El hoyo (2)

  02 Diciembre 2019

No tan obvia

el hoyo-1El hoyo es la opera prima de Galder Gaztelu-Urrutia, un bilbaíno que se ha iniciado en el mundo del largometraje —y casi podría decirse que en el mundo de la cinematografía, dado que antes sólo había estrenado un corto en 2011— arrasando con todo: ha ganado el premio a la mejor película, a la dirección novel y el premio del público del festival de Sitges de una tacada; los derechos de la película han sido adquiridos por Netflix para ésta sea emitida por su canal de pago y, además, M. Night Shyamalan ha contactado con él para estudiar la posibilidad de hacer un remake.

La pregunta que cabe hacerse ante tal cúmulo de triunfos es: ¿Es para tanto? Y la respuesta es del todo menos obvia.

El hoyo es una película que, sin duda, bebe de la influencia de películas ya clásicas como Cube (Vincenzo Natali, 1997) y quizá en menor medida, de las contemporáneas Snowpiercer (Bong Joon-Hoo, 2013) o High Rise (Ben Wheatley, 2015). Se trata, como las anteriores, de una fantasía distópica que intenta plasmar una metáfora social y vital de un modo conceptual, casi enigmático, y que abunda más en el retrato y la visión crítica que en la propuesta de soluciones, evitando casi siempre resbalar en las viscosas idealizaciones de lo salvífico y en los dulzores de la moralina.  

En honor a la verdad hay que decir que El hoyo, siendo hija de su estilo y temática, quizá no llegue a la altura de la obra de Natali, pero desde luego supera con mucho las películas del británico y el coreano, tan excesivas en lo estético o pretenciosas en su mensaje, que acaban malbaratando el resultado final.

Gaztelu-Urrutia consigue, en primer lugar, atrapar al respetable con una historia que dosifica la información de manera tan ordenada como previsible, pero que precisamente por ello lo mantiene atento al desarrollo de la misma: sabemos casi en cada momento qué puede pasar, porque el implacable mecanismo del diabólico encierro se plantea muy claramente desde el principio de la película, aunque todo ello no evita que aparezcan algunos giros sorprendentes que aderezan este plato de difícil digestión.

No se me malentienda: no es que la película resulte pesada; es que, siendo sus planteamientos fundamentalmente gastronómicos, algunos resultan bastante agrios por su propio estilo: hay violencia física, psicológica y elementos de gore y escatología que destierran la posibilidad de disfrutar de una película amable.

Pero todos podemos estar de acuerdo en que el filme ganador de un festival fantástico y de terror puede recurrir a muchos de estos elementos y seguir resultando estupendo.

Otras de las virtudes de El hoyo es su dirección de actores y el buen diseño de sus personajes: estos evolucionan desde sus caracteres estereotípicos al pleno desengaño vital a medida que transcurre la película, pero sin renunciar a su personalidad primigenia: el idealista seguirá siéndolo, el realista, vengativo o pragmático también, aunque hayan añadido ciertas dosis de vinagre a su plato.

Que algo se transforme no quiere decir que desaparezca del todo, y esto me parece un detalle notable, porque resulta artificioso mostrar un tránsito radical —al estilo de Mister Scrooge— en una película de carga moral, acabando por hurtar gran parte de la autenticidad de los personajes.

el hoyo-3

La dificultad de alcanzar este equilibrio entre lo que se presenta como un tópico —son abundantes las referencias al Quijote, incluso en la caracterización física de los protagonistas— y lo que resulta como consecuencia de asumir la realidad de El hoyo es notoria, pero Gaztelu-Urrutia lo consigue, sin que el tránsito resulte irreal o forzado. El estupendo trabajo de Iván Massagué, Zorión Eguileor, Antonia San Juan y en menor medida Emilio Buale y Alexandra Masangkay sin duda, ayuda.

Habría que decir, por tanto, que El hoyo triunfa precisamente allá donde Cube no lo hacía: en el desarrollo de sus personajes. Punto para Gaztelu-Urrutia.

Pero es en su cruda metáfora sobre la sociedad actual, en principio tan «obvia» como sugiere constantemente uno de los protagonistas, donde existen perlas ocultas que dotan de mayor complejidad al asunto.

No es sólo que en una organización vertical la lucha por la supervivencia sea más desigual cuanto más abajo te encuentras en el escalafón, y que el egoísmo racional sea en ella el menos común de los egoísmos, es que los múltiples intentos de solución crean sus propias injusticias, problemas y hasta nuevas desigualdades imprevisibles.

El espectador atento reconocerá, en muchos de los planteamientos de los protagonistas, algunos de los ensayos de organización social que se han dado en nuestra civilización a lo largo de la historia, todos con resultados más o menos desastrosos. Mérito de Gaztelu-Urrutia es caracterizarlos sin paliativos, sin dar falsas esperanzas, con una sinceridad muy alejada de lo epifánico y hasta revestida de cierto humor negro.

el hoyo-4

Pero también hay que reconocer que en su último tercio, la opresiva frescura del filme se va disipando a medida que avanza el metraje o se desciende en el hoyo, hasta llegar a una conclusión que no cabe elogiar por su claridad o su capacidad resolutiva.

Llegados al final del trayecto, ni los guionistas ni la dirección parecen haber dado con la guinda del pastel —nunca mejor dicho—, y el sabor resultante del festín es agridulce.

Puede que este crítico haya sido incapaz de ver lo obvio, o puede que lo haya visto demasiado claramente. Lo cierto es que un arranque brillante para la revisión de una idea ya tratada por otros acaba de un modo tan extraño que no hace justicia al conjunto de un filme que podía haberlos superado a todos.

No obstante, la pureza formal, la capacidad para generar inquietud y tensión, la innegable fuerza visual y el trabajo del equipo actoral, hacen necesario el visionado de esta película.

No creo que debamos perderle la pista a Gaztelu-Urrutia. Aún puede conseguir más estrellas Michelín con sus platos.  

Escribe Ángel Vallejo


Más información sobre distopías verticales u horizontales:
High Rise
Snowpiercer
Cube

el hoyo-2