vida adulta viene determinada por la consecución de la autonomía, y eso es algo que deben aceptar los padres y madres, pero que muchas veces no se consigue sin traumas. La directora, Domee Shi, ya trató el mismo tema de un modo muy poético —y escabroso— en su maravilloso cortometraje Bao, que fue preludio de Los increíbles 2.

Pero las cosas son incluso más complejas: las niñas no solo cambian emocionalmente, sino biológicamente.

Se ha hablado mucho sobre si Red es una alegoría sobre la llegada del período menstrual. Sin duda, todo ello invita a pensarlo, pero lo cierto es que hay ambigüedades notables en este sentido.

La madre confunde la muy normal llegada de la regla —y ahí surgen los mejores chistes de la película— con la transformación mágica de la niña en un panda, herencia ancestral de su familia, lo cual nos lleva a dudar de una identificación estricta. También resulta que existe un rito para evitar tales transformaciones, y eso, desde luego, no se puede hacer con algo tan persistente como el ciclo menstrual.

Pero también es cierto que el color rojo, los cambios emocionales, la vinculación con la luna —cuyo ciclo, como el menstrual, es de 29 días aproximadamente— y el hecho de que se vuelva llamativa para los demás —especialmente para los chicos— y peligrosa —el riesgo del embarazo implícito—, podrían puntuar  en favor de esta tesis.

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La verdad es que no importa mucho: no es necesario que una metáfora sea perfecta para significar algo. Red juega muy bien con sus ambigüedades y con sus conflictos y alcanza una resolución más que satisfactoria para ambos.

Tiene momentos verdaderamente divertidos y emocionantes y consigue plantear perfectamente sus premisas y conclusiones, alternando el cine de espinillas y escuela secundaria con las películas de monstruos y los guiños al Studio Ghibli de El cuento de la princesa Kaguya.

El resultado es, evidentemente, el de una hibridación cultural inevitable. La madre tigre no va a renunciar a criar una leona, pero no puede encerrar a su hija en una burbuja; la hija aprende que las transformaciones biofísicas que traen el paso a la adultez son ya perfectamente conocidas por su madre, y no puede suponer que esta es una tirana ignorante que no quiere lo mejor para ella.

Red es cine típicamente occidental con las parábolas y simbolismos del oriental.

Una mezcla muy interesante, de manos de una directora que, sin duda, ha entrado en la madurez de un modo rompedor.

Escribe Ángel Vallejo | Fotos Disney Studios

  

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