El cuarto reino: El reino de los plásticos (4)

  22 Noviembre 2019

El reciclaje del sueño americano  

el-cuarto-reino-1El plástico está ahogando a la misma sociedad que a mitad del siglo pasado veía en este nuevo material uno de los mayores progresos para el futuro de la humanidad.

Una voz en off auspicia en una especie de No-Do a la americana, las maravillas que los plásticos provocarán en el futuro de las personas, haciendo que su vida sea más práctica, cómoda y bella.

Con este prólogo superpuesto a las imágenes de un centro de reciclaje, situado en Brooklyn, empieza El cuarto reino: El reino de los plásticos (2019), la película documental que Alex Lora y Adán Aliaga han realizado a partir de un cortometraje previo, The fourth kingdom (2017), sobre el mismo tema.

Juntos han escrito, dirigido, fotografiado y montado este largometraje sobre la realidad neoyorquina menos glamurosa. Ambos autores conocen bien Nueva York y esta historia de supervivencia los coloca de nuevo en el lado oscuro de la gran urbe. En ella han coincidido con la ONG Sure we can (fundada en 2007 por la monja española, Ana Martínez de Luco), un microcosmos solidario que ellos han bautizado como El cuarto reino y que viene a ser como una metáfora de la sociedad de hoy en día.

Alex Lora es, pese a su juventud, todo un veterano cineasta. Un creador completo, de esos que controlan casi todas las facetas de la profesión (guión, dirección, producción, fotografía, montaje, sonido) y que tiene a sus espaldas una brillante trayectoria reconocida internacionalmente, con multitud de premios en festivales de todo el mundo. 

Inquieto, inteligente e incansable trabajador, preocupado por los temas sociales, marginales y de discapacidad, ya había realizado varios cortometrajes (Mirada robada, Nómadas...) cuando hace diez años nos cautivó a todos con su poética y distópica (En)terrados (2009), una pequeña joya que anunciaba una realidad (juventud, infraviviendas y precios abusivos) hoy, tristemente, más vigente que nunca. 

Aunque compagina el corto de ficción con el documental, es en este último género donde nos ha dejado en los últimos tiempos otros comprometidos ejemplos como: Odysseus’ Gambit (2011), sobre la supervivencia de un músico callejero camboyano en Nueva York;  Godka circa (2015), sobre la vida de una pastora somalí; Parivara (2016), basada en historias reales de niños del orfanato Goldungha para ciegos de Nepal y el ya citado The fourth kingdom (2017). En 2015 también realizó el largometraje documental The father’s chairs/La silla de mi padre, co-dirigido con Antonio Tibaldi.

Adán Aliaga es otro cineasta todo terreno, ganador del premio de guion de la SGAE 2016 y autor de un largometraje documental muy reconocido internacionalmente, La casa de mi abuela (2005), y otros como Esquivar y pegar (2010) o La mujer del Eternauta (2011), además de varios trabajos de ficción.

El documental visibiliza una realidad poco conocida, pero consustancial a una gran ciudad como Nueva York: la de los canners (recogedores de latas y botellas). Cientos de personas acuden cada día a éste y otros espacios similares, a intercambiar por dinero (5 centavos la pieza) los envases que recogen hurgando entre la basura.

En un principio era una labor asociada a los homeless, inmigrantes (asiáticos y latinos sobre todo) y parados, pero en la actualidad mucha gente considerada «normal» consigue pagar la renta y los estudios de sus hijos con los ingresos que obtienen durante interminables jornadas de trabajo. «Muchos jóvenes americanos están viviendo y pueden ir a la universidad porque sus padres pasan el día recogiendo latas por las calles…», dice Aliaga.

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Para muchas de estas personas este espacio es como un hogar, un lugar de encuentro donde pueden hablar y compartir sus alegrías y sus penas. Algunos de ellos han conseguido incluso formar parte del equipo de trabajadores de la ONG y se sienten agradecidos y felices. Para ellos este reino de los plásticos es la realización del sueño americano.

Esta versión ampliada del corto retrata más profundamente a algunos de estos personajes, como René, inmigrante ilegal mexicano (instalado en el centro a tiempo completo) que busca redimirse de un pasado de alcoholismo para volver a su país con su familia; Walter, de Guatemala, muy aficionado a fabricar gafas especiales; el expianista de jazz Pier, un americano venido a menos tras una fuerte depresión, que ameniza las jornadas tocando el órgano; o su compatriota Eugene que intenta huir de su adicción a las drogas concentrado en tareas de compostaje. Todos ellos reunidos por la fundadora, Anita, como la llaman con cariño, una mujer buena, paciente y entregada que cree que su misión en este «reino» ya ha terminado y son otros los que deben continuarla.

La cámara se recrea en la cotidianeidad de sus vidas, en su trabajo diario, en sus relaciones de convivencia, reflexiones y conversaciones sobre los misterios del universo, creencias y deseos, ilusiones y esperanzas… sin forzar la naturalidad de lo espontáneo. La intención es dejar que la vida/historia fluya y se deconstruya «sin intervenir, siempre desde un punto de vista observacional, poético», matiza Lora.

La cámara escruta el espacio con sostenida insistencia, a través de largos planos fijos, dejando que sea, a veces, la propia realidad la que intercepte nuestra mirada. En otras ocasiones es intención de sus creadores que reparemos en pequeños y/o significativos detalles, como esa cinta adhesiva que cuelga en espiral plagada de moscas, el árbol que se abre paso hacia el cielo, entre escombros, el retrato de Gandhi o la máxima de Einstein escrita sobre un papel en la pared: «Somos como náufragos en medio del mar, intentando mantener el equilibrio en un miserable tablón, pero una vez que aceptamos eso, la vida nos resulta más fácil» (en inglés en la película).

Su manera de narrar, de lo general a lo particular, de lo natural a lo significativo, de lo sórdido a lo poético, y de deconstruir la mirada, no renuncia a la sensibilidad ni a la estética (con bellos y simbólicos encuadres) contemplación de la belleza que subyace en este universo desgastado, un espacio «casi mágico», armonioso en su caos ordenado y profundamente auténtico.

El cuarto reino es un gran documental sobre un magnífico proyecto, Sure we can, cuyo objetivo integra la solidaridad humanitaria con la sostenibilidad medioambiental y el empoderamiento económico de los más vulnerables aportando dignidad a su trabajo y ofreciendo una nueva oportunidad de «reciclaje» a las personas y a los residuos que recogen.

Escribe Leo Guzmán

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