La ilusiones perdidas (3)

  03 Marzo 2022

Novela ilustrada

las-ilusiones-perdidas-0La querencia literaria del cine francés ha sido un rasgo constante y repetido en toda su historia. Este prurito literario ha servido tanto como excusa sobre la que cimentar y erigir nuevas lecturas (la nouvelle vague y ese Antoine Daniel, un superviviente de la mediocridad del mundo gracias a la literatura y a su propia y quijotesca literaturización del mundo), así como abono argumental a partir del cual trasladar la palabra escrita a imágenes (Moliere, Dumas, Hugo, Flaubert, Duras, Simenon…, y todas las adaptaciones de sus principales obras).

La literatura también ha contribuido a forjar la marca de prestigio de la cinematografía gala, a dotarla de una vitola de calidad. En esa senda de fructífero maridaje entre cine y literatura se inserta esta homónima adaptación de uno de los títulos más famosos del más prolífico escritor decimonónico francés: Honoré de Balzac, prototipo de escritor nacional por excelencia y primera pluma profesional, escritor capaz de vivir a costa de la venta de su trabajo, como Dickens o Galdós.

En Las ilusiones perdidas Balzac proyectó sus anhelos como artista, amén de utilizar su propia experiencia personal como material literario, antes de la tan cacareada y cansina autoficción. El director y guionista Xavier Giannoli echa toda la carne en el asador para pergeñar una lujosa, apabullante puesta en escena de las palabras balzaquianas, mediante una suntuosa escenografía que envuelve y aterciopela los anhelos de ese trasunto del autor de la novela que es el personaje de Lucien Chardon o de Rubempré, encarnado por un andrógino y efébico Benjamin Voisin, en tributo al nuevo ideal de masculinidad en los tiempos de la cancelación del héroe viril.

Giannoli apuesta por la grandilocuencia y el barroquismo de El gatopardo viscontiano, o el rococó de Las amistades peligrosas a lo Stephen Frears, o la magnificencia de La edad de la inocencia de Scorsese. No se alcanza el vuelo elegíaco de Ophüls.

La radiografía histórica alcanza y cuida y mima los más mínimos detalles, desde la elegancia del vestuario y la indumentaria, hasta la recreación pictórica de los amplios salones, de su mobiliario; de los palcos de la ópera hasta los teatros más populares y vodevilescos; desde los jardines parisinos, hasta sus cenagosas calles; el tráfago de sus calles y de sus habitantes, de sus carruajes; las redacciones abarrotadas y frenéticas de los periódicos, los prostíbulos y sus bacanales…, en un retrato omnímodo de lo que fue el París histórico de la Restauración borbónica, después de la tumultuosa y sangrienta convulsión revolucionaria, tras la derrota del primer imperio napoleónico.

Toda una clase magistral de historia discurre delante de nuestros ojos, pues aquella época guarda una nítida concomitancia con nuestro más actual presente, pues en aquellas páginas periodísticas ya aparecían reflejadas las virtudes (escasas) y los vicios (múltiples) de la contemporaneidad, de la estructura social que ha conformado y sigue conformando la Francia —Europa, por extensión— actual.

las-ilusiones-perdidas-2

La entronización del dinero como motor de la historia y su adaptación hipócrita y su farisea legitimación por parte de una aristocracia en decadencia y de una burguesía pujante, proteica, con un apetito voraz e insaciable por ocupar el poder y ser reconocida y prestigiada. No en vano el joven Marx estará ya bosquejando los apuntes para sus Manuscritos de 1844, de París, en donde el análisis del dinero y su imbatible poder serán causa de la formulación de la categoría de la alienación. No en vano Engels alabará las novelas de Balzac como ejemplo de novela revolucionaria, moderna, dando pie a la teoría del reflejo marxista.

