El faro (3)

  17 Enero 2020

El sueño de la razón produce monstruos

el-faro-0Robert Eggers ya nos había trasladado a su Nueva Inglaterra natal en su primera y elaboradísima película, La bruja. En aquélla, ofrecía una panorámica de la vida rural del siglo XVII, plagada de supersticiones y leyendas sobre aquelarres femeninos, que conseguía erigir un sorprendente carrusel terrorífico en torno al mal. El mundo del cine esperaba con ansías su nueva concepción de su tierra nativa aunque esta vez nos traslade a finales del siglo XIX, a una remota isla en medio del mar.

Allí es donde atestiguaremos la relación entre dos hombres de edades diferentes. El primero, Thomas Wake (Willem Dafoe), es un lobo de mar que lleva años controlando la luz de ese faro que representa toda su vida. El segundo, un joven Ephraim Winslow (Robert Pattinson), un leñador de oscuro pasado y poca verborrea, será su subordinado realizando el mantenimiento de todas las instalaciones de la isla y acatando toda orden de Wake.

Entre ambos, y en el epicentro de una tormenta aparentemente sin fin, surgirá un tenso vínculo basado en la desigualdad de las jerarquías del poder y en el control mental del otro. Y ambos se entregarán a un juego de espejos y comportamientos que sacará sus actitudes más primitivas así como también las más fantasmagóricas. Porque El faro es más una cinta de fantasmas de la mente que de peligros tangibles.

No en vano, recrea ese mundo marítimo fantástico de las obras de Herman Melville y Robert Louis Stevenson en el que los peligros del mar trascienden la pura aventura física para proponer algo mucho más tenebroso. El faro, sin dejar de lado el paisajismo físico y pictórico más abrupto, se adentra de igual manera en el terreno de lo enfermizo y lo psicológico.  Como sabemos, cuando razón y ensoñación se encuentran, aparece lo monstruoso.

Los pilares de la isla

Rodada en un ratio exiguo y cuadrado que reverbera directamente los inicios de la historia del cine y empapada de una fisicidad insólita, El faro es una pieza de cámara al aire libre salida del realismo mágico. Como si nos la hubieran enviado desde el pasado. Todo en ella resulta envolvente a la par que sucio. Su fotografía en blanco y negro y su técnica atmosférica es el primer pilar sobre el que se sustenta la concepción de Eggers y de todo su equipo. Los rostros brillan, el mar titila y la tormenta azota directamente en el rostro del espectador.

El faro podría entroncar directamente con el cine de vanguardia. Eggers voluntariamente ha decidido hacer una especie de obra homenaje al expresionismo alemán de los años 20. Es fácil reconocer a Murnau, a Lang o a Wiene en las poderosísimas imágenes de las que hace gala la cinta en todo momento. Aunque también podríamos citar a Tarkovsky o a Dreyer entre sus infinitas referencias. En este sentido, podríamos decir que se trata de una obra alucinógena y alucinada, casi demente. La misma locura que desprende el dúo protagonista en sus respectivos comportamientos.

Y aquí llegamos a otro de los pilares de la cinta. Ambos personajes son el cielo y la tierra de la película. Son el sustento exclusivo de las casi dos horas de metraje. Eggers los dirige con genio y ellos responden con maestría, ofreciendo uno de los duelos actores más intensos y soberbios que se pueden ver en el cine reciente. Dafoe y Pattinson realizan una comunión de compañerismo y aversión insólita, penetrante, profundamente trascendente. Tanto, que uno no puede entenderse sin el otro.

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Eggers, y aquí llegamos al corazón de las tinieblas de la propuesta, opta por una narrativa nihilista, exigua, casi experimental que, a diferencia de su primera película, opta por una ausencia de entramado explícito. Entra de lleno en el terreno de lo onírico, lo surrealista, lo invisible. Como si se hubiera transmutado en David Lynch y hubiéramos accedido al universo de aquél, pues El faro está abierta a mil y una interpretaciones, y todas ellas podrían ser válidas.

Mientras que el prólogo se desarrolla mediante un proceso lógico, El faro deriva en una ruptura con la continuidad, el tiempo y el sentido progresivo de la acción tal y como la entendemos. Analizada con minuciosidad, uno puede ver repeticiones, sinécdoques o momentos de hipérbole. Porque El faro es más un cúmulo de sensaciones, de ideas e imágenes que te arroja a un laberinto —de la mente— sin lograr encontrar la salida.

Tampoco resulta empática sino más bien lo contrario. Los dos personajes son deliberadamente repulsivos, las situaciones entre ellos convulsas y toda la carga metafísica de la película se plantea desde la repugnancia. Es todo este compendio del asco el que Eggers usa para crear ese clima asfixiante de terror malsano, humano, animal y sobrenatural.

Cuando nos encontramos con los títulos de crédito delante, no sabemos qué hemos visto. Se nos escapa la certeza de adivinarle una lógica externa, que no interna. De lo que estamos seguros es de haber visto una gran obra.

Escribe Ferran Ramírez

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