Las buenas intenciones (2)

  20 Diciembre 2019

Una oportunidad perdida

las-buenas-intenciones-00El nuevo filme de Gilles Legrand, Las buenas intenciones (2019), posee un inicio ilusionante, pero su aliento artístico va mermándose según se va desarrollando la trama. Lástima, pues cuenta con un guion elaborado, que ofrecía amplias posibilidades de abordar con hondura un asunto central en la Europa de nuestro tiempo: la integración de los inmigrantes.

El largometraje fracasa en armonizar dos vertientes, la social y la cómica. Ni resulta divertido, aunque hay escenas graciosas, sobre todo las colectivas, ni verdaderamente nos facilita una reflexión sobre los sufrimientos de los inmigrantes en las ciudades europeas, y las actitudes intolerantes y llenas de prejuicios de algunos de los residentes nacidos en Roma, en París, en Madrid, en cualquier metrópoli del viejo continente.

A lo largo de esta obra de Legrand, existe un cierto esquematismo sobre las personas que vienen de África o de Asia o de América, que obvia una realidad polifónica, con múltiples matices. Cada inmigrante es un mundo en sí, y sus rasgos variados escapan al lugar de nacimiento.

La película, pese a su fragilidad, se sustenta en una notable interpretación de Agnès Jaoui como Isabelle. Esta gran actriz sabe dotar a su personaje de una conflictividad, de un dramatismo, no exento de vitalidad. En el núcleo de su desazón existencial encontramos a una mujer idealista, de probada generosidad, que cree en la ayuda a los más desfavorecidos, como atestigua toda su labor solidaria, pero que naufraga en su vida familiar con su marido e hijos. ¿En qué medida su trabajo de ayudante social le sirve para refugiarse de su melancólica vida doméstica?

El punto de inflexión de Las buenas intenciones viene con la aparición de Elke, una nueva profesora de inmigrantes, más preparada y más simpática y, sobre todo, más alegre que Isabelle, que desatará al principio la envidia de esta, que buscará en la creación de una autoescuela para personas foráneas y en exclusión un ámbito donde poder equipararse a Elke. Considero que uno de los aciertos de la película estriba en el progresivo acercamiento humano y docente de estas dos mujeres, al comienzo antagónicas.

Si las clases de alfabetización en francés resultan monótonas y apenas añaden nada al filme, sino un puñado de clichés, las escenas en la improvisada autoescuela sí gozan de encanto y de humor. Parece que Legrand se siente más cómodo en los momentos jocosos con múltiples intérpretes, al más puro estilo berlanguiano, que en los momentos tensos de Isabelle con su marido o de Isabelle con Elke.

Legrand se hace eco de la mezcla de drama y comedia que existe en el filme: «Me encanta la idea de balancearme en esa cuerda y que podamos ir moviéndonos de un tono a otro. De eso trata también lo social. Es una obligación intentar ayudar a los demás, pero eso mismo puede ser muy divertido. Tenía ganas de una comedia agridulce y creo que teníamos el guion perfecto para ello».

El problema es que, a mi entender, no hallamos ese equilibrio en la película que se ubica en tierra de nadie. No es el cine comprometido de Costa Gavras ni las comedias humanísimas de Wilder. Tampoco responde a las propuestas eclécticas de un Berlanga o un Scola. Un buen guion no siempre lleva consigo una buena película. Tenemos un ejemplo lumínico, en el mismo cine contemporáneo galo, de largometraje que sí supo combinar la risa y el pensamiento ético y social: La familia Bélier (2014), de Eric Lartigau, largometraje maravilloso que contenía la sublime música de Michel Sardou.

El propósito de Legrand está intricado en la fuerza vital de la protagonista: «Espero que Las buenas intenciones consiga llegar a la mente de la gente y que traiga esperanzas en el hecho de que podemos ser todos un poquito mejor. Igual que nuestra Isabelle, que, con todos sus defectos, consigue cambiar las cosas en su mundo, espero que sepa inspirarnos para que las cambiemos en el nuestro».

Escribe Javier Herreros Martínez

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