Star Wars: El ascenso de Skywalker (1)

  31 Diciembre 2019

La caída de Abrams

star-wars-9-101Supongo que una presentación de rigor ha de incidir en la idea de que esta película es la conclusión de la Space opera más cara y famosa de la historia de la cinematografía. Por añadidura, que esta entrega es a su vez la culminación de la última trilogía de la serie, totalmente controlada por Disney y en su mayor parte capitaneada por J. J. Abrams, el ungido por Lucas y llamado a heredar de Spielberg los oropeles del entretenimiento masivo, y que como ya se ha mencionado alguna vez, ha tenido el honor —o la desfachatez— de dirigir también dos entregas de la saga rival, Star Trek, con bastante mejor fortuna.

¿Qué decir de su trabajo? Lo primero, señalar que el nuevo chico de oro tuvo que recuperar el control de la elegía Skywalker después de que el sedicioso Rian Johnson intentará darle un aire nuevo, más terrenal y como la vida, más complicado, alejado de maniqueísmos y simplezas, sugerente antes que evidente... más cinematográfico en una palabra.

La revolución de Johnson no fue querida ni entendida por el gran público, más entregado a la clonación indisimulada, a la reiteración en el divismo, en el puro espectáculo y la aventura sin concesiones, que al desafío intelectual para un tipo de espectador que, bien entrado en años, hubiera vivido el estreno de las primeras entregas en los años setenta y ochenta del pasado siglo y hubiera madurado como corresponde, exigiendo a las nuevas películas fidelidad sin seguidismo bovino, crecimiento sin traición al espíritu aventurero, originalidad sin ruptura de las reglas de aquella galaxia muy, muy lejana.

Pero Abrams, como el querido de los dioses, ha muerto joven. Se ha caído con todo su equipo, esa ralea de censores que, al mejor estilo de Stalin, ha querido borrar todo rastro de Johnson en la culminación de la saga, cegando las vías argumentales abiertas e incluso eliminando personajes, para volver a las supuestamente seguras sendas de la ortodoxia que le permitieran seguir ascendiendo en la industria.

Pero el público, como Roma, no paga a traidores. Esta vuelta de tuerca de 360 grados, con retorno al supuesto origen, no ha sido entendida por nadie. Y no lo es porque entre otras muchas cosas, está mal realizada.

¿Qué puede ser peor para un director que ser acusado de no saber dirigir? Lucas y Spielberg  —como los maestros Jedi, Qui Gon Jinn y Obi Wan Kenobi—, con toda su parafernalia, sus concesiones al público y sus lugares comunes, eran directores superdotados y demostraron su grandeza en varias películas. El último especialmente, entregó clásicos en todos los campos: la ciencia ficción, el drama político, la tragedia y el realismo social e histórico. Uno de sus puntos fuertes era la aventura, y para los anales de la cinematografía han quedado sus películas de Indiana Jones.

Sin embargo Abrams, como Anakin Skywalker, pequeño Padawan que contó con el respaldo explícito de los más grandes, lleva ya varios fracasos sonados por su tendencia a poner su arte al servicio del lado oscuro de la taquilla.  

El ascenso de Skywalker es, sin duda el último y el mayor, no sólo porque es una película pésima, sino porque lo ha hecho fracasar también como persona: ha empuñado el piolet y lo ha descargado con fuerza sobre el trabajo de otros, más dignos en su desempeño, rebeldes frente al Imperio que el director de Perdidos se ha empeñado en reconstruir.

Abrams ha dilapidado toda la credibilidad que Johnson había impreso a la saga. Se ha encargado de borrar de la foto las angustias existenciales de los Jedi, el duelo de egos de Kylo Ren y el general Hux, las tensiones amorosas —y sexualmente ambivalentes— de Finn y Poe, la democratización de la Fuerza, las sombras de humana duda sobre los movimientos revolucionarios, la lucha de clases, la posibilidad del error y la inevitabilidad del sacrificio y la muerte... y lo ha hecho con plena conciencia e incluso con saña, relegando al ostracismo al personaje de Rose y reivindicando el peso de la sangre, en contra de la revolucionaria idea de que la hija de nadie pudiera llegar a ser alguien.

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Pero dejemos las traiciones, siempre tan presas de la subjetividad, y vayamos a los asuntos técnicos: la última entrega de Star Wars no es digna de la saga por varios motivos, el principal de los cuales es que no tiene guion. Esta característica se verifica en dos tendencias reiterativas y muy acentuadas, la primera de las cuales es el abuso de la elipsis: durante los treinta minutos iniciales se cambia tanto de escenario y de línea de acción, que el espectador acaba exhausto intentando seguir el hilo. Son tan graves los cierres abruptos de escena, los saltos de localización y de tiempo, que hasta el espectador menos acostumbrado a la narrativa cinematográfica debe notar que algo raro está pasando en pantalla. Prima tanto la continuidad de la acción a toda costa, que hasta las más elementales reglas de la secuenciación son violadas con cada salto en el hiperespacio.

