Dios es mujer y se llama Petrunya (2)

  03 Febrero 2020

De perdida, al río

dios-es-una-mujer-petrunya-0Es tradición en los pueblos ortodoxos del Este de Europa celebrar el 19 de enero, coincidiendo con la fiesta de la Epifanía, la ceremonia de la cruz. En ella el sacerdote local lanza una cruz de madera al río y cientos de hombres se lanzan al agua para recogerla porque quien la consiga tendrá un año de buena suerte.

La directora macedonia Teona Strugar Mitevska encontró su inspiración para esta historia en un caso real ocurrido en 2014 en Stip, un pequeño pueblo de Macedonia, cuando una mujer participó en esta tradicional ceremonia reservada solo a los hombres y consiguió la cruz. Instada a devolverla a toda costa no sólo se negó, sino que animó al resto de mujeres a que  participaran en años sucesivos.

De la misógina reacción de toda la comunidad contra ella, nació, según Strugar Mitevska, la necesidad creativa y reivindicativa de ficcionar el caso.

La protagonista de la película es Petrunya (Zorica Nusheva) una joven treintañera, universitaria y en paro que vive con sus padres en el pueblo macedonio de Stip. Un día al regresar de una fallida entrevista de trabajo se topa con la ceremonia de la cruz en la que cientos de competidores, solo hombres, se disponen a participar. En una impulsiva reacción, Patrunya se lanza al rÍo y consigue la cruz. Toda la comunidad enfurecida la conmina a que la devuelva, pero ella se niega. 

Dios es mujer y se llama Petrunya es el sexto largometraje de Teona Strugar Milevska, una convencida feminista, defensora de los derechos de las mujeres, de la justicia y de la igualdad inter géneros, que cree en la necesidad de visibilizar casos como el que muestra la película para mostrar el trato injusto y  desigual que padecen las mujeres, y reivindicar su estatus como mujer en un espacio social decidido solo por ellas.

Strugar Mitevska utiliza el acontecimiento tradicional-religioso como pretexto argumental para denunciar el sistema integral de menosprecio y discriminación hacia las mujeres que existe todavía en la sociedad balcánica, incluida la precariedad laboral que padecen, tengan o no estudios.

El rechazo social y la misógina reacción de toda la comunidad contra la protagonista, por conseguir la cruz, son solo la punta del iceberg de un sistema de explotación, humillación y acoso hacia la mujer que remite a prácticas y comportamientos casi medievales. Y en parte, parece sugerir, por culpa de las propias mujeres que consienten ese trato vejatorio.

A este respecto, la secuencia de la entrevista de trabajo no tiene desperdicio. Petrunya se presenta a ella recomendada por su propia tía, con la aquiescencia de su madre. Ambas la animan aunque saben y aceptan el precio que cuesta conseguirlo. Una especie de «derecho de pernada laboral» tan denigrante como repugnante, que para colmo ella está dispuesta a pagar. Aunque no le sirva de nada.

La humillación sufrida mina de tal manera su ya maltrecha autoestima que sólo le queda apelar al «poder de la cruz» para cambiar su suerte. Si tener estudios, pero no ser agraciada, no le da acceso siquiera a un trabajo precario, aún a costa de su dignidad ¿qué puede esperar de la vida? Además, su entorno afectivo tampoco le apoya, excepto su padre. Tampoco tiene novio (porque quién va a quererla, le dice su madre) y su única amiga no es buena consejera (se acuesta con su jefe casado para mantener el empleo): ¿qué más puede hacer? De perdida, al río.

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Desconocemos las razones por las que la protagonista real de la historia realizó tal hazaña, pero el guión —escrito por la directora en colaboración con Elma Tataragiv— nos dibuja una mujer abatida, insegura, sin opciones (ella misma confiesa, en cierto momento, haber actuado impulsivamente, sin intenciones reivindicativas), pero a la que vemos transformarse según avanza la historia. 

La detención de Petrunya es una pantomima montada por la policía en connivencia con la iglesia para obligarla a devolver la cruz. Saben que la ley no les ampara, sin embargo, intentan coaccionarla y amenazarla, con todo tipo de argumentos para que claudique.

Al principio, más empecinada que convencida, Petrunya se resiste a renunciar a su trofeo, ante la desesperación de las autoridades que, impotentes, recurren a la presión popular para  intimidarla. Pero cuando la situación se les va de las manos y cuando la horda de fanáticos se descontrola, reculan.

Ni siquiera el pope puede controlarlos y cuando se siente amenazado corre cobardemente a protegerse en la comisaria. Su poder se diluye ante posturas ideológicas extremistas y puramente machistas que no atienden a razones religiosas.  

Los únicos personajes masculinos sensatos de la película son el padre de Petrunya y el policía que la custodia. El primero la apoya por convencimiento y por amor. El policía, por empatía. Su comportamiento le desmarca de sus compañeros. Él también es un hombre taciturno, tranquilo y solitario como Petrunya, y ambos, en el tiempo que comparten, se reencuentran en el otro.

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Tradición vs modernidad

Defender la tradición no es solo cosa de hombres. Para demostrarlo está el personaje de la madre. En el extremo opuesto se encuentra Slavica, la periodista (interpretada por Labina Mitevska, productora también de la película). Y entre ambas se posiciona Petrunya.

La periodista representa la modernidad, y por extensión todas aquellas ideas que reivindican el progreso y la igualdad de derechos y de género. Slavica utiliza a Petrunya para reivindicarse a sí misma y por extensión a todas las mujeres de la sociedad macedonia, sometidas aún a los roles impuestos por la tradición patriarcal.

Es capaz de renunciar a su vida familiar e incluso al trabajo (la cadena la despide por obstinarse en cubrir el caso), no solo por conseguir una noticia, sino por apoyar a Patrunya. Slavica representa ese feminismo social, de firmes ideales, que cree en la solidaridad entre mujeres como motor de cambio.

La madre, por el contrario, es una férrea defensora de la tradición y la religión, no tanto por ideología como por costumbre e ignorancia. Incapaz de reconocer la injusticia vestida de tradición y de empatizar con su propia hija, representa la intransigencia extremista que se resiste a evolucionar, porque de hacerlo se negaría a sí misma, y por extensión a la sociedad a la que pertenece. Por eso, se enfrenta a Petrunya de una manera feroz, incluso a golpes.

Entremedias, está Petrunya, que actúa con total libertad sin esclavizarse a posturas antagónicas. Ante la amenaza y la coacción general de cuantos se alían para arrebatarle lo que considera «su derecho», se posiciona tajantemente y encuentra su lugar y la seguridad para defenderlo, de la que carecía al principio. La misma seguridad con la que al final opta por todo lo contrario.

Es imposible no interpretar la imagen imponente de Petrunya sentada en la comisaria con el gran mural vegetal posterior como una metáfora de su empoderamiento personal frente a la comunidad. Ella sola, desdoblada en el reflejo de la mesa de cristal, en medio de esa jungla «de fieras» en la que (casi) todos quieren devorarla.  

La película es amena y reivindicativa, aunque el tono satírico blinda en todo momento el carácter inofensivo de la propuesta, que sin renunciar a la denuncia social impide que la situación descarrille hacia postulados realmente comprometidos. Con ello desactiva, en gran medida, la capacidad revulsiva de su mensaje.

Escribe Leo Guzmán

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