La verdad (2)

  04 Enero 2020

Añoranza de Japón

la-verdad-0Los cerezos en flor de las calles de Tokio han sido sustituidos por el ocre de los árboles ya sin hojas del invierno parisino. En ese cambio se resume gran parte de la nueva propuesta de Kore-eda. Se trata de una mirada crepuscular a un mundo que, por mucho que se esfuerce, no es el suyo. Una decadencia que no sólo se expresa en el contenido de la obra, sino que acaba impregnando el mismo resultado final.

De nuevo la familia, la marca que hace reconocible su cine. Pero en este caso los niños han perdido protagonismo. La historia se centra en las relaciones entre una vieja actriz que acaba de publicar sus memorias y su hija, guionista, que llega desde Nueva York a ajustar cuentas con ella. La familia que aquí se nos muestra está al final de su recorrido, en una especie de revisión de aquello que queda como un ruido de fondo que ha conducido a la situación actual.

El peso de la trama descansa casi íntegramente en la confrontación entre madre e hija, para cuyos personajes se ha elegido a dos pesos pesados del cine francés, Catherine Deneuve y Juliette Binoche. La idea es de entrada mostrar a la actriz en su divismo, pero escondiendo una fragilidad que el transcurso del metraje, con la ayuda de su hija, se encargará de ir desvelando. Ese es el plan, nada original por otra parte, pero el resultado no está a la altura.

Todo resulta demasiado esquemático. La caracterización de la arrogancia de la estrella está realizada con un trazo demasiado grueso. La entrevista inicial es un perfecto ejemplo de ello. La disputa entre entrevistada y entrevistador es tan desigual que no consigue lo buscado. No hay rival a la altura de la estrella. Cuando llega su hija todo sigue por los mismos cauces, aunque intuimos que en algún momento se quebrará la solidez de la mujer para seguir con el plan previsto. El problema es que cuando se ha estereotipado demasiado la maleabilidad resulta más difícil. O se da un giro brusco provocado por un factor externo o es el propio guion el que va a obligar a la trama a torsiones que cuesta aceptar.

Aquí se decide nadar entre dos aguas. El detonante de los cambios va a ser la película que la actriz está rodando y a cuyo rodaje acude toda la familia, nieta incluida. En ella, cómo no, y a partir de una trama como poco rocambolesca, se pondrán en escena las relaciones entre madre e hija, haciendo decir a aquella lo que no es capaz de expresar en su vida real, por mucho que, suponemos, necesite hacerlo. Y todo ello adobado con una extraña historia, como todo muy traída por los pelos, de una actriz y competidora en la maternidad muerta y recordada.

En resumen, trucos cinematográficos al servicio de una historia que en ningún momento acaba de adquirir la coherencia necesaria. Tanto es así que las propias actrices dan la impresión de estar muy por encima de sus papeles, de resultar desaprovechadas por andar un tanto perdidas entre una historia que no acaban de asimilar. Sea por la barrera lingüística, resuelta por la presencia durante el rodaje de un traductor, sea por las deficiencias del guion mismo, la ironía que en ocasiones se intenta integrar en la acción parece proceder más bien de la desorientación y la incredulidad.

Quizá consciente de sus limitaciones, la película intenta un giro que haga de la necesidad virtud, e introduce una trama superpuesta que en cierto modo es una enmienda a la inicial, aunque con la misma consistencia que aquella.

Es el juego, ya tan manido, entre la verdad y la ficción, que aquí, en lo de juego, se ha llevado hasta su máxima expresión de levedad e intrascendencia. Nada que ver con la contundencia con la que termina Tarantino su Érase una vez en Hollywood.

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El cine y la literatura como fuente de ficción, los actores como esos seres que hacen real lo irreal, la duda sobre qué es verdad y qué no lo es, toda esa mercancía en ocasiones averiada que sólo tiene valor cuando responde a un refinado mecanismo de precisión. Aquí, como las emociones han sido introducidas con calzador, se les intenta ofrecer la salvaguarda que la mentira, su posibilidad, introduce, construyendo un mapa final en el que no se sabe muy bien a qué atenerse, aunque tampoco acaba importando demasiado. La inanidad acaba produciendo una sensación de extrañeza que es lo peor que le puede pasar a la película. La última referencia a la propia película de Kore-eda (La verdad y su fiesta de fin de rodaje) dentro de sí misma es ya el giro definitivo para confirmar la vacuidad hacia la que todo se dirige.

Aun así, hay aspectos que merecen cierto reconocimiento. Son los más marginales: esos personajes que rodean a las estrellas y que introducen matices que acaban siendo lo mejor de la película.

Es por ejemplo el marido, actor de segunda, que interpreta Ethan Hawke. Su posición, siempre velado por su esposa, con problemas con el alcohol, y entregado a su hija, al tiempo que intenta, con su suegro, reconstruir el pequeño teatro averiado. O el actual marido de Catherine Deneuve, volcado en la cocina italiana y ninguneado por su esposa (qué pena que el director se vea obligado a decirnos que es mejor cocinero que amante, cuando el plano de ambos en la cama y su actitud servicial nos lo han mostrado sin necesidad de mayores explicaciones, de una forma mucho más elegante).

Incluso la niña, omnipresente, juega un papel secundario pero interesante. Se trata de la amenaza de un futuro que reproduzca las complejas relaciones entre su madre y su abuela. No en vano la relación de la pequeña con su padre es mucho más intensa que con su madre, insinuando una brecha que luego nunca se acaba de cerrar.

En un momento dado la película nos muestra a una familia oriental comiendo en un restaurante ante los ojos de Catherine Deneuve. Parece un apunte de nostalgia del director por un mundo en el que se siente mucho más cómodo y en el que nosotros, espectadores, también disfrutamos más.

Escribe Marcial Moreno  

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