No en vano Lukács formulará el concepto teórico de novela a partir de la praxis balzaquiana, pues las ilusiones perdidas son aquellas propias del ideal no ya romántico, sino anteburgués; las ilusiones propias de un mundo y unos valores épicos que el materialismo industrial y filosófico, el cientificismo, arrumbará, pues al prosaísmo y utilitarismo del dinero, del becerro de oro, le corresponde como forma artística que mejor lo refleja la prosa de la novela, de esa novela moderna que Balzac está fabricando con un ritmo estajanovista a base de decenas de tazas de café diarias y a base de dilapidar sus ganancias en una inversión manirrota que no se preocupa por el fiel de la balanza y el equilibrio de sus rentas.

El nacimiento del artista moderno está en las páginas y en la pluma de Balzac. Su trasunto literario de Lucien Chardon (el apellido plebeyo de su padre) persigue con denodado esfuerzo revivir el nobiliario y materno Rubempré.

Todo el argumento se focaliza en el ascenso paulatino del personaje y en su brutal caída, en su lucha por encontrar un lugar en la capital de la incipiente modernidad que es París, en un recorrido de ida y vuelta desde la rural Angulema (el paraíso perdido, el edén, la pureza y la inocencia, el contacto directo con la naturaleza, los versos sinceros y sentidos de su libro Las margaritas; su romance con la bella y madura aristócrata Louise, infelizmente casada con un anciano y rico marido…, a saber, todos los lugares comunes de la literatura romántica), pasando por la bulliciosa y esplendorosa y sórdida París (epicentro de la belleza superflua y aparente, del oropel, de la elegancia sublime y de la corrupción supina; de los más refinados placeres y los más delicados detalles, propios de la hipertrofia realista que está (des)escribiendo un mundo; de las intrigas políticas, de los espectáculos reglados: teatro, ópera y del espectáculo de la exhibición social, el más cruel, despiadado y deseado, la exhibición del poder y su disfrute, la vanidad…, la cima del éxito y el reconocimiento para cuyo logro deberá rubricar un pacto fáustico que terminará por deglutirlo).

las-ilusiones-perdidas-6

Las miradas insinuantes discurren en paralelo con los pequeños gestos, con una representación social de extrema codificación del buen gusto y de la elegancia y del poder, en donde un ademán inadecuado o una palabra indiscreta denuncia el pelo de la dehesa originario y abre el camino a la ruina y la exclusión social.

El director se regodea y se emborracha por mostrarnos todos los rincones de ese exuberante París, de sus cortesanas, sus bacanales, el humo embriagador del opio, el brillo del champán, los tapices y los gobelinos, los doseles de las camas, los carruajes, las esbeltas levitas, los glamurosos vestidos, los guantes y los bastones…, en fin, un inventario inagotable de bibelots, de objetos inútiles propios de una sociedad ebria de mercancías, de fetichismo.

La representación es el poder, la imagen social es el premio, el galardón. Esos espejos que nos recuerdan lo fatuo y falso y aparente de ese teatro social están dispersos aquí y allá. Baudelaire dará buena cuenta de este microcosmos de la modernidad parisina en sus poemas y Mallarmé exprimirá y certificará su último hálito cuando escriba aquello de que «la carne es triste, ¡ay!, y yo ya he leído todos los libros».

Todavía ese parnasianismo se revitalizará con el decadentismo finisecular, con el simbolismo y el modernismo. Esos duelos de palabras entre aspirantes a artistas reconocidos, esa esgrima verbal en que el talento se dilapida en aras de un ingenio acerado, de una logomaquia venial, se nos muestran en las redacciones periodísticas y en los incipientes gabinetes editoriales, en los que Lucien acabará de pulir su estilo, sobornado y vendido al mejor postor, en una sociedad escindida entre monárquicos y liberales y en la que el periodismo no informa de la verdad, sino que construye la verdad a base de bulos, de calumnias, de falsedades, de las primigenias fakenews, aquello que Valle Inclán tildará años después de  prensa canalla.

