El poder del perro (4)

  26 Noviembre 2021

La deconstrucción y reinvención del western

el-poder-del-perro-0El poder del perro se puede considerar desde ya como una de las películas importantes de esta temporada. Y lo es por varios motivos. El primero, y seguramente sea el más decisivo, es que confirma que el western está viviendo desde hace años un proceso de transformación del propio género y que se está abriendo a nuevas formas narrativas. Podemos citar obras como Bone Tomahawk (2015), Comanchería (2016) o incluso Logan (2017), entre otras muchas, que demuestran que el western clásico del Hollywood dorado ha diversificado sus códigos internos.

En segundo lugar, si antes el propio género era terreno exclusivo de la mirada masculina, directoras como Kelly Reichardt, con la maravillosa First cow (2019), o la propia Jane Campion, con la cinta que hoy nos ocupa, se han introducido en el género con envidiables resultados. Ambas obras, amén de estar entre las mejores del año, dirimen una vuelta de tuerca a la sensibilidad de sus personajes o al devenir de las circunstancias.

También El poder del perro abre nuevos caminos inclusivos como ya hiciera Brokeback mountain (2005), pionera en su día en la exposición de su temática central.

Y la tercera buena noticia es que es la obra con la Jane Campion, una de las miradas más interesantes de los últimos 30 años, ha vuelto a la dirección cinematográfica desde que en 2009 estrenara la bellísima Bright star.

Con esta nueva propuesta, además, podríamos decir que la realizadora neozelandesa hace un ejercicio de repaso de su propia filmografía ofreciéndonos elementos que han colmado anteriormente su obra. Lo que no deja de ser tremendamente interesante para los seguidores de su filmografía a lo largo de los años.

También, como en toda su obra anterior, la concepción audiovisual del relato es crucial para el desarrollo de la historia que nos cuenta. Campion siempre ha contado con excepcionales compositores para sus cintas (no sólo Michael Nyman con El piano, sino también por ejemplo Wojciech Kilar con Retrato de una dama o Angelo Badalamenti en Holy smoke) y ésta no es menos porque la inclusión de Jonny Greenwood es decisiva para crear ese clima asfixiante de tensión ascendente.

Además, su excelsa fotografía y planificación, tanto de momentos paisajísticos como de primerísimos primeros planos, son cimiento básico para la transmisión de todo el potencial tanto metafórico como melodramático. Porque sí, Campion opta por la imperceptibilidad y nos habla a través de sus imágenes. Simplemente rehúye hacer explícitas muchas de las cuestiones narrativas a través del relato para dejar a juicio de los ojos de quien lo observa la realidad del asunto.

Mordiscos del animal oculto

El poder del perro supone la traslación en imágenes de una novela de Thomas Savage de, atención, 1967, dato importantísimo para entender que en su momento fuera una lectura reconocida, aunque obviada e incluso molesta por y para el gran público. En la historia, encontramos dos hermanos contrapuestos en lo mental y en lo físico, Phil y George Burbank, propietarios de uno de los ranchos más prósperos de Montana en 1925.

Mientras que el primero ejerce una presencia de vaquero rudo, inmune a la vida e incluso despreciable con el mundo; el segundo se descubre como un hombre afable, cariñoso y conciliador. Será este último quien se case con Rose, una viuda que regenta una modesta taberna que acaba conviviendo en la casa familiar de los Burbank. Phil no parece aceptar el enlace e iniciará una campaña para destruirla, aunque todo parecerá empeorar cuando venga a la casa el hijo adolescente y amanerado de Rose, Peter.

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Campion toma estos cuatro personajes, que configuran un excelente cuarteto actoral, para realizar un estudio exhaustivo de caracteres y aunar en su narrativa algunos elementos sorprendentes. El poder del perro es un western psicosexual, si es que eso existe, pero también es una cinta de suspense de ecos hitchcockianos, una tragedia clásica teatral de aroma shakesperiano y un drama de época, atmosférico y contemplativo, basado en el empirismo y la observación naturalista. También la podemos interpretar como un ejercicio nostálgico del western clásico, pero con una actualización de códigos que hoy más que nunca resulta de una actualidad aplastante.

Quizás una de las claves fundamentales de la obra sea que empiece su primer episodio (su narrativa está segmentada en capítulos) con la apariencia de un western épico, para detenerse a al autoanálisis del género, así como del propio cine. Todo ello para ir pausadamente desenmarañando un melodrama inquietante que fluye por otros derroteros y que suponen una revulsión de las convenciones tradicionales.

En el goteo de secuencias e imágenes plagadas de información, Campion nos descubre un inventario de masculinidades opuestas que interrogan la validez de los estereotipos. También erige una silenciosa reflexión sobre los roles de género y sobre la invisibilidad de los sentimientos. Ya hemos dicho que aquí la simbología es la que en muchas ocasiones nos da información que se encuentra intangible.

Pero todo ello lo hace sin dejarnos ver hacia donde nos lleva lo que estamos viendo, a menos que el espectador conozca la novela y su desenlace. Porque la progresión es un constante devenir de situaciones, ademanes, miradas, silencios, símbolos y en última instancia, diálogos y hechos que van progresivamente desvelando las realidades de cada uno de estos personajes.

Como esa imagen en la montaña que solo unos pocos pueden ver, lo oculto de cada alma es lo que finalmente revelará la brutalidad de lo que verdaderamente se está contando.

Escribe Ferran Ramírez

Más información sobre Jane Campion y el nuevo western:
El piano  
Bright star  
First cow 

  

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