The Batman (3)

  13 Abril 2022

Un cambio de guion

the-batman-0Hay algo idiosincrático en todos los filmes de Batman desde El caballero oscuro (2008) y es la constatación de una lenta pero inexorable decadencia.

Desde la más alta cumbre del hombre murciélago y su enemigo —el Joker—- que supuso la obra de Nolan, todo se contempla con pequeñez. Que la mejor película sobre Batman que se hizo después fuese la Lego película dice mucho del hito que supuso la segunda entrega de la trilogía del británico, obra que ni el mismo realizador pudo siquiera acercarse a igualar en La leyenda renace, de 2012.

Si queremos hacer un análisis un poco más sutil, deberíamos señalar que la decadencia no ha sido solo artística; la caracterización de Bruce Wayne dejaba entrever una transformación explícita del personaje, que iba aligerando su carga psicológica y emotiva para convertirse en líder carismático y crematístico de la Liga de la Justicia.   

El epíteto «decadente» es de uso común entre los críticos comunistas de occidente, que denominan así a los corruptos gerifaltes de las grandes empresas capitalistas y a sus potenciales clientes —vale decir súbditos—, que se preocupan más de producir y consumir que de cultivar sanas relaciones humanas no competitivas mediadas por el ansia de vil metal.

Naturalmente todo esto es una burda simplificación ideológica, pero no puede negarse que Bruce Wayne, cuyo alter ego es Batman, podría ser el epítome de una cosmovisión que fía a los recursos económico-tecnológicos la resolución de todos los males de nuestro tiempo. No es extraño, por tanto, que cuando en El caballero oscuro el Joker hace gala de su desprecio al dinero y su amor por la gasolina, la pólvora o la dinamita porque son baratos, tengamos la sensación de que efectivamente nos hallamos ante la némesis especular de Wayne.

En las tres películas dirigidas por Zack Snyder y protagonizadas por el solvente, pero poco afortunado Ben Affleck, Wayne incluso presume de que su único superpoder es ser rico. Así se esfuerza en demostrarlo con una orgiástica y obscena exhibición de aparataje tecnológico, que llena de chispas la pantalla y vacía de contenido real un guion supeditado a la pirotecnia. Decadencia cinematográfica pura plasmada en la decadencia espiritual de un filántropo que apenas aportaba algo más que su capital al servicio de una organización privada de justicieros que operaban fuera, aunque prudente y convenientemente cerca de la Ley.

Algo de olor a corrupción cadavérica en la saga debió detectar la Warner, cuando encargó a Todd Phillips la tarea de hacer un filme «de autor» sobre Joker, el archienemigo de Batman. El realizador de las inclasificables Resacón en Las Vegas alumbró una película sin efectos especiales, cachivaches ni persecuciones, con evidentes ecos del cine de Scorsese de los setenta.

Joker fue muy bien recibida por crítica y público, y mayormente aceptada incluso entre el fandom comiquero. Era un golpe de timón inesperado, agradable y sorprendente. La decadencia era la protagonista, pero no de forma involuntaria como lo había sido en los filmes de Snyder: Phillips iba a mostrarnos los enfermizos entresijos de la mente del sociópata, dibujando las líneas torcidas de su psique sobre las devastadas calles de Gotham, que bien habrían podido ser las de Detroit o Philadelphia.

Warner-DC parece haber aprendido de tal éxito, porque El Batman —así, con artículo— al que nos enfrentamos tiene una línea de continuidad indiscutible con aquel.

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La película de Matt Reeves recoge la propuesta de Phillips, y prefiere centrarse en el lado humano de los protagonistas. Se permite incluso homenajear el éxito de su predecesora, como rememorando los ecos de la revolución callejera de Joker: los primeros villanos que aparecen van maquillados como él. 

Con respecto al protagonista, Reeves dibuja a un Batman bisoño, máscara de evasión de un Bruce Wayne atormentado, cuyo personaje ni siquiera responde al nombre por el que será mundialmente famoso.

