1917 (4)

  16 Enero 2020

Sin tiempo para parpadear

1917-0El cine nos ha contado mucho sobre la I Guerra Mundial, pero nada como lo que Sam Mendes (American Beauty y Skyfall) nos hace vivir en 1917.

Schofield (George MacKay) y Blake (Dean-Charles Chapman) son dos cabos británicos en Francia con la misión de avisar al coronel MacKenzie (Benedict Cumberbatch) de la emboscada que preparan los alemanes para acabar con los 1600 hombres a su cargo, entre ellos el hermano de Blake. Para llegar hasta él, los soldados tendrán que abandonar sus trincheras y adentrarse en territorio enemigo antes de que termine el día, o todo el batallón morirá.

Con un falso plano secuencia de 119 minutos, el director demuestra una técnica magistral. Se trata de una propuesta original y tremendamente arriesgada la de permanecer durante dos horas con el mismo personaje sin cortes. Mendes consigue captar el horror, el miedo, la intimidad, la soledad, la añoranza y el cansancio sin apartar el foco de los dos jóvenes cabos.

El tiempo diegético en 1917 es esencial, Schofield y Blake solo tienen un día para recorrer el camino entre el punto A y el punto B, pero el director consigue resolverlo en dos horas de tiempo fílmico con un único momento de desconexión: cuando Schofield queda inconsciente y se despierta en mitad de la noche.

Esta forma de narrar no deja un rastro presuntuoso sino un deseo de colocar al espectador hombro con hombro con ambos cabos, cubrirlo de mugre hasta el cuello y ponerlo a caminar por territorio enemigo en mitad de la Gran Guerra. Hacerle cómplice.

Desaparecen así los contraplanos que caen en la rutina en los que se encuadra al protagonista para que suelte su discurso. En 1917 no hay más palabras de las necesarias, no sobran líneas de guion y, desde luego, nada está hecho al azar. Como una coreografía estudiada al detalle, cada movimiento de la cámara y cada paso de los personajes resulta tremendamente natural.

El montaje interno salta a la vista en cada segundo de grabación y la narración mantiene su buen ritmo continuamente a pesar de las dificultades del rodaje. No hay tiempo para parar ni para respirar cuando los minutos pasan y el destino parece estar cada vez más lejos, pero, aun así, Mendes se toma la libertad de hacerlo y le concede a Schofield pequeños respiros que recuerdan al cabo el peso sobre sus hombros, un dolor aún más terrible que morir desangrado.

El uso de la luz es esencial en esta película. La oscuridad juega un papel muy importante perfilando a los protagonistas y los colores consiguen inundar de barro la sala del cine. Rápidamente abandonamos la falsa tranquilidad en la que descansan los protagonistas para adentrarnos en la mugre. La pantalla se tiñe de marrones y negros mientras nuestros protagonistas se abren paso hacia las trincheras enemigas. A su paso huele a muerte y a miedo, la fotografía de Roger Deakins (Blade Runner 2049 y No es país para viejos) así lo busca.

Quizá la secuencia más cercana a lo ficticio sea la de la ciudad en ruinas en medio de la noche. Llama la atención si buscamos escenarios con chroma (aunque no lo tiene) y destaca por un contraste algo recargado con la luz del fuego iluminando los edificios destruidos y el azul del cielo nocturno. Sin embargo, se trata de un momento crucial en el ritmo de la película. A pesar de que, hasta ese momento, es imposible pestañear, esta secuencia deslumbra tanto por la luz como por la acción y el presentimiento de la carga que Schofield oculta.

La banda sonora se mantiene, durante toda la película, en su espacio destinado a ella. No se inmiscuye en la historia aventurando lo que el espectador debe sentir sino que acompaña la narración y las emociones que, intuitivamente, saltan en cada momento. No se utiliza en exceso, ni sobra, ni se echa en falta cuando no está.

1917 deja muy alto el nivel cinematográfico para este 2020, especialmente en el género bélico. La narración comienza a buen ritmo desde que los soldados dejan atrás la tranquilidad de la sombra de un árbol y se mantiene a lo largo de los 119 minutos de un plano que no parpadea.

Mendes ha traducido el teatro a la pantalla grande y el resultado no podría ser más fascinante.

Escribe Lorena Martín

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