Un segundo (2)

  09 Noviembre 2021

… demasiado largo

un-segundo-0El anuncio de una película que rememora los orígenes del cine, o esa época de los exhibidores itinerantes que iban de pueblo en pueblo anunciando la buena nueva, con cintas gastadas y mil veces remendadas por su uso llevado al límite, es siempre una convocatoria a la nostalgia. Nos adentramos en un territorio mítico gobernado por la fascinación, por el milagro de una sábana en blanco que se convierte en un mundo, en mil mundos. Una vez que un tren que se dirige al patio de butacas ha dejado de ser una amenaza, el prodigio del cine es una ventana hacia la felicidad, por efímera que sea.

Una película con semejante planteamiento es una apuesta segura: el partido se juega en casa. ¿Qué cartas jugaba, si no, Cinema Paradiso?

Zhang Yimou nos traslada en su última obra a la China profunda de finales de los sesenta, en plena revolución cultural, ese modo de reeducación que el régimen comunista impuso. El cine ya tenía tras de sí una larga historia; Hollywood ya era un referente, pero para muchos, los aludidos en este filme, seguía teniendo un carácter inaugural.

El director chino, que registra cierta vuelta a sus orígenes tras las veleidades históricas, heroicas incluso, que había ofrecido en sus últimos trabajos, respeta las claves que se esperan de su apuesta, pero sin cargar las tintas en el ensimismamiento.

El cine redentor aflora en el entusiasmo de los espectadores, en las sombras que se aprestan a proyectar sobre la sábana en blanco, obrando el milagro seminal de este nuevo arte, y sobre todo en el contraste entre ese momento de epojé y el entorno desértico que abre y cierra el relato. El cine como oasis fugaz que reconforta.

Sin embargo, el milagro cinematográfico no es visto aquí como algo mágico que se agote en sí mismo. El deslumbramiento ante las imágenes no deja de ser un ruido de fondo, como un peaje que había que pagar, satisfecho el cual aparece una visión menos idealizada. Porque al fin y al cabo los intentos de apropiarse de la película por parte de los protagonistas obedecen a intereses muy particulares que poco tienen que ver con la emoción artística.

A la joven Liu ni siquiera le interesa el mundo de luces y sombras que la cinta atesora. Para ella es un objeto que le va a resolver un problema personal, y no duda en sacrificar las emociones ajenas, para ella desconocidas, en favor de sus necesidades. Por su parte el convicto fugado utiliza el séptimo arte como medio de comunicación, la única manera que tiene de ver a su hija, y nada le importa más allá de ese segundo en el que su rostro aparece en pantalla y que, debido a las buenas artes del proyeccionista, puede contemplar durante horas.

No se logra transmitir, si es que esa fuera la intención, una revelación, una caída del caballo… La película de Yimou, en última instancia, en lugar de abandonarse a la magia del cine la coloca entre paréntesis, la relativiza.

Por otra parte, el director lleva a la práctica aquello mismo que está rodando. La vieja paradoja del metalenguaje. Y, aquí sí, descubrimos el amor a su oficio, pues la anécdota que le sirve de guía es el hilo conductor que le permite recrear lo que este modo de expresión ha ido diseminando a lo largo de su historia. Dentro de la película nos topamos con muchas películas, retales al menos, referencias cómplices a los momentos que nos hicieron gozar, a los géneros sobre los que se construyeron.

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Nos encontramos con escenas de cine mudo (El chico y Chaplin resuenan como telón de fondo), en las persecuciones de los dos protagonistas, con un inicio que remite al cine de misterio, cuando no sabemos la razón del interés de uno y otra por la lata que contiene la cinta, con la comedia y con la mentira, la que constituye el cine, la que constantemente está inventando, y su poder de convicción, como ocurre en la conversación mantenida en el camión, con el cine de gánsteres y mafias, aplicadas aquí a la joven Liu por parte de sus acreedores, con el cine de terror, en la mirada espantada de su indefenso hermano, y, por supuesto, con el melodrama, dosificado con generosidad en la última parte de la película.

Todo ello son brochazos, guiños, autorreferencias que no logran encubrir lo exiguo de la trama. El impulso se agota pronto, y las peripecias de los protagonistas se convierten en un deambular repetitivo que se va alargando, sin un propósito que vaya más allá de la propia duración, adornándolo con cada vez más sentimentalismo.

La bondad acaba quedando patente, como no podía ser de otra forma, y la amistad triunfará por encima de las refriegas iniciales, como ya sospechábamos. El final, el reconocimiento de una hija que sustituye a la perdida, es una claudicación más ante lo convencional.

Qué lástima que Yimou no se haya atrevido a dar el paso que hubiera devuelto al cine toda su potencia. Bastaba con que el fotograma perdido hubiera aparecido entre la arena del desierto después de los años transcurridos, algo imposible en la realidad pero que la magia del cine puede materializar, porque el cine todo lo puede. Lejos de limitarse a representar el mundo, es capaz de construirlo, de dotar de realidad a lo que imaginamos, a lo que deseamos. Ahí radica la fascinación que puede provocar y que en esta película es mucho más una promesa que una misión cumplida.

Escribe Marcial Moreno  

  

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