Puñales por la espalda (3)

  04 Diciembre 2019

Crimen, trama, comedia

punales-por-la-espalda-1El espectador encontrará en Puñales por la espalda (Knives Out) una sagaz actualización del género de misterio —apodado en inglés whodunit— inspirada principalmente en las novelas y adaptaciones al cine de Agatha Christie.

La película pasa a ser el estreno —en lo que a la producción estadounidense se refiere— más interesante de la temporada (quitando la inexcusable El irlandés) y confronta directamente lo que será el fenómeno mediático y desbordado de las navidades, a saber: la última entrega de Star Wars (Star Wars: El ascenso de Skywalker).

Pues bien, ante una mastodóntica saga de aventuras sucedánea, tildada no pocas veces de remake oculto, Puñales por la espalda sabe recrear —que no imitar— los elementos fundamentales de los clásicos del suspense y el misterio adaptándolo a nuestros días —algo que el director ya supo llevar a buen puerto con su temprana Brick (2005), que llevaba el noir al instituto—, y haciendo funcionar la historia en base a un tono de ligereza muy medido: es importante que el espectador capte enseguida este tono cómplice y entre en el juego de los arquetipos, la ironía y la caricatura.

El punto de partida lo tenemos en el fallecimiento de un afamado escritor, Harlan Thrombey (fantástico Christopher Plummer), cuyo aparente suicidio reúne en su mansión a toda la una caterva de advenedizos, y a la sazón familiares.

Pero la presencia del distinguido y excéntrico investigador Benoit Blanc (un soberbio Daniel Craig) junto a los dos agentes que dicen realizar una investigación rutinaria, parece apuntar a que hay algo raro en la muerte del anciano Harlan.

Los familiares son interrogados sobre la noche de los acontecimientos —precisamente la celebración del cumpleaños del anfitrión— y se van presentando ante la cámara en relación a los demás e inevitablemente, exponiendo sus propios pareceres sobre el destino del inmenso legado editorial y la fortuna de Harlan.

Confinados en la codiciada mansión —que recuerda al escenario del más ingenioso duelo criminal, La Huella (Joseph L. Mankiewicz) recargada de fetiches, colecciones de objetos, libros y expectantes bustos y figuras— desfilan por la pantalla una serie de efectivas representaciones —si bien dramatizadas, con la exageración justa que exige la caricatura—, de reconocibles tipos modernos a quienes se dirigen no pocos dardos de crítica ácida: desde una poderosa Jamie Lee Curtis como hija mayor y autoproclamada salvaguarda de la herencia familiar; su marido, un arribista Don Johnson; pasando por un siempre solvente Michael Shannon como el torturado hijo menor, Walt, en pugna por los derechos exclusivos de la obra de su padre, junto a un engreído Chris Evans y una fabulosa Toni Collette, la superficial nuera erigida influencer.

La labor coral de sus intérpretes —se ha comentado un fantástico ambiente en el set— es una de las facetas en que brilla especialmente la película, poniendo el broche el trabajo de una talentosa Ana de Armas, centro involuntario del apresurado huracán de codicia e intereses.

Conviene resaltar la apuesta por la comedia, el tono ligero, que no debe sino elevar la valía de la película. Su director aprovecha para dejar que sus propios personajes se retraten como ávidos clasistas, desacomplejados reaccionarios y en definitiva egoístas despolitizados hechos a sí mismos —cuando no, trolls y kamikazes virtuales—; fotografía de una sociedad frívola y mediatizada, tensionada e insolidaria —las soflamas patéticas sobre la inmigración—, esperpento de la estadounidense y por hegemónica, extensible a la occidental.

Una propuesta lúdica, cómplice, llevada a cabo con buen hacer, deliciosamente escrita y contada. Rian Johnson demuestra una escritura de guion brillante y, partiendo de un homenaje al género de misterio, lo lleva un paso más allá, lo retuerce y amplía, resultando a la vez tremendamente ortodoxo: cuando parece que la mecánica del misterio y la narración pierden fuelle, acontece una maravillosa restitución, una nueva solución ingeniosamente expuesta en boca de Benoit (si Ana de Armas es la voluntad de la película, a Daniel Craig le corresponde ser el organizador del relato).

El tipo de narración nos podrá recordar a las célebres Un cadáver a los postres (Murder by Death, Robert Moore, 1976) o Asesinato en el Orient Express (1974), eso sí, exenta del toque siniestro de Lumet, y en comparación con la reciente versión de Kenneth Branagh, la apuesta de Puñales por la espalda está mucho más conseguida: el gran acierto es precisamente su modernización y que lejos de adaptar un texto concreto consigue atrapar el espíritu de la narración.

Un film en el que montaje es fundamental a la hora de acentuar los golpes de efectos, resaltar detalles, y como manda el género, retroceder una y otra vez para contar los distintos puntos de vista.

Escribe Manuel M. López

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