Judy (3)

  04 Febrero 2020

Renée Zellweger y Judy Garland en un nivel de mímesis memorable

judy-0La película nos sitúa en 1968, cerca de tres décadas después del estreno de El mago de Oz. Es en ese año cuando Judy Garland, toda una leyenda y un icono de Hollywood, llega a Londres con sus hijos pequeños para dar una serie de conciertos y así poder ganarse la vida, cuando está prácticamente arruinada.

Tras un rosario de avatares actúa en un lujoso y selecto local, y a pesar de sus ya menguadas fuerzas y ciertas limitaciones provocadas por sus adicciones y su delicada salud, Judy tiene éxito en el escenario, no sin algunos serios contrapiés ante a sus incondicionales.

El problema de Judy es que se le aparecen los fantasmas de la inseguridad, los mismos que la asediaron durante su atormentada infancia y juventud maleada, traída y llevada por su madre y algunos productores sin escrúpulos (de su madre, Judy había afirmado que solo era buena para generar caos y miedo, y la acusó de gestionar mal el dinero que había ganado en su niñez y adolescencia).

Ahora, en su madurez, sólo desea comprar una casa, volver a su hogar con sus hijos, rehacer su vida y encontrar el ansiado equilibrio personal. Pero es una época muy difícil para ella, sin recursos y a merced del alcohol y los barbitúricos; además, su soledad le lleva a buscar el amor en personajes poco recomendables; la actriz y cantante ve asomar por delante el abismo de un temido y prematuro ocaso.

Es una película que retrata abiertamente a una artista completa y rota por las circunstancias. El filme tiene una fuerte carga de angustia que parece, por momentos, excesiva. Pero para encuadrar mejor la historia, unos pertinentes flashbacks, sueños y recuerdos aclaran que el rumbo precipitado y agónico de la Garland es fruto de un permanente maltrato desde la más tierna infancia, cuando fue dirigida y exigida por la poderosa productora Metro Goldwyn Mayer, que la mantenía a estricta dieta para que no ganara peso e incluso la obligaba a tomar estimulantes tipo anfetaminas para inhibir el hambre y que no desfalleciera en los tormentosos ensayos de hasta 18 horas; siempre obligada a tener éxito a toda costa.

Este panorama cruel es claramente el relato de la anti infancia y a la vez de la terrible industria del cine que, sin reparar en la joven Judy, la empujó a un precipicio de privaciones y sufrimiento que acabaría teniendo efectos adversos en el futuro.

Judy Garland es presentada en este film con pocos regocijos; más bien al contrario. Como en otros biopics del mismo corte, la Garland es un personaje dependiente de los barbitúricos y de la bebida, enferma y buscando una tabla de salvación: última oportunidad económica y artística en Londres.

Parece que director y guionista se las arreglan para no dar respiro, manteniendo una sensación de zozobra in crescendo. Apenas dos momentos de placidez o de felicidad en las casi dos horas de metraje.

El primero lo protagoniza una pareja de hombres maduros, homosexuales e incondicionales de Judy quienes, a la salida del espectáculo quedan sorprendidos y halagados por la amabilidad de la artista, y le ofrecen unas horas de plácido refugio en su modesto apartamento, en el cual Judy puede distenderse (el filme certifica así, que fue en buena parte la cultura gay quien mantuvo vivo el culto a la intérprete, también en su etapa marchita).

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La otra memorable escena es cuando la diva, en un momento prodigioso sobre el escenario, cuando todo se derrumba frente ella, interpreta la célebre canción Over the Rainbow ante un público enardecido que, levantado de sus butacas, puesto en pie, ayuda cantando a coro la conocida melodía, pues ella, emocionada y agotada, ya no puede acabar de cantarla. Pero el resto de la película es ruina, desazón y desamparo. El de un personaje prematuramente caído.

Guion de Tom Edge, adaptación de la obra para Broadway de Peter Quilter, End of the Rainbow, una loa a la gran estrella de Hollywood, que glosa la intensidad tanto de su fama como de su decadencia. A partir de este musical, Edge elabora un texto que cuenta el último año en la vida de la que fuera niña prodigio esclavizada por la Metro. Es un libreto trabajado que abunda en un exceso de turbación en la vida de Judy. Por tener un origen teatral, gran parte de la acción sucede sobre un escenario y entre decorados, el ambiente natural de una figura como Judy, allí donde daba lo mejor de sí misma y a veces también lo peor.

El director Rupert Goold, en línea con su guionista, hace un trabajo correcto y elude hacer una radiografía precisa de la actriz y cantante; a cambio, narra una sucesión de estados de ánimo en los momentos más difíciles de su vida: la niña infeliz y exigida bajo el patrocinio de ese señor que impresiona, Louis B. Mayer, el magnate de la MGM (Metro Goldwyn Mayer) que gobernó con mano de hierro el Hollywood de los años 20 a los 40; pues bien, el film va desde aquellos primeros pasos a sus ya años postreros de diva en picado, que arrastró como pudo los restos de su gran talento por los escenarios ingleses.

Por lo tanto, el filme no comenta el esplendor de esta gloria de Hollywood, sino todo lo contrario: transita el camino que va desde el memorable «sueño», al insomnio más fatídico y pertinaz. Esplendentes momentos en el escenario, con caídas estrepitosas, conflictos conyugales y sus pequeños hijos en manos de su esposo, un hombre más estable y juicioso (su otra hija, Liza Minelli, ya era adulta y aparece sólo brevemente).

Una música estupenda de Gabriel Yared junto a una meritoria fotografía de Ole Bratt Birkeland, con puesta en escena y vestuario excelentes.

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En el reparto, Renée Zellweger es la pieza principal. Está magistral, lejos de otros papeles suyos, está irreconocible en este film. Sin hacer una interpretación invasiva del personaje, Zellweger lo pone todo: su arte, el físico, mentalmente se coloca con el personaje que parece abducirla; incluso su aspecto de delgadez da cuenta del inmenso esfuerzo que ha realizado Renée. Todo concluye en un trabajo dramático magnífico y una excelente caracterización donde Zellweger-Garland llegan a un punto de mímesis memorable. A la vez, Renée logra una interpretación que sella un retrato más que convincente de la Garland.

Y hay más, Zellweger canta ella misma las canciones, atreviéndose exitosamente con el repertorio de la Garland, de modo que en la garganta de Zellweger adquiere una nueva sensibilidad sobre el sentido del dolor y la alegría de la Garland. Para mi modo de ver, esta esta interpretación es principal en la película y con ella todos ganan: Zellweger, magnifica, levanta esta obra que es eminentemente suya, acertando de pleno en un rol conmovedor y de expiación a la vez.

Subrayo también a la joven y dulce Darci Shaw que en el papel de la pequeña Judy, resulta ser una de las gratas sorpresas dentro de la envoltura de la obra; su misma figura infantil sirve a modo de lenitivo frente a tanto padecimiento. Otros actores y actrices dejan su huella de bien hacer como Jessie Buckley, Rufus Sewell, Finn Wittrock, Michael Gambon o Bella Ramsey, entre otros.

Concluyo diciendo que para mí, que no conocí en profundidad la figura de la Garland madura, parece como que me ha quedado grabada, a modo de troquel filmográfico, una imagen de tan legendaria artista, con el físico, los ademanes y los movimientos de Renée Zellweger que ha levantado a pulso la intensa imagen de esta diva.

Llegarán los Oscar y yo apuesto por Renée como futura ganadora de la estatuilla a mejor actriz protagonista. Su conmovedora y emotiva encarnación de Judy lo merecería.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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