Paradise Hills (1)

  18 Octubre 2019

Delante y detrás de la fachada

paradise-hills 1Durante la última década, el cine español ha sido testigo del florecimiento de una abundante generación de cineastas femeninas, en particular en el último lustro, donde encontramos un momento culminante en la pasada edición de los premios Goya, en la que tres de las cuatro nominaciones a mejor dirección novel recaían en mujeres (la ganadora Arantxa Echevarría, Celia Blanco y Andrea Jaurrieta).

Gran parte de estas operas primas se han fundamentado en el drama realista versado en lo familiar y cotidiano o en la denuncia social, protagonizadas por jóvenes en busca de una identidad o ubicación el mundo, mujeres la mayoría.

Aunque a primera vista parezca algo totalmente distinto al patrón de sus compañeras de hornada, la puesta de largo de Alice Waddington no deja de reunir muchos de los ingredientes mencionados para pasarlos por el filtro de la distopía juvenil.

Juntándose con un enamorado del género como Nacho Vigalondo, Waddington enmarca la clásica trama de una joven que llega a una institución de fachada elegante y trasfondo perturbador para someterse a un tratamiento.

Los paralelismos dramáticos con obras canónicas como Suspiria (Dario Argento, 1977) o La residencia (Narciso Ibáñez Serrador, 1969) son desviados mediante el alejamiento del terror y la apuesta por el camino de una ciencia ficción colorista —apoyada en un cautivador diseño de vestuario y producción— para hablar de esos temas grises propios de una opera prima, como la búsqueda de la identidad, el encaje y la aceptación en la sociedad.

Desde el conflicto personal se avanza hasta una problemática de ámbito global representada en el clasismo, los estragos del Capitalismo o la desigualdad social, con la que Waddington pretende así elevar su obra a la denuncia social, basándose en fórmulas como las de Neill Blomkamp, solo que con un estilo más académico.

Una premisa ambiciosa a favor del apoderamiento femenino que no echa el vuelo debido a una ejecución irregular, agujereada por momentos, con ciertas incoherencias, una falta de sutileza aceptable para una novel, pero inadmisible para alguien como Vigalondo, y una dimensión psicológica tópica para la magnitud de la tragedia.

La estética, una vez más, y ya van un millón de veces, sirve como gancho comercial para que una imagen te atraiga y te dispongas a ver una película. Las actrices no tienen culpa de esta obra sin sentimiento ni fuerza.

Pese a su competente oficio técnico, una oportunidad perdida que termina sosteniéndose más en la peripecia que en la filosofía que demandaban sus audaces aspiraciones. Una atractiva fachada rococó con unos interiores de Ikea.

Escribe Aleix Sales | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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