El silencio del pantano (2)

  07 Enero 2020

Valencia negra

el-silencio-del-pantano-0Durante la etapa más negra de la corrupción en España, la imagen de Valencia quedó asociada a la red de podredumbre que infectó a parte del tejido político y económico, tanto público como privado, en los sucesivos casos relacionados con adjudicaciones irregulares, comisiones y la especulación urbanística.

La película El Reino (2018, Rodrigo Sorogoyen) ya se ocupó de relacionar el entramado político con la red de corrupción utilizando la ambientación de la capital valenciana. Unos años antes, Rafael Chirbes realizó la crónica de la corrupción y sus consecuencias con sus novelas Crematorio (2007) y En la orilla (2013).

Como explica Marc Vigil, director de El silencio del pantano, la corrupción es un fenómeno extensible a todo el territorio nacional y lo que ocurre en Valencia no se diferencia de lo que ha pasado en el resto del país, pero es cierto que en la mente del espectador ese ecosistema corrupto tiene ya una serie de referencias ligadas a un espacio geográfico y un tiempo concreto, como puede ser el de esta ciudad.

Vigil, curtido en el formato de las series televisivas (Aída, Águila roja o El Ministerio del Tiempo) escoge como punto de partida para su debut en la pantalla grande la novela El silencio del pantano de Juanjo Braulio, una historia localizada en Valencia y que utiliza el género negro y dos tramas argumentales que se desarrollan una dentro de otra, a modo de metalenguaje, para mostrar el lado oscuro y pesimista del ser humano.

Oscuro porque en todo el abanico de personajes que pueblan esta historia no podemos encontrar, ni en los protagonistas ni en los secundarios, una figura con la que establecer cierto grado de complicidad pues cada uno de ellos representa el aspecto más sombrío del individuo. Como ocurre en numerosas ocasiones en el thriller, una concatenación de hechos fortuitos termina desencadenando una historia de violencia generalizada (todo comienza con el secuestro de una persona que al tener relación con el mundo del crimen provoca la concatenación de acontecimientos).

La referencia a la corrupción establece el escenario para desarrollar una intriga que mezcla la creación literaria, con un juego entre ficción y realidad (el escritor que crea pero que también escenifica realmente los crímenes), en la que se dibujan dos personajes solitarios que terminan encontrándose en el laberinto argumental que se va pincelando escena a escena.

Tenemos a Q (Pedro Alonso), un periodista y escritor de novelas que mantiene una doble vida que le sirve de inspiración para sus obras. Un solitario y sobrio personaje que apenas mantiene relación con los demás y que parece incapaz de sentir cualquier tipo de empatía. Su conexión casual con un político, un ex consejero implicado en una trama corrupta de narcotráfico, hará que se encuentre con el otro protagonista del filme, Falconetti (Nacho Fresneda): un sicario violento a las órdenes de una vieja mafiosa que controla el negocio de la droga con oscuras implicaciones en la política y que tendrá que buscar a Q.

Y es que el filme está plagado de personajes turbios, mafiosos, delincuentes, matones, asesinos o corruptos que transmiten una nula esperanza en el ser humano. Por unas razones u otras todas las personas que desfilan por la pantalla tienen algún interés velado que impide que el espectador pueda sentir algún tipo de afinidad. La falta de escrúpulos y la escasa moralidad parece extenderse a lo largo de todo el escalafón social, desde el poderoso hasta el delincuente.

El tablero en el que se desenvuelve ese juego del gato y el ratón son las localizaciones exteriores en la ciudad de Valencia que adquieren un protagonismo hegemónico, un elemento que viene heredado del original literario, caracterizado por las descripciones minuciosas de todo el entorno en el que se mueven los personajes y que entronca con otras películas de cine negro españolas donde el espacio físico aporta contenido a la historia (desde las marismas de La isla mínima hasta el barrio de las 3.000 viviendas de Sevilla en la reciente Adiós).

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De esta forma, la ciudad de Valencia asume una visibilidad que permite que lo que en principio debía ser el telón de fondo de la historia avance hasta el primer plano. Las imágenes de la Valencia moderna (la emblemática Ciudad de las Artes y las Ciencias) o la que ostenta la simbología del poder (edificios que albergan la sede política) conviven con las localizaciones tradicionales como el barrio del Cabañal y todo el entorno degradado como las antiguas viviendas del bloque portuario, El Clot, que aportan el contraste con la visión de ciudad cosmopolita.

Es el lodazal físico y simbólico de una sociedad decadente que ha vivido alrededor del caldo de cultivo que germinó con la corrupción, un estercolero que impregna de arriba abajo a todos los personajes y donde la maldad se iguala entre los poderosos y los más desfavorecidos. Las citas a la casa derruida de la Albufera (con un uso similar al que ya vimos en El desentierro) o la escena en los restos del circuito de Fórmula 1, alegoría del derroche y del que ahora queda únicamente las vallas y la pista desconchada, son referencias al espejismo de una época triunfalista. 

Funciona el mecanismo del thriller realista y violento a través del enfrentamiento del escritor y del matón, dándole al escenario su protagonismo y todo ello enfocado hacia el duelo final con referencias al western; un mecanismo donde el espectador puede reconocer elementos universales y característicos del género adaptados a nuestro entorno (la apariencia de los protagonistas, el uso de la violencia, el ritmo del relato, la voz en off, las casualidades que mueven la trama) y también es destacable el trabajo de los dos protagonistas, Pedro Alonso y Nacho Fresneda, para hacer creíbles sus personajes.

Por el contrario, el juego con la realidad y la ficción que se establecía en la novela y que en la película se funde en una única trama no termina de resultar operativo aportando más incógnitas que soluciones (la motivación de Q que justifique su actuación), de tal forma que la película abre un camino narrativo que no se concluye.

Una cosa es plantear un final abierto y otra es dejar sin respuesta al espectador para que pueda recolocar las piezas de la historia y concluir el puzle.

Escribe Luis Tormo | Entrevista con Marc Vigil, Pedro Alonso y Nacho Fresneda

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