las-ilusiones-perdidas-3

El rencor que Lucien atesora por el desprecio al que lo ha sometido la aristocracia parisina y su amada Louise, rehén de su propia clase y de su poderosa prima la marquesa de Espard, auténtica villana y verdadera dueña de los resortes del poder con que maneja  los hilos de sus sumisas marionetas, una especie de pavo real fatuo que despliega su exuberante y majestuosa cola cual tela de araña mortífera y resplandeciente; el rencor del joven protagonista se ha mitigado por su paulatino triunfo periodístico, gracias a la ayuda del joven redactor y editor Lousteau, tan amigo protector como autor de la caída de Lucien cuando este aspire a recuperar cierta dignidad como artista y persona a costa de endeudarse y depauperarse, ergo  nuevo repudio social, por haber juntado su vida a la actriz Coralie, una joven y vulgar —pero sincera y generosa— cortesana mantenida por un burgués gentilhombre, que compartirá el camino redentor vía arte (aspira de representar papeles vodevilescos y rossinianos a ser efigie de las palabras de Racine) con su enamorado, a la vez que propiciará y facilitará la caída de ambos mediante el escarnio público y notorio.

Enferma de tisis, morirá y será enterrada en una fosa común por carencia de liquidez, aspecto melodramático y folletinesco que asoma en la novela de Balzac y se transfiere también en las imágenes, con un claro efecto divulgador y denunciante. Mientras, Lucien ha recuperado brevemente el amor y el cuerpo y el deseo sexual («más fuerte, más fuerte», reclama Louise a un ardiente y entregado Lucien) de su escurridiza y esquiva amante nobiliaria.

Finalizado el acoplamiento, Lucien recibe una generosa gratificación de su amada por los servicios prestados, en una escena que haría las delicias de Almodóvar: un decepcionado y herido Lucien, al que se le han retribuido generosamente los servicios carnales prestados, sostiene el billete del pago sobre su flácido pene no circunciso, en un primer plano que el director nos muestra enfáticamente.

Agotados sus recursos crematísticos, vituperado y escarnecido por su arrebato de orgullo y pundonor que le ha inclinado a enfrentarse a la mano que le da de comer, Lucien retoma el camino de regreso a Angulema, a la provincia, al exilio rural. París lo ha devorado.

las-ilusiones-perdidas-7

Su único amigo ha sido el joven escritor Nathan d’Anastasio, al principio un rival en su lucha por alcanzar el éxito literario, posteriormente el único que comprende y admira (y tal y como traslucen sus miradas, algo más) las cualidades literarias de Lucien y que le servirá de mentor y guía en los palacios y las fiestas nobiliarias.

La voz en off que ha narrado la historia corresponde a este personaje testigo, una voz narradora omnipresente a lo largo del relato, instancia básica de la novela realista trasplantada a la focalización del protagonista Lucien, cuyo cuerpo desnudo, despojado de todo atributo superfluo y material, enfila las aguas frías del lago natal; cuyo rostro trasfigurado por el dolor y la derrota, estragado por la consunción padecida (el aceite-maquillaje con el que se adornaba se le desdibuja y ensucia el rostro), cierra con un primer plano y un fundido en negro esta novela de formación, de la educación en cómo se las gasta el mundo moderno y nuevo que está surgiendo sobre las brasas de la revolución.

Una narración esmerada, depurada, estilizada hasta la extenuación; una clase de literatura explicada con imágenes y muchas palabras; una ilustración de la prosa balzaquiana a la que se le ha insuflado nervio, brío, con una música de acompañamiento que subraya el vértigo de los tiempos, el frenesí del personaje, con los sones barrocos y vigorosos de Bach y de Vivaldi, atemperados en los momentos de intimidad y remanso con los acordes de Schubert, Lizst o Chopin.

Un ejercicio propio de una industria que sigue apelando a su tradición y a su quintaesencia más autóctona, literaria, para remarcar la actualidad, si no los orígenes, de aquello que es, que somos todavía hoy en día.

Escribe Juan Ramón Gabriel | Fotos A Contracorriente films

  

las-ilusiones-perdidas-4