Retrato de una mujer en llamas (4)

  05 Noviembre 2019

Arte y pasión: Amar y conocer lo creado

retrato de una mujer en llamas-1Marianne ha recibido el encargo de pintar el retrato de una joven, Héloïse, que va a casarse. Es una nueva artista que trata de realizar un cuadro imposible, cuya cara no han podido retratar otros pintores.

Marianne es una pintora que, a menudo, por su condición de mujer ha ocultado su identidad, atribuyéndolos a su padre. Estamos en 1770. Dos mujeres luchando por la libertad creadora, personal, en una sociedad tramposa donde la mujer no tiene sitio: un juguete en manos de quien orquesta sus vidas: una madre rica, condesa, que obliga a su hija a casarse para poder llevar (la madre) una vida mundana, al tiempo que ordena a otra mujer, la artista, la ejecución de un cuadro con un tiempo limitado y que, a su vez, trata de ignorar la realidad que le rodea.

Una realidad tras la que se esconce el suicidio de la otra hija para no caer en las redes del mismo matrimonio de conveniencias que ahora recae sobre la joven hermana sacada de un convento (un refugio para ella) para hacer posible esa unión. En ese ambiente, también encontramos la presencia de una criada que se sabe embarazada y opta por perder el hijo.

Mujeres aisladas, encerradas en una gran mansión que, a su vez, para que la prisión sea mayor, está en una isla.

La acción transcurre en una isla francesa, donde los hombres no parecen existir, pero son los que, sin duda, desde fuera de ese entorno siguen ejerciendo su mandato y su necesidad para que la mujer pueda sentirse ¿segura?, ¿mirada?, ¿respetada?

Al comienzo del filme, Marianne dirige una escuela de pintura. Habla a sus alumnas, ejerciendo ella de modelo, sobre la forma de actuar, de mirar. Una de las alumnas se fijará en un cuadro que representa a una mujer en llamas, en un paisaje. A partir de ese momento la película introduce al espectador en el cuadro, en la razón de su existencia, lo que supone el recuerdo para Marianne.

En su marcha, en la barca que la llevará a la isla para pijntar el cuadro de alguien que no conoce, ante un golpe de mar, verá cómo sus lienzos, vírgenes de pintura, son arrebatos por el agua. La mujer se tira al agua para recoger el fardo que los contiene. Es su vida, la razón de su existencia y no puede perderlos. La fuerza del arte, del artista negándose a claudicar ante algo que le quieren arrebatar

En la isla, la casa aislada, conocerá el encargo, la dificultad que supone pintar algo que desconoce y que es preciso conocer. Pero ¿qué significa conocer?

Marianne deberá engañar a la joven que debe pintar por imperativo materno. No le gusta posar, por lo que tendrá que aparentar no ser pintora. Será una mujer de compañía, que acompañará a la joven en sus paseos por los alrededores y evite que acabe, como hizo su hermana, por saltar por un precipicio y despeñarse hasta el mar.

La artista empezará a mirar, a conocer, a saber cómo, quién es la persona que debe retratar, pero a su vez la joven retratada deberá conocer a quien haga su retrato. El filme, al partir del encuentro de ambas mujeres, concentrará ambas miradas, en busca de la otra persona. Artista y modelo se identifican. La mirada de una se corresponde y se refleja en la mirada de la otra. Conocerse en un sentido total. Y la mirada, en un continuo pase de unos personajes a otros, se convierte en el centro del filme.

La primorosa secuencia de la primera salida de ambas, en la que pasan del desconocimiento al conocimiento, es ejemplar. No sabe Marianne quién es, cómo es Héloïse. Desconoce todo de la mujer que debe pintar. El espectador, como ella, tampoco sabe nada de la joven. Al mismo tiempo, Héloïse la va descubriendo. Bella escena.

La mujer sale de la casa hacia el mar, detrás de ella Marianne. Sólo la ve de espaldas, pero toda ella queda oculta por una capa que incluso cubre su pelo. En su presuroso andar, la caperuza que cubre su pelo se va deslizando hasta dejar al descubierto su rubio cabello. Después ambas, en el mismo plano, mientras disimulan tratando de mirar hacia el frente, ojean a la acompañante. Una a la otra. Sus miradas no se cruzan, tratan de ocultarlas. Desde ese instante, la mirada, la búsqueda para aprehender gestos, para reconocer los mínimos detalles, lo que son y significan, será primordial en el devenir de la historia.

retrato de una mujer en llamas-5

La falsedad dará paso a la veracidad. Y al conocimiento de la pasión, de la necesidad de aprehender la realidad del otro, su existencia para compartirla y hacerla suya. Sólo así la obra, la verdadera, podrá salir a la luz, se hará verdad y arte.