La segunda tendencia es igualmente grave: el Deus ex machina no solo se utiliza para salvar la trama en varias ocasiones, sino que a veces se recurre a él ex post, como explicación de algo que supuestamente no ha pasado cuando realmente hemos visto que ha pasado. Es decir, un ex machina metafísico, una trampa colosal, una tomadura de pelo de proporciones épicas.

No haré spoiler si digo que implica la aparición de la nada de una segunda nave transportadora que en ningún momento se ve llegar y que se relaciona con la captura de un personaje muy importante. El director ni se molesta en explicar al espectador cómo no se ha fijado en que esto realmente ha sucedido —lo cual, de por sí, sería un recurso torpe— sino que hace decir a un personaje que «debía haber otro transportador que no se ha visto y no era posible ver». ¡Acabáramos!

Hay otras utilizaciones abusivas de este recurso que no mencionaré, por ser ya clásicas, toleradas y que sólo señalan la incapacidad creativa de los supuestos guionistas, pero que se suman a la retahíla de torpezas que van lastrando una película que llega exhausta a su último tercio, donde parece que se va a derrumbar totalmente.

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Y entonces, sucede un pequeño milagro: la saga, herida en su orgullo, tira invisiblemente de su propia emotividad, y hace brillar un leve rayo de esperanza. Es imposible no claudicar, siquiera por un instante, ante la fuerza de los acontecimientos, porque se está contemplando el final de una aventura de cuarenta años que ha nutrido el imaginario colectivo de varias generaciones. Parte de la responsabilidad la tienen las notables interpretaciones de Adam Driver (Kylo Ren) y Daisy Ridley (Rey), sosteniendo un dramatismo que no se torna impostado exclusivamente por su creciente talla como actores, y que hubiera merecido más minutos e intensidad para desarrollar esa extraña comunión que se da entre ellos, elemento que de lejos constituye lo mejor de la película.

Sin embargo, Abrams y sus acólitos no cejan en su empeño de estropear el momento, con absurdos besos a destiempo, con expectativas frustradas sobre el enemigo supremo, con la eliminación de personajes que podrían haber dado color a la aventura, y con ridículas y sonrojantes violaciones de las más mínimas reglas de la suspensión de la incredulidad, porque una cosa es que las naves hagan ruido en el espacio o que viajar más allá de la velocidad de la luz sea posible y otra que los caballos sean capaces de galopar en la cubierta de destructores espaciales como si estuvieran en el Derby de Epsom.

Da la sensación de que se ha querido hacer un espectáculo visual sin pies ni cabeza, de que se ha apostado todo a la nostalgia y nada a la coherencia, de que se ha confiado tanto en las tragaderas del espectador y tan poco en su inteligencia, que cualquier cosa que se pusiese en pantalla sería bienvenida con tal de que se iluminase al final con los rayos del atardecer en Tatooine.

Con respecto a la agenda política oculta, el que suscribe no es capaz de ver más que destellos inofensivos, mínimas pinceladas de corrección política que no pueden empañar más de lo que lo está una historia opaca. Sorprende la capacidad de ofenderse de los que critican a los ofendiditos, cuando acusan a estas películas de feminismo radical o de estar sostenidas por el «lobby LGTBIQ». En realidad, Johnson fue más lejos en esta supuesta «agenda» con su Vicealmirante Holdo, mandamás de pelo morado que refrenaba al impulsivo Poe en su afán de romper cosas, o con la sugerencia de un posible idilio entre éste y Finn.

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Abrams se ha limitado a poner una cesura en la frase de Rey «eres un tío...», como reforzando el sustantivo antes que el epíteto, y a plasmar en segundo plano un beso lésbico más inocente que una mariposa en la nariz de Bambi. Si se piensa, todo esto resulta más bien una desconsideración a tales colectivos, intentando ocultar entre el jolgorio de la muchedumbre algo ya completamente normalizado por el público, incluido el más joven.

Poco más puede decirse de esta trilogía, salvo que muestra lo peor de la industria: la puñalada trapera al disidente, el estudio minucioso por parte de grises ejecutivos de los índices de popularidad en las redes sociales; la muerte de la creación frente a la cuenta de resultados... el largamente anunciado fin de la fábrica de sueños, sin ofrecer siquiera el pobre consuelo de una película bien realizada, pero intentando contentar a hordas de fans que exigen ver aquello que quieren. 

Parece ser que, como anunciara el Emperador Palpatine, así morirá la cinematografía: en medio de un estruendoso aplauso.

Escribe Ángel Vallejo


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