Yo nunca lloro (3)

  20 Enero 2022

Contra la pornografía sentimental

yo-nunca-lloro-0Yo nunca lloro, la segunda película del director polaco Piotr Domalewski, contiene varias películas en su interior, y todas ellas forman un conjunto perfectamente ensamblado.

En primer lugar, asistimos a la descripción de un personaje, la joven Ola, a punto de cumplir los dieciocho años y cuya aspiración más acuciante es obtener el carnet de conducir, con escaso éxito hasta el momento.

Es la columna vertebral a la que se irán engarzando las ramas del relato, y resulta ser una descripción magnífica.

La cámara acompaña de cerca, en todo momento, a la joven, interpretada por una magnífica Zofia Stafiej. Estamos ante el momento de la rebeldía propio de la adolescencia, más acentuado en ella de lo que la mera edad exige. Los fracasos a la hora de obtener el permiso para conducir no son más que el epifenómeno de una vida desnortada, un camino que no conduce a ningún sitio. El que sea ese su anhelo, cuando ni puede mantener el automóvil que su padre prometió comprarle, ni lo necesita para nada en su situación, habla de su voluntad de huida, de romper con la situación en la que vive.

Su mal carácter queda ya a las claras desde el primer momento, con el tono insultante hacia la policía con el que su móvil suena, recalcado en su reacción frente al conductor que ha provocado el accidente y le impide, de nuevo, aprobar el examen. Todo ello resulta coherente con una actitud de enfado que apenas abandona en todo el filme, y que tiene en su madre la depositaria de sus iras.

Ola avanza sin tregua, con la mirada perdida muchas veces, con rabia no siempre contenida, y con las pequeñas transgresiones (el alcohol, el tabaco) que le permiten autoafirmarse mínimamente. Rabia y también ingenuidad, como la que demuestra en su intento de chantajear sexualmente a su compatriota, o en el asalto nocturno a la fábrica. Odio a un mundo que se le opone y la desborda.

Tan sólo su hermano, enfermo de parálisis cerebral, es capaz de suscitarle un gesto de ternura, algo que no merece siquiera una pareja con la que practica una forma de sexo cibernético, y frente a quien parece tan desorientada como frente al resto de su vida.

En un momento dado debe trasladarse a Irlanda donde su padre trabajaba y ha sufrido un accidente mortal. A regañadientes, obligada por el hecho de que sólo ella tiene los conocimientos de inglés necesarios para hacerlo, será la encargada de repatriar el cuerpo de su progenitor.

Y en ese momento se dota de identidad, poco a poco, a quien hasta entonces no era sino la promesa del coche que ambiciona.

El desconocimiento del padre se hace patente en varios detalles. Por encima de todos en su incapacidad para reconocer el cuerpo, por mucho que estuviera deformado por el accidente. Tampoco puede informar de ninguna marca que tuviese, y hasta sus pertenencias le resultan ajenas. Otros detalles incidirán en este hecho, como la ignorancia de su segundo nombre (no es necesario el recordatorio del empleado de la oficina de colocación para hacérnoslo evidente) o la necesidad de mirar su carnet para encontrar su fecha de nacimiento, y con ella la clave de su tarjeta de crédito.

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Poco a poco ese desconocimiento se va convirtiendo en curiosidad, y el ser anónimo se transforma en una persona. El impulso para que ese proceso tenga lugar proviene del desequilibrio que existe entre ellos. Para su padre Ola es importante, y así lo constata la joven al descubrir las revistas de automóviles que tenía, y de las que obtenía la información para cumplir la promesa hecha a su hija. Al comprobarlo se siente reconocida en él, y la búsqueda del dinero con el que cumplir la tarea que le ha llevado hasta Irlanda deja espacio a la indagación sobre quién fue ese extraño. El descubrimiento final de su amante y del dinero dejado para ella culmina ese tránsito hacia su padre y hacia sí misma, con el estilo de la road-movie, en este caso anclada en las calles de una ciudad.

Y al fondo de todo, dos aspectos que se entrecruzan y complementan, la Unión Europea y la emigración. Sobre esto último poca novedad aporta la película. La miseria en la que viven los inmigrantes está declarada una vez más. Miseria económica, pero también moral, como testimonian los episodios de abusos que la mujer rumana ha de soportar para mantener su empleo. Condiciones, por otra parte, que no son peores que las que tienen quienes viven en su país de origen, y ahí está la familia de Ola, su vivienda siempre desordenada, angosta, que carece incluso de un ascensor para subir a su hermano en silla de ruedas, y situada en los suburbios, para dejar constancia.

Este tránsito, esta continuidad, es utilizada por el director para reflexionar sobre lo que representa la Unión Europea. Lejos de describir dos mundos contrapuestos, o un carácter prepotente respecto a los más pobres, a los miembros de segunda clase, lo que está insinuado es la unidad entre ambas partes. Es cierto que la percepción que los polacos tienen de ella es la de algo ajeno, lejano, a la que hay que adaptarse incluso cambiando la lengua con la que se habla a los hijos, y que se dedica a cosas tan intrascendentes como sus prohibiciones sobre el tabaco.

Pero esa distancia es más imaginada que real. El viaje de Ola así lo muestra, ya que la película suprime de manera deliberada toda barrera entre Polonia e Irlanda. Ni siquiera vemos a la joven subir al avión, de tal forma que cuesta entender que ya no está en su país, tanto por el paisaje, las condiciones climáticas con las que se encuentra (y la fotografía y el tono utilizados para rodarlos) como por el hecho de que lo primero que se nos muestra es la agencia de colocación polaca, como si aún estuviera en Varsovia.

Las referencias sociales parecen casi el peaje a pagar para centrarse en la historia paterno-filial que constituye el nervio de la película. Ola no abandona su rebeldía, pero al final ha encontrado un cómplice, aunque sea su padre muerto. La conclusión del relato es modélica en cuanto a la ambigüedad que se ha acabado construyendo. Ella realiza su sueño de conducir frente a quienes le niegan esa posibilidad, y huye sin rumbo determinado, al tiempo que lleva a su padre con ella, quien le ha servido para reencontrarse. Llora, lo que nunca hará en público, pero también ríe, lo que tampoco le hemos visto hacer. Es la misma y es otra. Es un personaje real encarnado en una actriz en estado de gracia.

Escribe Marcial Moreno | Fotos Reverso Films

  

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