En el apartado crítico del diario El País, a raíz del filme, Javier Ocaña recordaba una frase del pintor alemán Caspar David Friedrick (1774-1840): «El pintor que no vea ningún mundo dentro de sí mismo que deje de pintar». Es, en cierta medida, la propia esencia de este filme, que por otra parte, en su inmensa belleza plástica, recuerda los cuadros del pintor alemán, especializado en paisajes y marinas, con un determinado simbolismo. Marianne sólo cuando entra en lo retratado consigue arte, de la misma manera que Héloïse podrá entregarse y ser un todo, capaz de ser objeto de arte. También de vida. Porque arte y vida se aúnan.

Al igual que las pinturas de Friedrick, la directora del filme dota a sus imágenes de metáforas, unos símbolos que escenifican la propia historia. Desde la alegórica isla hasta las llamas (pasión), las olas embravecidas, el color de los diferentes momentos, las apariciones o el trasfondo cultural dotarán riqueza a la historia narrada.

No solamente serán las pinturas, el arte de Friedrick, el reclamado por la directora Céline Sciamma sino también el mito de Orfeo, la narración de sus amores con Euridice y su adiós después de la fatídica mirada de Orfeo a su amada, a pesar de la prohibición de hacerlo y con ello la condena a una eterna despedida.

No se trata aquí de la pasión amorosa de Orfeo y Euridice sino de otra pasión amorosa, prohibida como la de los amantes, pero ahora en mayor medida al ser dos mujeres las que se encuentran y viven la pasión amorosa. Orfeo/Marianne antes de dejar la casa de su amada hecha la mirada atrás y no ve siquiera a la mujer de la que se despide sino una imagen fantasmagórica que señala esa terminación de un todo: el amor, la grandeza y el arte que supone el cuadro pintado.

Pasión y arte se unen, pues, en una búsqueda de la personalidad de la otra persona en el afán de conocerla, de hacerla suya, de la misma manera que la modelo conocerá y hará suya a la artista. Para conseguir el arte, apropiarse de él, hay que conocer.

retrato de una mujer en llamas-5

Si más arriba citábamos una frase de Friedrick, muchos otros artistas lo han testificado, como, por ejemplo, el director de cine, dramaturgo y escritor Elia Kazan: trabajar y conseguir una gran actuación de sus actores sólo era posible si los conocía a la perfección. Por eso, cuando iba a dirigir una película o una obra de teatro, comía y paseaba con los que iban a interpretar sus películas, con el fin de sacar lo mejor de ellos, de posibilitar hacer verdaderos a sus personajes

Céline Sciamma (1980) ha dirigido cinco películas —cuatro largometrajes y un corto—, ésta es la tercera que conocemos de ella, después de las interesantes Tomboy y Girlhood. El largometraje sin estrenar en España fue su primer filme, Naissances des pieuvres, 2007. También, aparte de los guiones de las películas que ha realizado, ha escrito, entre otros, Cuando tienes 17 años (2016), de André Techine, y La vida de Calabacín (2016), de Claude Barras. Una mujer con un gran porvenir en la profesión como demuestran cualquiera de los títulos citados y donde la mujer y el mundo por el que lucha, tiene gran presencia.

Quizá de todas sus películas la más conseguida sea ésta que comentamos. Aquí el protagonismo de las mujeres y su lucha por ser eclipsa todo lo demás. Una necesidad de salir del aislamiento señalado por la isla donde se desarrolla la acción y por la época. Mujeres que reafirman la necesidad de expresar y dar vida a sus emociones, siempre cercadas o imposibilitadas para salir.

Una de las secuencias importantes, es aquélla en que Marianne toca en un piano desafinado las notas de El verano, perteneciente a Las cuatro estaciones de Vivaldi. Ante la pregunta de Heloïse sobre si es una melodía alegre, Marianne contesta que no es alegre, pero está viva. Para a continuación pasar a explicar la fuerza, la pasión que hay en esa melodía.

Una melodía que tendrá su razón de ser posteriormente, en uno de los dos magníficos cierres que tiene el filme, como luego indicaremos. Para adentrarnos en ella hay que aludir a otro momento importante, aquél en que Marianne pinta sobre el libro que lee Heloïse (se lo ha entregado la propia Marianne, pues es el que ha llevado a la isla) y que es, claro, Orfeo. Al final de un capítulo hay un espacio en blanco y allí, para que la recuerde Heloïse, se pintará a sí misma. Aunque sean pintadas por la misma autora, de esa manera ambas habrán sido inmortalizadas desde su pasión amorosa. En este caso, Marianne necesitará verse en un espejo, pero, importante, el pequeño espejo en el que se refleja su imagen, se encuentra colocado sobre el sexo de su amante.

retrato de una mujer en llamas-4

Los dos finales hacen referencia a las dos escenas señaladas.

