Hasta que la boda nos separe (2)

  19 Febrero 2020

¡Sí, quiero! O no…

hasta-que-la-boda-nos-separe-0Dani de la Orden, director y guionista formado en la Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña (ESCAC), se ha convertido en un especialista en el género de la comedia. Desde sus inicios, cercanos al cine independiente, con Barcelona, noche de verano (2013) y Barcelona, noche de invierno (2015), ya comenzó a dejar patente ciertas características comunes en su obra: tratamiento del relato a través de la comedia mediante una proliferación de personajes que se ensamblan en la historia y todo ello presidido por un tono amable.

Junto a estos elementos señalados, otra característica que conforma la carrera del director barcelonés es el éxito comercial que comienza a asociarse a sus proyectos, sobre todo a partir de su película El pregón (2016), protagonizada por Berto Romero y Andreu Buenafuente, o El mejor verano de mi vida (2018), que hace dos años fue la cuarta película española en cuanto a recaudación con casi 8 millones de euros en taquilla.

De igual forma en televisión también ha tenido repercusión a través de la dirección de la serie Élite (2018-2019). Quizá su trabajo más personal lo hayamos visto en Litus (2019), una producción que se estrenó en la pasada edición del Festival de Málaga en la que bordeando el terreno de la comedia introduce un tono melancólico y una amargura para mostrar el paso del tiempo de un grupo de amigos, un retrato generacional que destaca del tratamiento habitual que muestra en su filmografía.

Ahora vuelve con Hasta que la boda nos separe, remake de la película francesa Jour J, en la que se plantea un triángulo amoroso entre Marina (Belén Costa), una organizadora de bodas, y la pareja de enamorados formada por Carlos (Alex García) y Alexia (Silvia Alonso). La base que sustenta la película es una comedia clásica de enredo amoroso estructurada en tres actos con dos líneas que se entremezclan: los miedos que surgen ante una decisión importante, en este caso, una boda; y la oportunidad que surge cuando la vida te pone delante —repentinamente— a otra persona que realmente puede ser el amor de tu vida.

Una circunstancia casual al inicio del filme desencadena una petición de boda de Carlos con su pareja, Alexia. Carlos, que en ningún momento hubiera dado ese paso, se ve forzado a tomar una decisión que sabe va a terminar provocando un cambio sustancial en su vida. El escenario de engaño estimula un triángulo amoroso que no hace sino acrecentar la angustia del protagonista ante el giro que se aproxima: la boda va unida a una situación laboral estable y ventajosa facilitada precisamente por su suegro, la posibilidad de tener hijos toma visos de realidad y, sobre todo, la presencia de Marina, una mujer independiente y que en principio parece ajena a los convencionalismos sociales, socaba la ya frágil seguridad de Carlos.

Encauzado siempre en un tono amable, la película lanza una reflexión centrada en el recelo ante el hecho de decidir el futuro, un temor que se contagia a todos los personajes. Marina, la wedding planner, una mujer decidida e independiente, que utiliza a los hombres para mantener relaciones esporádicas y que está lejos de comprometerse, comienza a dudar de su posición. Incluso Alexia, el personaje que con más claridad afronta su futuro, planificando cada paso, es quien finalmente también ve tambalearse su férrea apuesta por el matrimonio.

En este juego de engaños y traiciones no hay ningún personaje totalmente indemne pues todos acumulan actuaciones de escasa honestidad (Marina y Carlos traicionan a Alexia acostándose al principio del filme, Carlos depende de una decisión de su suegro para consolidar su trabajo, Alexia humilló en la adolescencia a Marina, ésta debe aceptar realizar la boda de Alexia para que su empresa pueda subsistir), de tal forma que nadie está exento de cierta culpabilidad.

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Frente a la apuesta clásica del filme original francés, del que toma someramente la línea argumental, Hasta que la boda nos separe sigue el trazo que dejan las últimas comedias españolas donde se cargan las tintas en llevar al máximo el límite del humor, abandonando el refinamiento para poner el acento en una comedia más física. Las escenas cómicas se alargan estirando el efecto, como tenemos en la catastrófica boda inicial, la secuencia del picante o la escena del perro que termina como un ejercicio de estilo desmadrado.

Esta comicidad desatada hace que desde el principio haya negación de la comedia romántica. Por ello es significativo el flashback inicial en el que el padre de Marina le explica a la niña que el amor romántico no existe (con referencia a Pretty Woman incluida). Así, cualquier efecto romántico parece empañarse precisamente por la escasa confianza que tienen todos los personajes en ese amor verdadero; incluso el padre de Alexia, en el fondo tampoco desea el enlace de su hija, pues aunque la quiere mucho teme dejarla libre y quedarse solo.

En este sentido, la película lleva este envite hasta el final pues la declaración de amor entre Marina y Carlos está planteada en clave de enfado (gritándose los dos) o la supuesta y perfecta novia termina perdiendo los estribos delante del altar, rompiéndose el idílico marco que buscaba (una boda romántica en el mar). Lo que ocurre es que esta supuesta trasgresión de la imagen idealizada del amor termina lastrada por una serie de tópicos y situaciones que hemos visto ya en otras ocasiones.

Como es habitual en este tipo de producciones lo mejor es el reparto, desde el trío protagonista hasta todo el conjunto de secundarios (Adrián Lastra, Miriam Hernández, Antonio Dechent, Gracia Olayo), que son capaces de conseguir que las escenas cómicas funcionen en la mayoría de ocasiones.

En cualquier caso Hasta que la boda nos separe cumple a la perfección con su cometido que no es otro que elaborar un producto que provoque la risa en el espectador y que comercialmente dé la batalla en la taquilla. Para sobresalir del resto de productos similares quizá la película hubiera debido profundizar en los terrenos de una mayor ironía sobre los tópicos del amor romántico.

Escribe Luis Tormo | Entrevista con Alex García y Silvia Alonso

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