Pleasure (2)

  19 Octubre 2021

El negocio del placer

pleasure-0Detrás de tan sugestivo título, el filme de la directora y guionista Ninja Thyberg se erige como una enmienda a la totalidad a un segmento oblicuo de la industria cinematográfica: el cine pornográfico.

Si Max Ophüls rodó en 1952 un título casi homónimo (El placer), partiendo de los cuentos eróticos de Maupassant, ejemplo de sofisticación y elegancia, ahora se trata de adentrarse en los intrincados vericuetos de la fábrica de esos otros sueños, más húmedos y recónditos, que han acompañado a la especie humana desde sus más ancestrales representaciones artísticas (Aristófanes, la cámara secreta de Pompeya…) y cuyos productos han discurrido en paralelo y ocultados a la exhibición pública por la censura moral durante siglos, hasta la eclosión asociada a la liberación sexual de los años sesenta del siglo pasado.

Suecia fue un país pionero en dicho subgénero cinematográfico y sueca es la joven protagonista del Placer. Su arribada a la aduana norteamericana marca el inicio de un periplo marcado por el motivo de su visita: ante la disyuntiva que se le ofrece (¿negocios? ¿placer?), muestra que su viaje responde a placer. Desde ese mismo instante, la directora le hará un férreo seguimiento en el que se esmerará por invalidar la disyuntiva y mostrarnos con profusión y ahínco el negocio del placer, todo el entramado productivo alrededor del mismo.

Así pues, este viaje iniciático responde al afán de la protagonista (Bella Cherry) por convertirse en una estrella porno, para lo cual ha abandonado su patria, ya que allí parece ser que no encontraba el camino adecuado para cumplir sus deseos. El guion renuncia a explicitar las causas por las que una joven adolescente de diecinueve años decide proyectar su carrera artística en el mundo del porno. No habrá posible excusa psicológica, trauma oculto o tara constitutiva que justifique tal decisión. Simplemente la ambición de alcanzar el estrellato pornográfico.

El guion se construirá como una historia de aprendizaje, como un curso educativo, un Bildungsroman, desde la nada hasta la cumbre, con todas las etapas intermedias de euforia, fracaso, caída y levantamiento.

En este sentido, el mundo del cine es el argumento principal, ese cine dentro del cine tan caro a directores como Minnelli (Cautivos del mal, 1953, o Dos semanas en otra ciudad, 1962); o el arduo ascenso de una actriz a costa de otra, como Eva al desnudo (1950), de Mankiewicz. Sin embargo, los antecedentes más inmediatos serían las aproximaciones realizadas por David Lynch (Mulholland Drive, 2001) o incluso el Verhoeven de la controvertida Showgirls (1995).

Ciñéndonos a la maquinaria industrial del sexo, figurarían las Boogie Nights (1997), de Paul Thomas Anderson, o Lovelace: Garganta profunda (2013), en donde la virginal Amanda Seyfried interpretaba a la famosa y desdichada actriz Linda Lovelace. Precisamente, Bella Cherry destaca por su apariencia angelical, aniñada, inocente, propicia para el estupro ficticio y cinematográfico.

La denuncia de dicho estupro industrial es el fin último de la directora. Lo novedoso de su empeño (obsesión inquisitorial y moral aparte) es el tono pseudocumental que adopta, la perspectiva aparentemente entomológica, distante y escrutadora, desde la que radiografía el microcosmos de la pornografía. El retrato sólo puede ser sórdido y lóbrego, turbio cuando no desasosegante e incluso áspero, repugnante, pues el escrutinio se centra en un detallismo exacerbado que provoque la náusea —sobre todo moral— en el espectador masculino, por supuesto, a quien va dirigida esta filípica anti explotación sexual.

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No hay donde refugiarse ante los acerbos planos del filme: los protocolos instaurados en este mundo referentes a cuáles son los límites dispuestos a traspasar y la aquiescencia explícita de la actriz para ser no ya humillada, sino vejada a través de una aberración sexual tras otra, estos protocolos son inversamente proporcionales al nivel de sevicias infligidas.

Mayor miramiento (¿Te duele? ¿Te hace daño? Cuando tú digas, paramos. Avisa cuando no quieras seguir…), más cortesía verbal es imposible (ay, esa ley del sólo sí es sí) y cuanto mayor es dicha cortesía, mayor la vejación, más profunda e hiriente: una agresión consentida y coreada, filmada, sigue siendo agresión, nos viene a subrayar la directora calvinista y escandinava.

Las cuentas del rosario de la depravación sexual en que incurre Bella persiguen su objetivo incansablemente, traspasando una a una todas las barreras, todas las fronteras físicas. En el top, destacan las relaciones interraciales como el súmmum, prueba fehaciente de que el racismo anida en todos los recovecos de la sociedad norteamericana. Bella alcanzará la cima perseguida gracias a un trío con dos hombres negros vía una penetración anal doble (sólo escribirlo duele). Pese a las dificultades que se le plantean, consigue culminar eficazmente la tarea, gracias a la ayuda de un compañero de color que es el único personaje masculino que no sale malparado en toda la odisea sexual.

