El ritmo de la venganza (1)

  15 Marzo 2020

El corazón es la percusión

el-ritmo-de-la-venganza-0Hay cintas que nacen con un propósito transparente, meridiano y conciso. Algunas de ellas logran finalmente alcanzar su objetivo. Otras, las que más, acaban perdiéndose en el proceso. El ritmo de la venganza pertenece a este segundo grupo. Y es una verdadera lástima, lo decimos ya, porque reunía todo el potencial suficiente para ser una de las que podrían haber sido de la primera categoría.

Para empezar, la trama se basa en una novela de Mark Burnell, quien se ha encargado de adaptar su propio texto al medio cinematográfico, lo que, a priori, no dejaba de ser una buena señal. La dirección fue encomendada a Reed Morano, realizadora subida al cielo desde que se pusiera tras las cámaras de la archifamosa serie El cuento de la criada (2017- 2020) y directora de fotografía de prestigiosas películas indies como Frozen river (2008).

Si estos dos peones ya prometían, también lo hacía su reparto: Blake Lively unida a Jude Law parecían una pareja cinematográfica imbatible, por lo que el tablero de juego estaba repleto de piezas importantes para empezar la partida.

Pero, como su título y su lema madre indican, ritmo, percusión y corazón deben ir de la mano para alcanzar una armonía perfecta, cosa que aquí no sucede, y provoca que a uno se le ocurran varias bromas pesadas al respecto, que aquí no vienen a cuento.

Stephanie/Nikita

La acción arranca conociendo a Stephanie, una joven que ha entrado en una espiral de autodestrucción desde que perdió a toda su familia en el accidente de un avión en el que también debería haber estado ella. Desde entonces, una primigenia alumna brillante de Harvard pasa a ser una prostituta toxicómana en Londres.

Pero su vida cambia cuando un periodista inmerso en la investigación de ese supuesto accidente aéreo la localiza para contarle que, en realidad, una bomba colocada a traición hizo estallar en el aire dicho avión. Los azares de la vida llevarán a Stephanie en convertirse en una mercenaria mientras busca venganza por lo sucedido a su familia.

El objetivo de la cinta queda claro cuando ya han transcurrido los segmentos introductorios del personaje. Estamos ante una nueva vuelta de tuerca al tema de la muchacha que se ve obligada a convertirse en asesina para sobrevivir. O, dicho de otro modo, estamos ante una nueva Nikita (Luc Besson, 1990) o La asesina/Point of no return (John Badham, 1993). No en vano está producida por Barbara Broccoli, responsable de todos los James Bond desde finales de los ochenta.

Y es que Stephanie podría haber sido un nuevo Bond, o un nuevo Jason Bourne o un nuevo Ethan Hunt en clave femenina. Y lo es. Pero algo inexorablemente falla en el resultado final.

También podría haber sido el inicio de una estimable franquicia que trata la evolución de una hermosa joven hacia un camino tortuoso de escapada, crimen y justicia. Pero todo sabe a borrador esbozado en tres minutos, a idea suficiente, aunque desaprovechada, a una oportunidad de querer ensalzar el female power que termina en pura rutina hecha película.

La respiración es el bajo

Su principal problema es su guión. Mark Burnell creó una novela superventas muy digna, pero no ha podido moldearlo en un digno texto fílmico. La odisea personal de Stephanie está mal contada, tanto la pasada como la presente; las motivaciones y necesidades de los personajes nunca terminan por quedar claras; el desarrollo de los acontecimientos es del todo inverosímil, o peor aún, chapucero; y la química entre Law y Lively no termina de funcionar, algo imperdonable teniendo a dos de los actores más sexys del mundo juntos en pantalla.

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También podríamos decir que, aunque cuenta con una bella banda sonora, ésta se emplaza en los momentos equivocados, con melodías inadecuadas —el tema far-west mientras lucha la pareja protagonista es sonrojante— y tiempos incorrectos. Y sí, teniendo en cuenta la trayectoria de Morano, dota a la cinta de una buena fotografía.

La propuesta está bien filmada, tiene ciertos momentos inspirados visualmente —rodar una persecución desde dentro de un coche moviendo cámara a todos los lados y de una sola toma es verdaderamente una proeza—, y las secuencias de acción están coreografiadas con brío.

Ciertamente resulta entretenida y la historia, aunque narrada con muchos agujeros argumentales y mal resueltos, desde luego es simple aunque atractiva. Por suerte, y por encima de todo, está Blake Lively, que es el único motivo por el cual merece que el espectador pase por taquilla, y que es la justificación por la cual la cinta pase del cero al uno.

Si ya nos había demostrado en Infierno azul (2016) que no necesita comparsa para aguantar ella sola una obra con aplomo sobrado, aquí posiblemente nos brinda su mejor interpretación hasta la fecha. Compone un personaje soberbio, lleno de matices, que no necesita más que una cámara atenta y en primer plano para saciar las ansías de puro cine. Stephanie Patrick no sería lo mismo sin Lively, y su esfuerzo hace que el filme se vea recompensado con su presencia, moldeando una persona de la que queremos saber más, queremos ver más y queremos seguirla más. Desde luego, es el mayor acierto —con mucho— de toda la propuesta.

El ritmo de la venganza desgraciadamente está más ocupada en funcionar como artefacto comercial para las masas que en tomarse en serio a sí misma para resultar un producto sólido. Y esta manipulación facilona hace que se convierta en algo que no termina de funcionar ni como una cosa ni como la otra.

Lo habíamos dicho antes, vemos cómo de una buena idea, un buen texto original y un buen equipo artístico, sale todo un despropósito. O lo que viene a ser lo mismo, una oportunidad rotundamente perdida.

Escribe Ferran Ramírez

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