Introduction (4)

  21 Marzo 2022

Abrazos

introduction-0Infatigable, Hong Sangsoo continúa con su exploración del ser humano. Una película más que se diluye en el conjunto de su obra, máxime cuando su último trabajo nunca es el último, ya que siempre hay una nueva entrega pendiente de estrenarse, lo cual, añadido a los avatares de la distribución que deja en el camino algunos de sus títulos, al tiempo que deshace el orden cronológico que sería deseable para un adecuado seguimiento de su trabajo, acaba constituyendo un magma indiferenciado desde el que se perfila, con sus múltiples y nunca definitivas visiones, el persistente objeto de su creación artística.

Y en cada entrega su apuesta, siendo fiel a unos principios estéticos que ha ido forjando película a película, se antoja más arriesgada. La sorpresa que causaba en sus comienzos en quien se acercaba por primera vez a su cine, se ha ido intensificando, y si ya no causa extrañeza es porque se ha ido creando una facción de comulgantes a quienes lleva de la mano por el recorrido que su obra ha construido. Hasta el núcleo de sus esencias.

Ese camino es el camino de la abstracción. Su narrativa necesita cada vez menos el soporte argumental. Lejos de esperar que ocurra algo, el objetivo parece ser, al final del trayecto, colocar unos personajes frente a la cámara y mirar a través de ellos, como miraríamos por una ventana lo que ocurre en el exterior, o como espiaríamos una vivienda ajena, miradas a un mundo cargado de trivialidad, pero a través de la cual podría vislumbrarse, de una manera confusa, borrosa, el germen y el fundamento de lo que ocurre.

Introduction es la forma más depurada que ha alcanzado el cine de Hong Sangsoo hasta el momento, aunque ya lleguemos tarde para afirmar algo así. En poco más de una hora está concentrado todo su cine, y el blanco y negro utilizado parece algo parecido a una llamada a no perderse en lo circunstancial.

Estructurada en tres capítulos, cuyo levísimo nexo de unión es el joven Youngho, el argumento está diluido hasta casi desaparecer, y la secuencia temporal, como la espacial, está demolida hasta el absurdo (¿qué cabe si no pensar del viaje relámpago desde Corea a Alemania que realiza el joven enamorado para aplacar su nostalgia?), con saltos en el tiempo que no llegan a estar definidos, y de los cuales ni siquiera podemos estar seguros de que respondan a un verdadero decurso temporal.

De esta forma la atención se focaliza en la textura inmediata de la imagen, en su construcción, en los diálogos, y, sobre todo, en lo ausente. En un ejercicio de estilo conciso pero minucioso, el director es capaz de elaborar un discurso que, a partir de lo visible, apunta al verdadero corazón del relato, a lo que no se ve, a lo que los personajes esconden, lo que siempre se agazapa tras lo elemental. Toda la película está edificada en torno al fuera de campo.

El camino está insinuado cuando las mujeres que llegan a Alemania conversan sobre ese extraño árbol que se nos hurta al espectador. Lo esencial no es el objeto de su diálogo, sino el hecho de estar allí ambas hablando sobre el árbol o sobre cualquier otra cosa, en un país ajeno, en una situación nueva, con una historia detrás y con unos anhelos por cumplir y unas esperanzas ya, quizá, un poco marchitas. Las palabras son la excusa para ir más allá de ellas. Ese mismo gesto lo reconocemos en el paciente que se oculta tras la cortina en la consulta del médico, a quien escuchamos quejarse sin que lo veamos.

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El mapa sobre el que se edifica la película no nos ofrece una guía con la que orientarnos en el laberinto, sino al contrario, nos introduce en él. Lo importante no ocurre ante nuestros ojos, sino que debe ser aventurado por quien asiste, como un voyeur, a lo que se le ha dado a contemplar. Desde las primeras imágenes, en las que el padre de Youngho invoca a los dioses a quienes ofrece la mitad de su fortuna sin que sepamos cuál es el objeto de su súplica, esa parte sombría de lo real está siempre presente. A través de diálogos intrascendentes completados, rebatidos muchas veces, por miradas, gestos o silencios, vamos adentrándonos en los secretos que se agazapan tras lo evidente.

La enumeración de cada uno de esos detalles sería extensa, tanto como la película, a la vez que, al destacarlos, le restaría la fuerza que radica en su levedad, en la sutileza que emana de ser una inserción imperceptible en lo cotidiano. Cabe señalar, en cualquier caso, y a título de ejemplo, alguno de ellos. Sea la mirada del joven cuando se despide, al inicio, de su novia, mirada en la que se insinúa ya un fracaso; o bien la conversación con la secretaria de su padre, en la que se trasluce un pasado, una admiración de la mujer por su jefe, la cual imaginamos menos satisfactoria de lo que ella habría deseado, pero aún así entregada. O el mismo abrazo con el joven, resuelto con una apelación a la nieve, la misma que parece instalada entre ellos y que la calidez del acercamiento no puede derretir, con sus miradas respectivas en fuga; o las risas nerviosas que provoca el recuerdo de su declaración de amor, la cual, a pesar de ser recordada con nostalgia, no saben dónde colocar ahora.