Previamente, la cámara se ha regodeado en algunas secuencias extremas, para incidir en el empeño artístico de Bella. Una escena en la que literalmente amordazada y suspendida en el vacío, mientras es reiteradamente vejada y penetrada, es un aperitivo para la secuencia culminante de lo ominoso: otro trío en el que después de ser maltratada (abofeteada, escupida, golpeada, tirones de pelo) es violada, eso sí, con su consentimiento, puesto que detener y suspender la grabación a medias comporta no cobrar, desperdiciar todo el trabajo-esfuerzo invertido.

Tras esta sublime humillación, Bella rompe con su agente y emprende su vuelo en solitario. Su empuje empresarial la conducirá al éxito. Contactará con el máximo ejecutivo del cine porno y logrará ser admitida en la Champions, en la élite de dicho club, cuya principal característica es la profesionalidad, sofisticación y la no existencia de límites. En su ambicioso ascenso, la sumisa Bella perderá parte de su inocencia, aquella que ha conseguido mantener intacta en mitad de un océano de depravación por el que ha estado chapoteando y por el cual ahora consigue navegar marcando su propio rumbo.

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El guion ha ido alternando las escenas de los rodajes de las películas pornográficas con los tiempos muertos, con la vida cotidiana de una adolescente sueca en la meca del cine. Bella comparte alojamiento con cuatro compañeras, con las que irá intimando y fraguando una amistad hasta que ésta se rompe por culminar su ambición. He aquí el precio que deberá pagar: la soledad y el ostracismo del triunfador.

Se nos enseñan las ridículas y bizarras vestimentas, las fiestas a las que acuden (remedo de orgías en piscinas, alcohol a granel, drogas…), las imposibles plataformas-coturnos sobre las que actúan en un equilibrio inestable, frágil; comidas y cenas en las que se comparten pizzas, se fuma y se esnifa crack, se maquillan desaforadamente frente al espejo o aparecen con sus caras de casi niñas al natural, recién lavadas y sin ningún soporte artificial más que su juventud desorientada.

Escuchamos la jerga de la industria, ese argot codificado para expresar los diferentes números circenses sexuales. Contemplaremos sus desplazamientos en coche o limusinas sumidas en el mutismo, después de los rodajes o en sus fiestas y salidas particulares. Asistiremos a la convención del cine porno en Las Vegas, por supuesto, a todo el inframundo que se desenvuelve a su alrededor, al fenómeno de los fans, a las actuaciones improvisadas delante de ellos, a las poses fotográficas.

El periplo de Bella se vuelve un tanto caótico quizás debido a un guion superfluo, que aparece adolecer de esa inmediatez y espontaneidad propia de los rodajes pornográficos. El deambular de Bella por las calles angelinas, sin ningún tipo de glamour, perdida en una ciudad que se apresta a devorarla y convertirla en detritus, en un desecho al que le ha robado la juventud y la ilusión.

Esos planos del ventilador con aspas de su habitación (¿símbolo del vértigo, de un posible suicidio, del hastío?); ese perro que vela sus noches en blanco y que parece querer frotarse sobre ella; esa llamada de socorro a su madre en Suecia… son abandonados por el guion sin mayor problema. La música está omnipresente y sirve tanto para enfatizar y subrayar las imágenes como para rellenar significados. Una especie de rap continuo, algunas letras chapurreando el latín al modo de cantos gregorianos, dotan a algunas secuencias de un discurso más propio del videoclip que del neutro documental.

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En la secuencia en la que Bella consigue acceder a la casa del magnate del porno y ofrecerse como nueva pupila, se escucha y se ve en la televisión al presidente Trump, en una asociación de ideas carente de sutilidad y en una explícita ecuación de machos explotadores. Tal vez hubiese resultado más efectiva la recreación o mención del episodio sexual protagonizado por el presidente Clinton y la becaria Lewinsky en el Despacho Oval. Al menos, más explícitamente sexual. O las acusaciones vertidas sobre el carácter depredador del actual inquilino de la Casa Blanca. O esa cámara convertida en ojo-pene del espectador, un voyeur sin restricciones, mi hermano, hipócrita espectador.

En fin, más allá de los planos de algunos actores sujetando sus falos enhiestos (voluminosos), así como los esfuerzos por mantenerlos erectos (algunos naturales —frotación continua—, otros artificiales), el resto de secuencias renuncian a lo explícito y a los primeros planos propios del cine que quiere retratar y denunciar.

En este sentido, hay que destacar el esfuerzo de la actriz Sofia Kappel en el rol de Bella Cherry, cuya actuación sustenta casi todo el filme. Se podía decir aquello de que el actor es un fingidor, que finge tan completamente que hasta finge que es placer el placer que de verdad siente.

En una época tan obscena como la nuestra, en donde la impudicia emocional y física lo preside todo; en la que cualquier emoción o sentimiento o deseo se convierten en mercancía y en la que no hay límites para la exhibición, la pornografía parece haber traspasado sus fronteras naturales y haber invadido la realidad, en un universo de reificación y fetichismo desaforados, tan desaforados como el consumo de la pornografía durante los recientes confinamientos epidémicos.

Sí, tal vez el porno sea ya un problema, una droga, una epidemia, pero también un nicho económico que mueve muchísimo dinero y que genera sus juguetes rotos: esas actrices (¿actores también?), la parte más débil del engranaje, según la directora Ninja Thyberg.

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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