La trinchera infinita (4)

  02 Noviembre 2019

El secreto de sus ojos

la-trinchera-infinita-1La desesperación que desencadena todo conflicto bélico lleva al ser humano a cometer hazañas inimaginables con el fin de sobrevivir. La astucia, el sacrificio o la solidaridad son la base de este tipo de gestas que, con el paso del tiempo, siguen acongojando al público y desenmascarando el lado más bárbaro de la humanidad, irreductible hasta el día de hoy.

La Guerra Civil y la posterior Dictadura acarrean numerosos de estos sucesos y La trinchera infinita ejemplifica el caso de los «topos», es decir, personas que se escondieron durante años o décadas en huecos dentro de sus casas por temor a las represalias del régimen franquista.

Un relato sobre el miedo y la vulnerabilidad que entronca con esas «pequeñas historias extraordinarias» de carácter muy humano que Jon Garaño, José Mari Goenaga y Aitor Arregi ya plasmaron en la cruzada del gigante de Handia (2017) o esas mujeres conectadas por un ramo de flores en Loreak (2014).

El trío Moriarti abandona los valles de Euskadi para instalar en la Andalucía interior una obra de madurez que engloba los mecanismos del thriller, la pieza de cámara, el melodrama y hasta algún repunte de humor, en la que confluyen la visceralidad y una exposición sentimental que no está reñida a la ñoñería barata de otras propuestas. Narrada con firmeza durante casi dos horas y sin los simbolismos de otros cronistas como Saura o Erice, la película huye del maniqueísmo y es capaz de sacar a la luz el egoísmo, la dominancia o la vileza de la víctima.

Todo ello con la exquisitez plástica propia de los vascos, en la que el nerviosismo de la cámara en las primeras escenas se transforma a una reposada penumbra con la que estudiar la mirada voyeurística del protagonista encerrado, que constituye un punto de vista irremediablemente claustrofóbico.

Porque La trinchera infinita es también un estudio detallado de los ojos de Antonio de la Torre y su gama de emociones, magníficamente plasmadas en otro tour de force de un intérprete incombustible. A su nivel está una Belén Cuesta fuera de su zona de confort, que se destapa como una gran dama dramática, en una faceta más contenida de lo habitual en ella. Dos actores pletóricos para la crónica de un matrimonio a lo largo de tres décadas furtivas, oscuras, silenciosas, pero con un rayo de luz asomando por la claraboya.

En tiempos donde la represión vuelve a hacer acto de presencia en nuestras calles, las exhumaciones de huesos levantan polvareda y ciertas personas desean olvidar «La guerra del abuelo», es necesario que el cine no le dé la espalda, en especial el español, señalado con el falso mito que producen en exceso filmes de la Guerra Civil, cuando las cifras lo desmienten.

Resulta imprescindible que las pantallas sigan proyectando la memoria de esas miles de historias extraordinarias para entender la condición humana y evitar avanzar por los mismos derroteros. Y más con filmes tan rotundos como este.

Escribe Aleix Sales | Artículo publicado en Cine NuevaTribuna

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