No sólo los personajes, Youngho y también el resto, por breves que sean sus apariciones, estructuran la película. Hay elementos fílmicos que son utilizados para apuntalar su atmósfera general. Es el caso de las ventanas, muy utilizadas en la filmografía del director coreano, las cuales establecen la conexión entre el interior y el exterior, dos instancias que están constantemente transitadas, como si de personajes enjaulados se tratase que van buscando el aire que les permita respirar, o, al contrario, ocultar algo en su interior, para lo que necesitan correr unas cortinas que les protejan, como vemos hacer al médico en su consulta, quizá eso que no sabemos y que le atormenta. Ventanas también que preservan del frío exterior, pero que no parecen alcanzar a resolver la gelidez más íntima, más profunda, que cada cual arrastra consigo.

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Es también el caso del agua, en el lago (junto a la casa de la pintora, aunque no lo lleguemos a ver), en los charcos, el río o el mar, protagonista final de la película. El río que en Alemania acompaña al encuentro inesperado de los enamorados, pero que aventura ya una separación, lo inviable de una relación que apunta a su desaparición. Las aguas que no se detienen del río de Heráclito y también de Manrique.

Y la recurrente metáfora del mar, aquí no promesa de libertad o redención del oprimido, sino más bien amenaza, limite, final. Lugar en el que se produce el reencuentro, real o imaginado, de los viejos enamorados, de vuelta ya de las ilusiones juveniles. El mar es turbulencia, frío, peligro. Es la vida que requiere consuelo tras sumergirse en ella, aunque sea el abrazo de un amigo que insinúe un tímido cobijo, una leve protección, mientras las huellas que dejan testimonio de que estuvimos allí son borradas por las olas, condenándonos al inevitable olvido. El mar, intentando ser abarcado por una mirada, la misma que se pregunta por uno mismo, por el camino recorrido y el que aún queda por recorrer.

Y, por supuesto, el tabaco. Los personajes están constantemente fumando, y cada uno lo hace a su manera. Para Youngho, al principio, es una forma de adentrarse en la madurez. Acaba de comenzar a hacerlo, y la secretaria de su padre se lo recrimina. Es también la forma de eludir lo inevitable, de ocupar un tiempo que pesa como una losa, como vemos en el paseo que da con su novia durante la visita fugaz a Alemania, en la que ya afloran las señales del final. Más adelante, transcurridos los años, Youngho fumará con más resignación, como si hubiera entendido que esa edad adulta en la que se adentraba no cumplió sus promesas.

En otros personajes el tabaco es el depositario de un pasado que los aplasta. Quienes fuman parece que anhelan un tiempo que se les escapó y que desaprovecharon. No es que se aferren a él, no es que quieran retener la juventud; se trata más bien de la confirmación de que aquello ya pasó, y ahí siguen ellos, con las ilusiones atenuadas, ocupando el único lugar que les queda, esperando a lo que todavía les resta por vivir.

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Y es que, en realidad, a pesar de que Hong se esfuerza en deconstruir el tiempo del relato, todos los personajes se encuentran en tránsito, y todos son testimonio de una pérdida. Desde los padres del Youngho, separados y con una más que problemática relación con él, hasta los jóvenes que se abren a una nueva vida que viene ya lastrada desde el principio, con las señales del fracaso en el que acabará su relación, a pesar de la entrega del joven, incapaz de entender la posibilidad de un abrazo sin amor, algo que acabó malogrando su carrera en la interpretación (frente a esa actitud el actor consagrado cree que todo abrazo, por el hecho de serlo, ya implica amor, lo que en el fondo está mostrando la necesidad de encontrar ese afecto del que se carece).

Por su parte la joven, ilusionada con la visita de su novio cuando llega a Alemania, alcanza una madurez cuyo precio ha sido ir dejando jirones de su vida en el camino, esta vez en forma del marido alemán de quien está separada; como la pintora que la acoge en su casa, buscando más una forma de paliar la soledad que una entrega desinteresada.

El estilo del director coreano sigue siendo reconocible. La desnudez de la puesta en escena constituye un todo con los personajes, los explica y los completa. Su querencia por los movimientos de cámara, en especial el uso del zoom, continúa presente, aunque se ha hecho menos brusca, casi diríamos menos arrogante. El protagonismo ha dejado de corresponder a la cámara para pasar a lo que esta encuadra: cuando aparece un momento de calidez, cuando asoma el sentimiento, cuando lo personajes pelean por mostrar algo que les conecte con los demás, la cámara les presta su ayuda y se acerca a ellos, nos ofrece a los espectadores la posibilidad de comprender lo que allí ocurre, de sentirnos vinculados a su contenida emoción.

No estamos, a pesar de todo, ante una película triste. La mirada es compasiva, pero no hace una tragedia de lo que nos muestra. Las notas de la guitarra que suenan al final de cada uno de los tres episodios producen el efecto de una reconciliación con lo que estamos viendo; construyen una realidad, a pesar de todo, habitable. Nuestras vidas quizá no son como las imaginamos, pero ahí seguimos, encontrándonos, mirándonos, abrazándonos, aunque esos abrazos carezcan de la plenitud que alguna vez soñamos.

Escribe Marcial Moreno  

  

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