Los miserables (2019) (2)

  01 Diciembre 2019

En los suburbios parisinos

los-miserables-0No se confundan. Más allá de la frase que esta cinta toma prestada de la novela de Víctor Hugo para cerrar su discurso, un pequeño y esporádico apunte en un diálogo y el espíritu de rebelión que también comparten ambas obras, Los miserables de Ladj Ly no se basa ni tan siquiera libremente en el texto icónico del autor francés. Y sin embargo, uno puede sentir toda la furia y la desesperación que ambos documentos suscitan en el lector/espectador de los hechos.

Los miserables llegó a Cannes de la pasada edición y desde el momento en que terminó su proyección parecía destinada a llevarse alguno de los galardones. Es una de esas cintas que nacen como necesarias, que tan bien suelen sentarles a los certámenes cinematográficos europeos y que se presentan al mundo como filmes de denuncia de alguna situación social. Desde luego, se llevó uno de los premios medianamente gordos y nos ha dado a conocer al activista Ladj Ly, quien se llevó el César al mejor cortometraje por el mismo retrato que aquí hace basándose en su propia vida.

Ly, de origen maliense y criado en los suburbios parisinos, creció —según relata él mismo— entre cacheos policiales y toneladas de basura y sabe perfectamente el mensaje que le quiere lanzar al mundo. No en vano, sigue viviendo en uno de esos barrios marginales que retrata en su película y en los que creció filmando todo aquello que sucedía en esos bloques de hormigón de los que nadie se acuerda a no ser que salgan en la prensa debido a algún desafortunado suceso.

«Es fácil convivir con los demás cuando tienes dinero, cuando no lo tienes es mucho más complejo, necesitas compromisos, apaños, triquiñuelas… es una cuestión de supervivencia. Para los polis también, viven en modo de supervivencia, las cosas no son fáciles para ellos. Mi película no es pro nadie, he intentado ser lo más justo posible. Tenía diez años la primera vez que la policía me paró, así que te puedes hacer una idea de lo bien que les conozco. La mayoría no tiene educación y viven en malas condiciones y en el mismo barrio», declara.

Porque Los miserables es, tal y cómo apunta Ly, un verdadero grito de alarma hacia una de esas zonas marginales y absolutamente empobrecidas en las que a ninguno nos gustaría vivir y en las que conviven más de 30 nacionalidades distintas. En tamaña torre de Babel es fácil entender que las tensiones entre etnias, autoridades y grupos sin escolarizar están siempre al borde de la detonación.

«No ha cambiado nada, y esto es un disparo al aire, porque estamos hablando de nuestra juventud, de niños en barrios difíciles y esas banlieus son un desastre en términos de educación, cultura… todo está mal. Mucho antes de que llegaran los chalecos amarillos ya teníamos a gente pidiendo derechos, ya teníamos violencia policial en estos barrios, los disparos con pelotas han ocurrido siempre, y parece que la gente lo descubre ahora», indica el realizador en el dossier de prensa de la cinta. Con esta carta de presentación no resulta difícil hacerse una idea clara del relato que propone.

Una vuelta por el barrio

Arranca el relato con la celebración en los Campos Elíseos porque Francia se ha proclamado campeona del mundial de fútbol. Un grupo de niños y adolescentes saltan y gritan para celebrar la victoria. Aunque parece que más que desprendan alegría desprendan una ira, una ira furibunda. Todos ellos son hijos de la inmigración, la mayoría de descendencia africana. Y esa ira descontrolada que exudan es la que marcará el tono de toda la cinta.

A continuación conocemos a Stéphane, quien acaba de unirse a la Brigada de Lucha contra la Delincuencia de Montfermeil, un suburbio al este de París. Es asignado a trabajar con dos nuevos compañeros, Chris y Gwada, ambos perfectamente experimentados en la decadencia de la zona y en los entresijos que se dan a diario en esta barriada.

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A partir de este momento, asistimos a una narración poliédrica que sigue por igual tanto al trío policial como a los habitantes de la zona, haciendo una panorámica certera y libre de juicios que funciona a la perfección como fotografía y crónica sociológica, ausente casi de argumento hasta que sucede un hecho nimio. Uno de los niños de color a los que hemos ido siguiendo decide robarle a una comunidad circense de gitanos un cachorro de león, haciendo que todas las tensiones entre etnias empiecen a llevarse a ebullición.

Pronto conocemos el papel que desempeña cada uno en esta historia, casi como si los tres personajes protagonistas, los agentes de la autoridad, respondieran a una voluntad de prototipizarlos en clichés reconocibles. También tendremos entre sus diálogos la contradicción del documentalista social: mientras que todo lo que se cuenta rezuma verdad y alarma, también nos percatamos de que unas lecciones morales de libro de bolsillo se cuelan entre líneas.

Es en esta tesitura en la que parece que se encalla Los miserables. Su gran virtud es rodar con pleno conocimiento de lo que cuenta unos hechos a ritmo frenético. Es hacernos vibrar con esa ira contenida que finalmente terminará por estallar y conducirnos hacia una secuencia final que lo eleva todo a la enésima potencia, que quizás sea lo mejor de la cinta, y por la que parece que se haya construido toda la película a su alrededor.

Ladj Ly se revela en esta opera prima como un narrador habilidoso, consciente de que está hilvanando un tour de force orientado a su desenlace  y alcanza su mejor baza en la voluntad impuesta de no posicionarse del lado de ninguno de sus personajes. Incluso en provocar en el espectador una rabia y unos sentimientos absolutamente contradictorios que ponen en jaque la ética, la política y en especial el sistema en el que vivimos.

Los miserables es un arma arrojadiza, comprometida y eléctrica, que mezcla el drama policial, el thriller y el realismo social. Su cámara es puro nervio y sus ideas, aunque caigan en varias ocasiones en las trampas moralizantes, funcionan bien ante la misma.

Si bien es un aparato artificioso, también resulta incendiario y gratificante en su visionado.

Escribe Ferran Ramírez

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