Lo que arde (3)

  23 Octubre 2019

El final de un paisaje

lo-que-arde-1Un mundo muere, y esta película nos ofrece la crónica de su desaparición. Vemos los mecanismos que provocan su final, pero intuimos que la enfermedad se remonta en el tiempo y que sólo necesitaba de un detonante que la llevara al extremo. Cualquiera.

Ese mundo es el de la Galicia rural, tradicional, casi diríamos que tópica. La forma explícita que toma es la del paisaje, y en él los personajes que lo habitan. No cabe distinción entre unos y otros. El paisaje no es un marco que realce lo que contiene, los límites de una acción, su colorido, sino que el hombre se integra en él hasta hacerse indistinguible (Benedicta guarecida junto al tronco de un árbol formado una unidad con él). Por eso es posible el tránsito de la muerte de lo humano a la desaparición del continente. Aquella como metáfora de ésta a poco de comenzar la película.

No se trata tampoco de un lamento fúnebre. No hay dolor por lo perdido, sino tan sólo una constatación. Porque la naturaleza, ese mundo, no es el paraíso perdido, no es el seno materno al que volver en busca de refugio, no es el escudo que nos protegerá de todos los males. Su presentación no llega a ser hostil, pero tampoco es amigable. La lluvia, las brumas, el frío, dan fe de una convivencia agreste, difícil. Lo mismo ocurre con el paisaje humano que transita por ella. La crueldad, sin que quepa repartirla y fijarla, es un adecuado reflejo de las condiciones inhóspitas en las que se habita.

El artífice inmediato del fin es la tecnología, fiel emisario del mundo que anticipa. Comienza en forma de bosque arrasado por las máquinas y termina con el plano del helicóptero sobrevolando el incendio, principio y final que se dan la mano. Pero sustrae la tragedia. Los primeros planos componen una especie de ballet en el que los árboles, casi humanos, van cayendo bajo la acción del buldócer para poco a poco sustituir el sonido ambiente por la música de Vivaldi. Esta estilización marca una distancia sobre lo que ocurre, añade un carácter de ensoñación y lo coloca más allá del dolor.

Algo similar cabría decir sobre la acción del fuego. Sin ignorar su poder devastador, la cámara de Oliver Laxe se recrea en su componente plástica, enfocando a las chispas que revolotean y componen caprichosas figuras en el aire.

Entre una cosa y otra las señales del fin que se acerca. La autopista que cruza el paisaje aún verde a modo de herida por la que se desangra, la alusión a los turistas que acabarán inundando los lugares en otro tiempo aislados (Galicia calidade), y para los que se preparan las casas, o la plaga que mata a los árboles antes de que el hombre directamente se involucre en esa tarea, y que viene de muy lejos.

Para poner en pie este fresco el director se ha servido de un ritmo pausado, impresionista, ayudado por un elenco de actores no profesionales que aparecen por primera vez ante las cámaras, y que le ofrecen ese aire naturalista e integrado en el entorno que buscaba. Benedicta o Amador no son implantes colocados sobre el paisaje, sino que son el paisaje mismo.

No se trata tampoco de hacer un retrato psicológico de estos personajes. El recurso habitual para servir a semejante causa está casi ausente. Apenas nos encontramos con primeros planos frontales. Cuando la cámara se acerca se topa con escorzos, perfiles, planos de espaldas incluso, como ese momento espléndido en el que Benedicta, transcurridos ya unos días desde la llegada de su hijo, a quien ha tratado como si nunca se hubiera ido, pregunta, por fin, cuánto tiempo se quedará, y lo hace de espaldas a la cámara, hurtándonos cualquier atisbo de emoción o ansiedad que pudiera expresar su rostro.

lo-que-arde-3

Esa es otra de las constantes de la película, la contención. Cuando el sentimiento tiende a aflorar se hace un esfuerzo por refrenarlo. A veces bastan los rostros hieráticos de los personajes, en ocasiones se los complementa con velos que los difuminan: cristales, lluvia, incluso su reclusión fuera de campo. La transmisión del sentir está trabajada sobre todo en la puesta en escena: árboles muertos, ropa deshilachada, paseos solitarios, rechazo a compartir vehículo a pesar de la lluvia...

O, sobre todo, la manera que tenemos de intuir el incipiente interés que la veterinaria despierta en Amador. En el coche en el que viajan juntos aparecen de perfil, separados pero al tiempo próximos. Y suena Suzanne en la voz de Leonard Cohen, y, sobre todo, y ése es el recurso más hermoso, aparece por primera vez el sol en el sombrío paisaje, un sol que seguirá presente mientras dura la ilusión del hombre.

Más tarde, cuando su pasado acabe con el atisbado e incierto futuro, la soledad de Amador en el bar, donde la presencia humana a su alrededor no la mitiga, sino que se vive antes como una amenaza destructora, consigue crear otra escena de una fuerza expresiva enorme. Y cuando la tragedia se desate, el cristal del coche que conduce refleja luces y sombras, proyectando sobre su piel la contradicción que lo habita. Naturalismo sí, pero sabiamente medido.

El fuego lo consume todo, pero la película no acaba con el fuego, de la misma manera que no comenzó con el bosque en la noche. Antes y después el director deja unos segundos la pantalla en negro para delimitar, a modo de pórtico y conclusión, lo que se nos ha contado. Son algo así como las tapas de un libro que encuadernan y protegen su contenido, y que, una vez acabada la lectura, pueden conservarlo como vestigio y testimonio del pasado, en un estante en el que quedará como un recuerdo que atrae el polvo de los días.

Escribe Marcial Moreno  

lo-que-arde-2