Flee (3)

  05 Marzo 2022

Ecos de libertad

flee-0Flee ha calado hondo en el mundo de la prensa y las academias internacionales; tanto es así que ha estado presente en la mayoría de los premios que otorga el circuito de la crítica y los sindicatos estadounidenses —PGA, SAG, Golden Globes, Los Ángeles, Boston, Chicago, Nueva York, etc.

Después de tanta cosecha de elogios y reconocimientos, el pasado 8 de febrero el trabajo de Jonas Poher Rasmussen hizo Historia en los Oscar al ser la primera película en estar nominada en las categorías de mejor película de habla no inglesa, documental y animación.

Y no es para menos, pues Flee pasa todo tipo de fronteras para calar en la psique del espectador de una manera tan tibia como cruel. Ni te congela ni te radia, simplemente te abduce.

Para hablar de esta docuficción es importante recordar una de las inspiraciones de este canto a la libertad, o mejor dicho, a la necesidad de huir para encontrar la libertad anhelada.

Y esa musa cinematográfica es Las golondrinas de Kabul, donde, bajo el manto de unas suaves pinceladas y un estilo propio, Zabou Breitman y Eléa Gobbé-Mévellec proyectaban un canto a la libertad en tiempos de opresión a la vez que ponían en manifiesto la dura y estremecedora forma en la que los hombres tratan a las mujeres en la ciudad de Kabul —aquí también se muestra ese machismo, recuerden momento furgoneta de policía.

Y es que, aunque se nos presente un estilo pictórico diferente y el protagonista resulte ser un hombre en lugar de una mujer, el temor, el miedo y la injusticia se mantienen latentes en la pantalla; los fantasmas del pasado se recuerdan y se sienten como un constante bombardeo.

Paradójicamente, la psicología de una población y de la memoria de un hombre se dibujan mediante una sesión psicológica. Psicología vs temores. Presente vs pasado. Pasado vs presente. Infancia vs madurez. Recuerdos vs realidad.

Un viaje y un destino en el que por medio de su aparente edulcorado esbozo se emite tanto una interna como externa guerra de hostilidad y condición,  donde lo superfluo e inocente se camuflan entre lo cruento y la barbarie, alternando animación e imágenes de archivo que evocan una crónica de la guerra afgana y el dolor y sufrimiento de los refugiados, de aquellos que han tenido que abandonar su casa: ese sitio en el que todos deberían sentirse seguros, pero del que, por desgracia, algunos tienen que huir para encontrar la felicidad más ansiada. Y todo ello desde el prisma y el surco vital del protagonista.

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En Flee, el cineasta danés se abre en canal a través de una técnica de animación tan humilde como virtuosa, nos abre su alfombra para visionar los cimientos que consolidan esta empática y veraz obra hasta llegar a su cima. Pero lo veraz suele ser obvio. Y lo obvio suele tornar a contradictorio. Y lo contradictorio puede derivar a defecto. Pues el defecto más grávido, aunque menor, de esta gran radiografía es el subrayo en algunos de sus tramos de las emociones estrictamente personales —que no de su trasfondo global y social—, no dando lugar al subtexto en ellas. Traza y muestra, pero no nos hace cuestionarnos el porqué de lo que vemos. Pese a ello, sí podemos hallar interpretaciones universales que se alejan de los propios actos. Y es ahí donde se hace fuerte.

En definitiva, para el que escribe estas líneas, Flee es un retrato libre en forma y concisa en fondo que a cada paso que da se va alejando de la animación y el documental para fundirse en vida. En cruenta y realista vida. 

Las golondrinas de Kabul y la última obra del danés Jonas Poher Rasmussen podrían conformar un poético díptico de libertad y carácter. Nuestra casa es ese lugar donde todos nos hemos encontrado seguros, y esta cinta funciona como hogar de refugio. Y de conciencia. 

Escribe Daniel Bernal

  

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