Entre el mundo del hampa se le conoce como Venganza, y será el villano de la película —Enigma— el que lo bautice como «el hombre murciélago», abundando en un juego de palabras con ratas aladas que hará fortuna a lo largo del filme y del que cualquier valenciano apegado a su tradición lingüística hubiera podido sacar petróleo para resolver un caso más sencillo de lo que parece.

Volveré más adelante sobre esto.

Centrándonos en el aspecto cinematográfico, debemos decir que la película comienza de un modo magnífico. Reeves maneja la penumbra y los reflejos con precisión; se permite jugar con los desenfoques para transmitir un halo de sucia irrealidad; sabe aprovechar los elementos atmosféricos y las luces nocturnas para dar empaque a la escena. Consigue transmitir la sensación de inquietud y miedo que pueden sentir los villanos en Gotham ante las teatrales apariciones del justiciero enmascarado, sencillamente enfocando callejones oscuros, con lentos avances del zoom mientras la maravillosa música de Michael Giacchino —que merece capítulo aparte— nos envuelve. Un diez en escenografía y ambientación, donde la mano de Greig Fraser —que trabajó con Reeves en Déjame entrar y últimamente ha hecho Dune— se hace notar.

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No creo exagerar si digo que la banda sonora y la fotografía son dos personajes más de la película, y añaden quilates a la calidad de la misma.

La partitura de Giacchino merece sin duda el Oscar. Tiene ecos de noir, pero también algo de 007. No me resisto a evocar las bandas sonoras de Los intocables de Elliot Ness de Morricone y las de El Imperio contraataca de Williams; hay, de hecho, una escena en la que Batman emula al Darth Vader de Rogue One —película también fotografiada por Fraser, por cierto— bajo las notas de una melodía muy parecida a la de la Marcha imperial.

Y así, por la vía indirecta de los arreglos ambientales, llegamos a la cuestión del género. ¿Qué tipo de película es The Batman?

Pues la respuesta es que nos hallamos ante una mixtura de cine negro, terror gótico, slasher —-cine de psicópatas— y en mucha menor medida, peli de superhéroes. 

Es esta una hibridación imperfecta, que no alcanza sus mejores cotas en la medida en que emula, copia u homenajea a los clásicos del género; es imposible no rememorar Seven, Zodiac, Saw, Taxi Driver, The French connection, Chinatown o incluso Blade Runner cuando se visiona The Batman. Y uno no sabe si enfadarse o alegrarse por ello, pero desde luego no puede dejar de anotar en el debe de Reeves la exigencia de ser más sutil a la hora de componer su crossover.

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La mezcla, desde luego, está hecha con oficio y no cabe reprocharle mayor falta que su excesiva morosidad e hipertrófica duración. Reeves alarga en exceso lo que podría haberse contado con media hora menos, y parece recrearse en su bien compuesto esteticismo.

La buena noticia es que no abusa de persecuciones y escenas apabullantes o ensordecedoras, y este es uno de los elementos que hace que la categoría de «peli de superhéroes» aparezca infradimensionada.

Porque curiosamente Batman no nos parece mucho más que un detective bien entrenado en la lucha cuerpo a cuerpo. Los gadgets de los que hace uso son bien pocos, e incluso en la escena de vuelo —nada aparatosa, perfectamente creíble— vemos cómo debe enfrentarse al vértigo que sufriría el común de los mortales y a un aterrizaje digno de quien planea por primera vez.

Batman, más que un superhéroe, es un justiciero de carne y hueso. Lleva un buen chaleco antibalas, pero eso no le protege de los fuertes impactos o los golpes. Cae y se levanta con dificultades, a veces con ayuda química en forma de chute de adrenalina. Comete errores que a veces paga él, a veces pagan otros. Es inteligente y reflexivo, pero también estúpido, emocional e impulsivo; es injusto queriendo hacer justicia y tiene serias dudas sobre su competencia como detective, cosa que se encargan de recordarle más de una vez amigos y enemigos.

