El espía inglés (2)

  07 Noviembre 2021

Espías sin épica

el-espia-ingles-0Dominic Cooke afronta su segunda película, tras la adaptación de En la isla de Chesil (2017), inspirada en la novela de Ian McEwan, una intimista y morosa narración sobre las discordancias de una pareja en su viaje de novios.

Si entonces la dificultad residió en crear la inquietante atmósfera que precede al fracaso sentimental de una relación apenas iniciada, ahora el reto radica en encontrar el modo de contar una historia de espías sin caer en los tópicos de un género de larga tradición en la literatura y el cine.

The Courier, que se podría traducir como «el mensajero», es el resultado de la investigación del guionista Tom O’Connor (El guardaespaldas y secuela) sobre la conocida como crisis de los misiles en plena Guerra fría. Tras leer la autobiografía de Greville Wyne (El hombre de Moscú, 1967) donde el protagonista de los hechos cuenta su historia, el proyecto arrancó de la mano de la productora 42.

Durante la década de los 60, las tensiones entre la Unión Soviética y EEUU se acrecentaron con la amenaza de una deflagración nuclear que pondría en peligro al mundo. Cuando, en octubre de 1962, Kennedy recibió e hizo públicas fotos tomadas desde aviones U-2 que confirmaban la instalación de misiles rusos en Cuba, saltaron todas las alarmas en la URSS de Khrushchev. La enorme maquinaria de la KGB se activó al máximo de su capacidad para localizar y neutralizar el origen o fuente de la filtración. Daba comienzo la caza del espía. 

La película reproduce los hechos reales iniciados con la captación, por el MI6 y la CIA, de Greville Wyne, viajante y vendedor de componentes electrónicos en la Europa del Este, para actuar como contacto con el coronel Oleg Penkovsky, un informador ruso contrario a la política de escalada y amenaza nuclear de su país.

La elección de un actor tan solvente como Benedict Cumberbatch para encarnar al espía inglés es, sin duda, un acierto para garantizar la difusión y rentabilidad del filme. Su interpretación de sencillo y simpático hombre de negocios, que va de un país a otro intercambiando productos y sonrisas, resulta creíble y adecuada al tono narrativo por el que ha optado el director, sin dramatismo ni sorpresas.

La mirada distante y fría de Dominic Cooke se proyecta sobre la historia convirtiéndola en un relato bien narrado, correcto y sobrio, que excluye las extravagancias e imposturas del actor en anteriores roles como Sherlock o idóneos protagonistas como Alan Turing.

Greville Wyne es el reverso del fiscal militar estadounidense de la reciente The Mauritanian (Kevin McDonald, 2021) donde se juzgó el caso Slahi y los abusos de la política americana en Guantánamo. Aquí no hay emociones fuertes ni ritmo trepidante, sino corrección y equilibrio en una narración pausada y objetiva cuya calidad formal se debe al impecable trabajo de su fotógrafo habitual, Sean Bobbitt.

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Una esmerada versión de los hechos que se limita a eso mismo, a mostrar los viajeros movimientos del comercial convertido en espía mediante un desarrollo argumental que se queda en la superficie, sin penetrar a fondo en el interior del personaje, en sus contradicciones y conflictos.

Tenemos la sensación de que la película es apenas un esbozo de lo que podría haber sido. Al elegir la perspectiva más humana y menos política, esperábamos más de una película cuya trama, principal y única, es la génesis y evolución del espionaje con un carácter fundamentalmente descriptivo. No hay tramas secundarias, pues las costumbristas y familiares escenas apenas tienen relevancia.

El pretendido punto de vista humano no se acerca ni de lejos a los divertidos y surreales manejos del vendedor de aspiradoras de Nuestro hombre en la Habana (Carol Reed, 1959), si no es porque ambos personajes representan a hombres de negocios anónimos y grises, aunque con motivaciones morales muy distintas. El sacrificio por la patria y la preocupación por el destino del mundo hacen de Wyne un hombre tan honesto y leal como ingenuo, en contraste con el pragmatismo monetario del James Wormold, interpretado por Alec Guinnes).

Más matices, aunque no tantos como los que captura la cámara, despliega el personaje de Oleg Penkovsky, el alto mando del gobierno ruso que instruye y lleva de la mano al confidente neófito en sus primeros pasos por el incierto camino de la peligrosa representación. Quizá ello se deba al magnetismo, mezcla de misterio y bondad, del rostro del georgiano Merab Ninidze, el veterano y competente actor que se ha paseado por Netflix y Amazon en series como Freud y McMafia, pero más conocido en el cine por En algún lugar de África (Caroline Link, 2001).

Su interpretación del personaje de Penkovsky le valió un premio BIFA al mejor actor en el festival de Sundance, donde la película se preestrenó en 2020. El personaje encarna el lado más amable del régimen soviético, un hombre que rechaza la dictadura y persigue la libertad y el bienestar de Occidente. Un hombre que, como su amigo, está dispuesto al sacrificio en bien de la humanidad.

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Al flamante reparto se suman, quizá para equilibrar el conjunto, dos personajes femeninos: la impaciente esposa de Wyne, encarnada por Jessie Buckley, y el de la agente de la CIA, Rachel Brosnahan, que interpreta Emily Donovan. La primera queda diluida en la vida familiar de Wyne, y la segunda funciona como vértice necesario para activar el dúo masculino, y completa, cerrándolo, el triángulo narrativo.

Ni el elenco ni la calidad formal ni la mesura narrativa ni la banda sonora de Abel Korzeniwoski mitigan el resultado final, un relato átono con un ritmo irregular que sólo se activa en la segunda parte, cuando la historia eleva su tensión narrativa mediante los conocidos trucos del thriller para infundir emoción a las últimas secuencias de persecución, tortura y desenlace.

Como espectadora, salgo de la sala con una sensación de deseo no consumado y medios desperdiciados, frustrada por haber visto una película cuyo director no se arriesga a bajar a las profundidades del ser humano, quedándose en la superficie de un territorio de confort que ni inquieta ni conmueve, el espacio de la emoción (ausente o contenida) que nunca rebasa el nivel de lo convencional.

Tras la estructura que soporta la historia emerge el aspecto humano en forma de fábula moral, sintetizada en las palabras de Oleg Penkovsky cuando su colega y leal amigo pone en duda la eficacia y utilidad de la misión que se traen entre manos: «Así se cambian las cosas». Esta es la parte aparentemente esperanzada y optimista de una propuesta que convierte al hombre en mártir de una causa supuestamente superior: la razón de Estado.

Y, para concluir, me pregunto si la amistad entre enemigos, tema medular del relato, neutraliza el pragmático cinismo de los políticos que convierten a los hombres en marionetas para conseguir sus fines.

Escribe Gloria Benito

  

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