Liberté (3)

  24 Noviembre 2019

La abuela de Albert Serra

liberte-1El cine de Albert Serra siempre me ha hecho plantearme una cuestión de muy difícil respuesta, si es que acaso la tiene: ¿Se puede separar la obra del autor? Esto es algo que otros artistas también despiertan en mí, no es Albert el único, y en mi caso la solución a esta pregunta es muy ambigua. Y es que hasta cierto punto puedo tratar de valorar una película en sí, pero en algunas ocasiones o aspectos me es imposible dejar de lado la personalidad del director.

Por ejemplo, en la situación de que se demostrase realmente que Woody Allen ha cometido abusos sexuales este cobraría para mí un matiz despreciable como persona, pero sus filmes me seguirían encantando. No podría pues condenar su obra por sus actos personales. Pero la trampa está en que en este caso partimos de un cineasta que sé qué es lo que despierta en mí, sé que me gusta y por qué me gusta. Por lo tanto, un cambio en su vida real me provocaría, por supuesto, una reacción ante él, pero esta no influiría en mi disfrute o apreciación de sus películas.

Si nos fijamos en cambio en Serra, me encuentro con un cine que me interesa y me atrae pero que no termino de comprender. Y esto último no es importante ya que creo que algo puede agradarnos sin necesidad de entenderlo por completo. La fascinación va mucho más allá de la comprensión clara y del conocimiento conciso. Es algo que siento y sentimos con muchos directores. La diferencia radica en que algunos de ellos me transmiten buenas sensaciones, otros no, y otros ni siquiera sé que me aportan. Son un enigma completo.

En este último apartado se encuentra Albert. Es un autor cuya obra no me llena. Me llama la atención pero no me provoca reacciones positivas ni negativas. Entonces, para tratar de rellenar ese hueco que su cine me deja, acudo a él. Investigo, leo, veo. Intento comprenderle o que me transmita algo de otra forma, ya que a través de sus películas no puedo entenderlo o sentirlo, o al menos no del todo. Ni siquiera me provocan una sensación valorativa. Me dejan, a pesar de que sea una contradicción, con un interés indiferente.

Acudo pues a Serra y me encuentro con una persona que más bien parece un personaje. Leo y veo sus entrevistas y sus charlas y lo único que soy capaz de atisbar es un ego desmedido e infantil. Llega a ser tan exagerado que sigue sin despertar en mí una reacción positiva o negativa, sino un interés particular por su forma de ser y por cómo ha llegado ahí. Pero lo que si tengo claro es que esa personalidad lo hace, a mi parecer, desmerecedor de su cine.

Albert Serra se empeña tanto en ensalzarse a sí mismo y en considerarse un autor que se olvida de lo que está haciendo. Se pierde él y también se pierden sus películas. Se sitúa por encima de su cine, cuando debería ser al revés. Si algo es una obra de arte es su personalidad al completo, pero no sus filmes, que se convierten en un mero instrumento para satisfacer su orgullo artístico.

Por ello, cuando vuelvo a bajar a sus películas después de haber subido hasta él, me encuentro con un quiero y no puedo, con un perro ladrador poco mordedor. El enigma de sus obras resulta ser un vacío, ya que no parece haber una verdadera intención en ellas más allá de la auto-complacencia. Serra resulta ser un buen imitador, una persona con muy buen gusto que sabe que coger y como reutilizarlo en su beneficio.

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En el caso de Liberté hay un poquito de Buñuel (El ángel exterminador), otro poquito de Pasolini (Saló o los 120 días de Sodoma), y finalmente un poquito más de Bresson. Si esto ha sido una apropiación directa o no, nunca lo sabremos, ya que Albert dice que entre sus influencias no hay cine. Y no voy a desacreditarle básicamente porque no puedo hacerlo, lo cual tampoco impide que pueda relacionar su película con otras, ya que la historia del arte es la historia de la retroalimentación.

Serra tiene un sistema de trabajo realmente interesante. Entiende el cine como un proceso y no como un resultado, algo que comparto por entero. La forma en la que elige o dirige actores, la atmósfera que crea en sus rodajes, y otras decisiones que toma como director son geniales. Pero no es ni el primero ni el único en hacerlo, lo cual no importaría si no hablase como si fuese el autor más especial del planeta.

Y es que se le ve el plumero. Se ve qué es lo que quiere ser. Su provocación por tanto no parece honesta, no parece tener una intención o una necesidad como si creo que lo tienen el cine de Buñuel, Pasolini o Noé. Cuando buscas no gustar (y esto es algo que Serra ha reconocido) caes en lo mismo que cuando buscas gustar. Creo que un director no debe buscar una reacción, solo dejarse llevar por sus impulsos sin pensar en el que pasará. Por eso los provocadores son tan difíciles de asimilar. Uno no sabe hasta qué punto lo hacen por ego.

De Serra me gustan más sus películas que él mismo. Y de éstas debo decir que tampoco me parecen precisamente especiales. Más que un artista o un autor me parece un circense con un discurso y un espectáculo muy bien interiorizados y ensayados.

Escribe Pepe Sapena 

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