Pan de limón con semillas de amapola (4)

  05 Diciembre 2021

Emociones junto al Mediterráneo

pan-de-limon-0«Devolvedle a la flor su perfume…»

Rosalía de Castro.

Un miércoles lluvioso, frío, otoñal, con las calles mojadas, prácticamente vacías, fue la jornada que elegí para entrar en el cine Paz, al lado de la glorieta de Bilbao, en frente del Proyecciones. Dos cines tan próximos en Madrid suponen un milagro en los tiempos que corren. Vi el último largometraje de Benito Zambrano, titulado de forma poética Pan de limón con semillas de amapola. Una película muy hermosa pese a su irregularidad. Tarda media hora en adquirir el pulso narrativo. El arranque no engancha. Pero a partir del reencuentro entre las dos hermanas, Anna y Marina, y el misterio familiar que alberga la antigua panadería del municipio mallorquín, el filme transita por los senderos de la belleza y la emoción.

¡Qué fotografía tan lograda, con luz natural, capaz de recoger todo el cromatismo del Mediterráneo y de la vieja tahona!  Y en esos tonos cálidos, preciosos, quizá se exprese, de manera simbólica, la hermosura del mundo, a pesar del carácter efímero de la vida, de las inevitables despedidas. La belleza estilística también se manifiesta en el empleo magistral de los primeros planos y del zoom, tan adecuados para reforzar la dimensión intimista y memorística de la película, que a veces recuerda a la valiosa Tiempos de azúcar (2000), de Juan Luis Iborra.

Las dos actrices protagonistas, Elia Galera y Eva Martín, se muestran esplendorosas en muchos momentos de la obra de Zambrano.  Sus personajes, las dos hermanas, crecen en matices, en vida, como va creciendo en intensidad y hondura la creación audiovisual. Pienso que el largometraje se erige en un canto a la existencia terrenal e irradia una confianza en el porvenir, una fe en el futuro que se sobrepone a la tragedia de la historia. Afirmaciones de una película vitalista, que no excluye la melancolía y la tristeza: sí a la amistad, sí al amor, sí a la memoria, sí a la alegría.

Me encanta cómo se van acercando emocionalmente las dos hermanas, tan diferentes en personalidad y en su manera de vivir. Marina es una sanitaria que trabaja en el continente africano, tiene un novio que ha conocido en las labores humanitarias y hace años que se desvinculó del núcleo familiar. Anna, siempre apegada a sus orígenes en el pueblo de Mallorca, está casada con un hombre de negocios en decadencia y es madre de una hija adolescente con la que parece no hacer buenas migas.

Zambrano contrapone, quizá de forma algo simplista, dos concepciones del mundo: una basada en el trabajo y la solidaridad, y otra en la fortuna y en la prosperidad económica. En este sentido, el marido de Anna resulta demasiado esquemático, carente de profundidad.

A Anna y Marina las une la vida, como la vida las había separado años atrás. La panadería y sus secretos enlazarán a las dos hermanas. Y lo inesperado: el deseo de Marina de ser madre o la enfermedad de Anna fortalecerán una unión espiritual ya inquebrantable.

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Varias son las secuencias maravillosas de la película, prodigiosas en su naturalidad y sencillez fílmicas, pero si tengo que elegir algunas, elijo las rodadas en la playa, donde el mar es recuerdo y esperanza, lamento e ilusión. Y luego hay escenas donde el humor potencia ese vitalismo que recorre gran parte del largometraje: la petición de matrimonio de Marina a su novio, delante de todos los sanitarios, o cuando Anna y su hija deciden raparse el pelo.

Existen dos personajes secundarios pletóricos: Úrsula y Catalina. Les dan vida Marilú Marini y Claudia Faci. Esta última, en una sublime lección interpretativa, me recordó en muchos momentos del visionado a la enorme Lola Gaos. En sus diálogos, sus silencios, su fortaleza, su austeridad, Faci levanta un personaje gigantesco.

El filme se basa en la novela de Cristina Campos —intuyo la solidez del original narrativo por la cohesión y la fuerza de la película—, que también ha colaborado en el guion. Benito Zambrano confirma las magníficas sensaciones que nos había brindado con Intemperie (2019). Pan de limón con semillas de amapola vuelve a expresar la genial labor cinematográfica de aquel director que hace más de veinte años nos deslumbrase con Solas (1998).

«¿Cuál será la esperanza? Vivir aún…».

Francisco Brines.

Escribe Javier Herreros Martínez  

  

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