Al terminar el relato de su historia, del cuadro que refleja el fuego pasional, relata que vio posteriormente don veces a HéloÏse: una vez, no en persona, sino en un cuadro; y la otra, en un teatro, a lo lejos.  Héloïse se ha casado. Tiene un hijo, representado en el cuadro, pero a pesar de la riqueza de su marido, de la vida aristocrática que vive en Milán, se encuentra sola. Pero seguramente vive, porque ha aprendido a hacerlo. Y el recuerdo de sus vivencias la empuja hacia adelante.

En el primero de los finales, Marianne recuerda la primera vez que volvió a ver a su amada. Tuvo lugar en una exposición. Allí ella ha presentado un cuadro, el de la mirada prohibida de Orfeo a Euridice (el recuerdo de su despedida de la mansión donde conoció y pinto a Heloïse: su mirada, sin posible correspondencia, dirigida hacia su amada que no está), que simbolizó también su despedida. Un cuadro vivo que se ha visto obligado a atribuir a su padre.

Pero si le es negado el triunfo como pintora —imposibilitada para pintar determinados temas por ser mujer—, en esa sala de exposiciones recibe el mensaje lanzado por Héloïse en un cuadro, donde ella aparece retratada con su hijo. Está seria, triste pero no ausente, mientras en sus manos se encuentra un libro en el que uno de sus dedos se cuela por una determinada hoja, aquella sin duda donde Marianne se pintó a sí mismo para que nunca la olvidase. El recuerdo trascendiendo el tiempo, convirtiéndolo en eterno presente amoroso.

El segundo final transcurre en un teatro. A él acuden ambas mujeres. Marianne recuerda cómo vio a Héloïse a lo lejos. Incapaces de comunicarse, debido a su distinta condición social: mientras ella forma parte del pueblo, Héloïse es una privilegiada mujer casada con un noble. Marianne ocupa las localidades altas, Héloïse un destacado palco. Mientras la artista está rodeada de público, su antiguo amor está sola en el palco. El plano, desde la mirada de Marianne, se centra en Héloïse durante esta parte final, mientras se escucha la música de una orquesta fuera de campo interpretando El verano. La misma melodía con la que Marianne, en aquel piano desafinado, comenzó a hacer vibrar, vivir, a Héloïse.

retrato de una mujer en llamas-2

Un plano inmenso, uno de los mejores finales del último cine, por el que, mientras se escucha la música, asistimos al lloro y la risa de la mujer, recordando, sin duda, aquella su primera gran pasión amorosa, su conocimiento de los otros y de sí misma, la razón de vivir. Después, la película termina sobre las últimas palabras de Marianne certificando que aquella fue la última vez que vio a Héloïse.

Filme metódico y melódico, dominado por la mirada como punto esencial de la historia, de gran plasticidad, alumbrado por la referencia a los cuadros de Friedrick y por unos colores que también tratan de encontrar la simbología buscada por el pintor alemán.

Un buen guión, premiado en el festival de cine de Cannes, y unas estupendas interpretaciones sirven para acreditar los sobrados méritos de un filme que también tiene la imperfección que siempre existe, sus sombras, sus momentos más débiles y, algunos, demasiado potenciados en su idea.

Entre sus deméritos se pude citar el personaje de la criada, no bien definido (sin embargo la condesa, a pesar de sus cortas intervenciones, si lo está), incluyéndose, alrededor de ella, una serie de situaciones que son, con mucho, lo peor del filme: la escena en el bosque y, sobre todo, el aborto que le practican. Una secuencia fallida por su ansia, incomprensible, de tremendismo y (falsa) efectividad al mostrar a un niño pequeño (y otros muchos gateando por la casa de la mujer abortista mientras trata a la embarazada) al lado de la criada mientras se le efectúa el aborto. Un señalamiento incomprensible dentro de una película sugerente y alejada de efectismos gratuitos

Con todo, un buen filme, que aboga por la libertad de la mujer y sus opciones para elegir el ser amado dentro de una propuesta donde el triángulo arte-amor-pasión se convierte en dominante de sus imágenes.

Escribe Adolfo Bellido López

retrato de una mujer en llamas-3