Es un ser humano falible, en una palabra, y no hay magia ni deus ex machina tecnológicos que puedan salvarlo. A veces solo puede contar con su humano coraje para solventar un problema de vida o muerte.

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Es el contrapunto perfecto del Joker de Phillips y Phoenix. Es el Batman que todos queríamos ver.  

Y creo que ya toca hablar de los personajes y sus interpretaciones. ¿Qué decir de ellos?

Pattinson es un muy buen Batman, pero aún debe crecer más como Wayne. Creo que le daré un nueve y un siete a sus respectivas interpretaciones, pero no dudo de que en posteriores entregas pueda desarrollarse más el arco dramático del filántropo, y con él, los matices que Pattinson sepa imprimirle.

Reeves debe darle al bueno de Robert la oportunidad de lucirse. Ya ha demostrado que es un gran actor y quizá solo falte que el guion dibuje un personaje menos atormentado, más maduro, que no deba estar siempre con el ceño fruncido y el pelo sucio.

Zoe Kravitz compone también una excelente Catwoman. La química con el hombre murciélago es evidente, sin necesidad de tener que pasarle un palmo de lengua por la máscara, como hiciera Michele Pfeiffer en la famosa entrega de Tim Burton. Su personaje no está desequilibrado, como el de aquella, ni muestra una personalidad tan dual; sabe transmitir, sin embargo, fragilidad y fiereza según convenga.

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Nada que decir del oficio de Jeffrey Wright —que interpreta a Gordon- o de John Turturro —Falcone—, salvo que me parece imprescindible señalar la obviedad de que debe vérselos actuar en versión original.

Las menciones especiales vienen de parte de los otros personajes secundarios, y no tanto por el trabajo actoral cuanto por sus detalles compositivos.

Paul Dano encarna a Enigma, y aparece la mayor parte de la película bajo una máscara. Su trabajo se reduce a la voz y la mirada. Cuando vemos su rostro, poco más se puede decir: todos sabemos de su peculiar fisonomía.

Con respecto a esto, cabría señalar que Colin Farrell está irreconocible bajo el maquillaje del Pingüino. Yo no sabía quién era hasta que vi los créditos. Muchos dicen que recuerda al Joe Pesci de Uno de los nuestros. Creo que es cierto.

Andy Serkis releva a Jeremy Irons en el papel de Alfred. La verdad es que el pobre Jeremy está últimamente un poco acartonado y necesitaba un descanso. Serkis sin duda lo hace mejor, pero aún le faltan unos grados para llegar a calentar el ambiente con su fría presencia tal y como lo hacía Michael Caine.

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The Batman es, en resumen, una buena película de impecable factura, que recupera algunas de las señas de identidad del personaje. Es una película fiel al cómic, no tanto en lo estético como en lo argumental, que da importancia al libreto y no tanto al exhibicionismo testosterónico y tecnológico.

Pero precisamente en estas sus virtudes se esconden también sus mayores fallas: a pesar de su escaso tributo a la fuerza bruta, hay poca presencia de personajes femeninos. Ese es un detalle que hace tiempo no parecería tener la mayor importancia, pero que hoy día supone al menos un necesario toque de elegancia.

Con respecto al guion, este crítico no puede dejar pasar el hecho de que «el caso» —elemento central de todo filme negro que se precie—, es demasiado simple, tópico y, salvo un curioso giro final, bastante previsible. Casi parece un macguffin diseñado a la mayor gloria del lucimiento del enmascarado, que ni siquiera es capaz a veces de resolver los problemas más sencillos.

Batman necesita un guión más sólido en las próximas entregas. Reeves y Craig, los responsables del libreto, han hecho un gran trabajo creando un nuevo ambiente y resucitando al decadente hombre murciélago. Ahora deben hacer honor a su proverbial inteligencia… y a la del respetable.

Escribe Ángel Vallejo