Vida oculta (3)

  25 Febrero 2020

La llamada de Dios

vida-oculta-0En las altas cumbres, donde anidan las águilas, cerca del cielo, está el paraíso. Allí, en su pequeña comunidad, vive Franz con su familia. La naturaleza que les rodea permanece aún incontaminada, las aguas son cristalinas, la tierra ofrece generosa el fruto del trabajo, y el verdor de la vegetación lo inunda todo. Su existencia arraiga en tiempos inmemoriales que permanecen solidificados. Trabajan con sus manos, rezan, comparten alegrías y distracciones con los vecinos. Sus aspiraciones están colmadas. Son felices.

Pero todo paraíso es un paraíso perdido, y Franz será expulsado del suyo. No es que haya cometido una falta que deba ser castigada, sino que el mal se adueña de su refugio y lo contamina.

Estamos en los albores de la Segunda Guerra Mundial. A esta aldea austriaca llegan las exigencias de reclutamiento y juramento de fidelidad al nuevo orden. Hay que empuñar las armas y matar al enemigo, un enemigo impuesto y desconocido, pero de cuya aniquilación depende la propia supervivencia. La rebeldía es la muerte, y Franz, atendiendo a sus convicciones y no a la exigencia que el viene de fuera, se rebela.

Parece un planteamiento esquemático, pero no lo es tanto. Estamos sin duda ante un relato que describe el poder de la fe, pero se hace desde la convicción a veces ciega del creyente, y no desde la materialización de lo creído, lo cual introduce sombras en lo que debería ser claridad.

El origen mismo de la amenaza nos da una pista. El lugar en el que vive Franz con su familia plasma geográficamente la aspiración a fusionarse con el Dios en el que cree, y de ahí esa abundancia de contrapicados con los que se enmarca su rostro en el cielo. El anhelo de lo divino se manifiesta mediante una especie de ascensión a las alturas.

Sin embargo, el dolor también proviene de allí. La primera vez que aparecen los nazis lo hacen con el sonido de los aviones que los sobrevuelan, y las mismas imágenes del führer arengando a las masas son vistas desde lo alto, en una especie de mirada divina que contempla y calla. El refugio, de esta manera, se torna amenazante, su seguridad se desmorona. Más aún cuando el cielo despejado se cubre de nubes y anuncia tormenta, transformándose entonces las figuras de Franz y su familia en elementos a la deriva.

Donde había felicidad encontramos ahora un hogar en descomposición. No es ya que el padre de familia tenga que abandonar las cumbres que lo acogen para alistarse y más tarde para ingresar en prisión, es que la prisión se ha trasladado al lugar que habitaba. Durante la primera hora de la película, en la tensa espera que precede a su alistamiento, Franz vive la opresión interna que el director dibuja a través de las imágenes: Los techos se vuelven plomizos. Lo que era libertad y expansión ahora es barrera infranqueable. Tanto en su casa como en la iglesia el contrapicado muestra el derrumbe sobre su cabeza del refugio perdido. El cielo mismo, antes salvífico, se torna amenazante. Incluso los vecinos se convierten en enemigos, reproduciendo la maldad que llega de fuera.

La pérdida es la del momento original. La posición que la película defiende tiene mucho de rousseauniano, con la visión de la maldad que acompaña al progreso. Es aquello que el tiempo ha traído consigo lo que ha mancillado la pureza original. Vemos a las máquinas que acaban con la tradición ancestral, con el arado tirado por animales y el esfuerzo humano, con la tierra trabajada con las manos. No sólo los aviones que sobrevuelan el lugar son indicios del cambio que destruye la inocencia, también los trenes que devoran con voracidad el carbón que los alimenta y que los lanza a una carrera veloz que contrasta con la tranquilidad del campo, o los coches amenazantes de la ciudad en la que Franz está prisionero cuando su mujer lo visita.

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Sin embargo Franz resiste. Su actitud no es la de un pragmático que intente reducir con sus actos el mal del mundo, sino la de quien, por encima de cualquier consideración, guarda fidelidad absoluta a sus convicciones. El punto de vista de la película es el del protagonista. La cámara no se sitúa en un lugar distanciado, neutro, para mostrarnos objetivamente lo que ocurre, para juzgarlo, sino que acompaña al hombre en su angustia, en sus titubeos. El momento en el que queda más de manifiesto esta opción es en la paliza que recibe en la cárcel, filmada desde los ojos de quien la sufre.

Desde la asunción de la perspectiva del protagonista, que es la misma que la película hace suya, como queda patente en los rótulos con las palabras de Eliot que cierran el filme, resta poco margen para el cuestionamiento de la actitud que el protagonista sostiene. Es más, de ella, a pesar de su irracionalidad, se quiere hacer el camino hacia la verdadera salvación de la humanidad, por mucho que de manera inmediata parezca contribuir a lo contrario.

Sin embargo hay elementos que permiten replantearse semejante actitud. La fe se sitúa muy cerca de la obcecación, por cuanto hay momentos en los que le fallan sus puntos de apoyo. La resistencia de Franz no sólo no disminuye el mal, sino que en ocasiones lo acrecienta en lo que respecta a la familia, llegando incluso a preguntarse por su utilidad, y utilizando para ello la referencia del mismo Jesucristo, muerto por nada. Y cuando se inquiere a Dios para que ofrezca un asidero al que aferrarse la respuesta es el silencio.

De esta manera, la película se convierte en la disputa entre una fe ciega y una razón compasiva, entre una vida que no tiene cabida en este mundo y la posibilidad de habitar un mundo que no es perfecto pero que se puede y se debe mejorar, entre una vida que espera una recompensa que no encontrará en su fugaz paso por el mundo terrenal y otra que vuelca en ese mundo su única expectativa. Las campanas, la torre de la iglesia siempre presente en la vida de los campesinos, detalles que al mismo tiempo son el sostén de quienes creen y referencias vanas ante un mundo que se desmorona.

Al final el paraíso perdido ha de ser el paraíso recuperado. La pasión de Franz es la de Jesucristo, y la música de Bach, Händel o Górecki, entre otros, acompañan durante toda la película su entrega. Tras la muerte llegará la resurrección, y el ejemplo del sacrificio reconforta la vida de quienes le sobreviven. La llegada de la primavera despeja los cielos y hace aflorar de nuevo las sonrisas, y, como por arte de magia, el martirio se reconoce y se respeta. La esperanza anida en las almas e impulsa a vivir, con la convicción, y no es más que una convicción, de la vuelta al paraíso.

Escribe Marcial Moreno  

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