Adú (3)

  21 Marzo 2020

Una mirada a la inmigración

«Por la materia que me une a ti».adu-0
Radio Futura, Semilla negra.

El cine que trata de cuestiones actuales, de gran importancia para los seres humanos, todavía tiene cabida en pleno siglo XXI. En una época caracterizada por el espectáculo y las nuevas tecnologías, aún se desarrollan propuestas cinematográficas de valía en torno a asuntos centrales para la convivencia social.

En Adú (2020), de Salvador Calvo, se profundiza sobre la raíz de la inmigración africana que llega a Europa, y cómo es la respuesta de los países europeos frente a la misma. El enfoque, abierto, plural, comprensivo, es uno de los principales aciertos del largometraje, que, más que dictaminar sobre lo bueno y lo malo, intenta entender situaciones y comportamientos.

Adú se estructura a partir de un tríptico narrativo que, si bien constituye un factor de dinamismo discursivo innegable, no está equilibrado (y es ahí donde el armazón de la película empieza a resquebrajarse). Tres historias paralelas: la del niño africano, Adú (Moustapha Oumarou), de 6 años; la de un maduro activista medioambiental, Gonzalo (Luis Tosar); y la de un joven guardia civil atormentado, Mateo (Álvaro Cervantes).

A pesar de la voluntad de Calvo de construir un filme sólido, hay un desequilibrio entre el relato de Adú, emocionantísimo, lleno de humanidad, verdadero hilo conductor, y las otras dos historias, ensombrecidas y sin la fuerza artística de las escenas con el pequeño protagonista.

En Adú, apreciamos la lucha por sobrevivir de un niño, que pierde a sus dos referentes: su madre y su hermana Ali. En su dificultoso trayecto por llegar a las costas europeas, Adú atraviesa Camerún, Senegal, Mauritania, Marruecos, es decir, el corazón de África.

Adú, en su indefensión, alegría, entusiasmo por vivir, en su resistencia a doblegarse, representa de manera metonímica el esfuerzo de miles y miles de africanos por escapar a un destino atroz que se cierne sobre ellos: la muerte prematura. La historia de Adú tiene mucho de novelas de aventuras, mucho de Verne, Melville, Twain (las secuencias grabadas con cámara al hombro son de un realismo inmenso), y además recoge el espíritu rebelde y humanista de películas como Los cuatrocientos golpes (1959), de Truffaut.

No está solo en su caminar Adú. Le acompañan dos ángeles guardianes: su hermana mayor Ali y, posteriormente, su amigo Nassar. Salvador Calvo sabe potenciar el cariño y la solidaridad inherente a cada una de estas relaciones.

La interpretación de Moustapha Oumarou es maravillosa, de una credibilidad y una ternura tremendas. En el país natal del jovencísimo intérprete, Benín, está rodada la mayor parte del largometraje de Calvo.

Hemos dicho que las otras dos historias son periféricas, más débiles a nivel discursivo, aunque sean fundamentales para intentar entender el complejo mundo de la inmigración. En una de ellas, Gonzalo trabaja en una ONG para la protección de elefantes africanos. Gonzalo no acaba de encontrar su sitio en África, pese a sus buenas intenciones. Interpretado por Luis Tosar, siempre correcto, aunque su personaje carece de la magia cinematográfica del pastor de Intemperie (2019), de Benito Zambrano.

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Los problemas de Gonzalo con la población autóctona africana (que reflejan la incomprensión de los europeos hacia unas sociedades heterogéneas, no uniformes) encuentran otro marco conflictivo en la difícil relación con su hija adolescente (Anna Castillo), que se encuentra en la nebulosa de la adicción a las drogas. Esta nueva historia paralela, aun haciendo hincapié en un fenómeno clave de nuestros días (la falta de comunicación entre padres e hijos) aporta poco al conjunto del filme y su inclusión resulta un tanto forzada.

El relato del joven guardia civil Mateo tiene más fuerza que el de Gonzalo, pero considero que Calvo no sabe sacar todo el partido de una temática que ofrecía muchas posibilidades: la compleja situación de los guardias civiles que trabajan en la valla de Melilla.

Las diferentes sensibilidades y visiones de la inmigración en Europa tienen su correlato en el propio cuerpo de la guardia civil, con componentes intransigentes, reaccionarios, y otros, como el propio Mateo, tolerantes, con la necesidad de conocer la vida, la esencia de esas personas del continente africano que luchan por un futuro próspero.

Adú es la segunda película de Salvador Calvo tras Los últimos de Filipinas (2016), donde ya colaboró con Tosar. En la elaboración de Adú, Calvo se puso en contacto con la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, a la vez que mantuvo numerosas conversaciones con inmigrantes que llegaban a la costa canaria.

El director se expresa así con respecto al largometraje: «A mí Adú me ha cambiado la vida y creo que el mejor antídoto contra el nacionalismo es viajar. No hay que mirarse tanto el ombligo, sino abrir la mente y ver que no podemos acotar los territorios».

Escribe Javier Herreros Martínez

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