Doctor Sueño (3)

  15 Noviembre 2019

Los trucos de una mente que resplandece

doctor-sueno-1En Doctor Sueño, Ewan McGregor interpreta a un adulto Dan (Danny) Torrance, el mismo que de niño, años atrás, recorriese los pasillos del Hotel Overlook montado en su triciclo, sobre el famoso tricotado geométrico. Cualquiera puede recrear en su cabeza con poco esfuerzo estas imágenes de El resplandor.

La película de Stanley Kubrick ha acabado alcanzando tal nivel de iconicidad, de fenómeno de la cultura popular, que se comporta como un oscuro centro atractor, un objeto fílmico ineludible, como la silueta inmóvil de un espectro a los pies de la cama. Hay que reconocer como poco la audacia de Mike Flanagan para adentrarse en una habitación autoral prohibida, esquiva y laberíntica. Aunque lo hace partiendo de una nueva novela del mismo Stephen King.

Pero conviene abrir un paréntesis y reflexionar sobre algunos fenómenos en la historia cinematográfica reciente antes de valorar por sí misma a Doctor Sueño.

Por una parte, el encasquillamiento creativo de la gran industria, que solo apuesta por grandes sagas (Universo Marvel, sagas de Misión Imposible, James Bond, Fast and Furious), franquicias y productos clonados o derivados (como lo son Prometheus y Covenant de la saga Alien, las entregas de Jurassic World a partir de Jurassic Park, y otro tanto con Godzilla, Jumanji o los live-action de los clásicos Disney) para los que no paran de surgir nuevos términos de etiquetado: lejos quedó el clásico remake, bastante explotado durante los 90, para dar paso a la precuela, el spin-off o, si la cosa no resulta como se esperaba, el recurrido reboot.

Por otro lado, el componente nostálgico —que no sabemos si alguna vez supuso tan solo un valor añadido— es ahora directamente el principal reclamo, constituyendo una especie de nueva escatología, de extraña «paracinefilia», por la que el interés por ver algo en pantalla deviene de una obra referencial que lo sustenta (la vigente saga Star Wars, la continuación de Terminator auspiciada por el propio James Cameron o el nuevo Blade Runner 2049): la consagración de un cine-marca.

Por último, la obra de Stephen King, un autor que se ha llevado a la pantalla en múltiples ocasiones y con gran éxito, a pesar de que arrastra cierta mala fama debido a sus adaptaciones menos conseguidas, parece vivir de un tiempo a esta parte un resurgir cinematográfico: desde la Torre Oscura (2017), Cementerio de animales (2019), la serie Castle Rock (2018), también En la hierba alta (2019), junto con It e It: Capítulo 2. entre 2017 y 2019.

En este contexto, ¿cómo acometer la continuación cinematográfica de una obra tan potente como El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) sin preservar su hipnótica iconicidad?

El reto de Mike Flanagan no consistía tanto en no dejarse lastrar por ese objeto ineludible, sino en saber sortearlo con habilidad, ofrecer imágenes nuevas y conseguir que el material precedente jugara a su favor. Y en parte lo consigue.

A sabiendas de que era inevitable mantener el reclamo de su predecesora, la película se entrega a las citas visuales cuando toca, dejando a Flanagan la oportunidad de desplegar algunos trucos. Desde el prólogo podemos averiguar que no vamos a entrar en un símil del original. Las decisiones de puesta en escena y montaje son marca de la casa de Flanagan, de un lenguaje actual, como también lo son el tiempo empleado en presentar la historia y a los personajes, el desarrollo de tramas paralelas y la disposición de la información y los distintos sucesos, montados como una serie de trampas de efecto.

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Flanagan hace funcionar sus estrategias, similares a las de su eficaz Oculus: el espejo del mal (2013) y más pulidas en su brillante La maldición de Hill House (serie para Netflix de 2018), para alternar presente y pasado y, en esta ocasión, para compartimentar la trama, escenificar contiendas sobrenaturales dentro de la mente (recordando a Pesadilla en Elm Street: Los guerreros del sueño), vuelos astrales y percepciones extrasensoriales con inventiva y efectismo propios que enriquecen la película.

Pese al carisma de Ewan McGregor, su personaje así como el del resto, no llega a cobrar verdadera tridimensionalidad. Sí alcanzan, en conjunto, un dibujo lo suficientemente atractivo como para transmitir emoción y asegurarnos un buen entretenimiento, con la mención especial de Kyliegh Curran como la niña Abra (en la escena de la «posesión» en el todoterreno, con los ojos refulgiendo, algo ya visto en el cine de Flanagan) y Rebecca Ferguson encarnando a la villana de la función, Rose The Hat.

Esta y su comuna de hippies espectrales resultan fascinantes (qué bien le hubiera venido a la última entrega de X-Men: Fénix Oscura acercar a este concepto el papel de Jessica Chastain); persiguiendo ese hálito vital en forma de vapor que emana de sus víctimas son capaces de dar momentos de terror, suponiendo el contrario de la pandilla superheroica, casi una versión adulta de Los cuclillos de Midwich (John Wyndham), pasada por el filtro de los 60.

Por el contrario, hay momentos en que la información se transmite al espectador en diálogos sobreexplicativos (si de algo adolece el cine actual es de falta de sutilidad, de poca confianza en contar con imágenes), durante los cuales la planificación cae en lo rutinario y televisivo, incluso hay cierto carácter episódico en el desarrollo de la historia.

Esto, sumado a un trabajo de adaptación que inevitablemente atropella a algunos personajes y situaciones (cuánto más interés podría haber tenido el tiroteo en el bosque y el personaje de Cliff Curtis) deja algo deslavazado el conjunto: muestra de ello es lo pasajero que resulta, casi anecdótico, el apodo de Doctor Sueño para el adulto Dani Torrance.

Escribe Manuel M. López

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