Día de lluvia en Nueva York (3)

  14 Octubre 2019

El nuevo Gatsby

dia-lluvia-nueva-york-1El último estreno cinematográfico de Woody Allen es una enmienda a la totalidad al ecosistema que más y mejor ha retratado en su ya larga y extensa filmografía: la ciudad de Nueva York en general y el humus intelectual-liberal que ha germinado en ella, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, en particular.

Esta subespecie formada por los artistas ha ido mudando de zona y localización a medida que se producía la gentrificación de los barrios en donde se iban asentando: «Manhattan, Brooklyn, Soho…, hasta tener que regresar a casa de sus padres», se erige como uno de los mejores chistes que enuncia el protagonista.

En cierto modo, Allen pone en pie su particular regla del juego, al modo y manera de Renoir, valiéndose del estereotipo masculino que ha protagonizado la mayoría de sus películas y al que ha dotado de unos rasgos y características propias de un alter ego, en un juego indisimulado entre la realidad y la ficción (sí, la dichosa auto-ficción) que lo acompaña y al que el propio Allen ha dado pábulo desde su génesis artística.

Ese arquetipo de joven tan desmañado como lúcido, de raigambre hebrea, de verborrea incontrolable, de humor rápido y acerado, nervioso y neurótico, tan torpe en las formas como empedernido romántico en su ser más profundo; ese cliché con el que lleva trabajando Allen desde hace casi cincuenta años, adquiere los ademanes y la hechura de Gatsby Welles, al que encarna con desenvoltura, frescura y bríos juveniles el actor Timotheé Chalamet (el joven gay de Call me by your name).

No es gratuito el nombre del personaje, pues su raíz scottfitzgeraldiana es todo un homenaje de Allen a un precursor en la disección y anatomía de una sociedad y una época tan vacua e insípida en su origen literario como en la actualidad. Gatsby se erige como voz narradora (también en off) y mirada inclemente hacia el hábitat neoyorkino, aunque cederá parte del relato a un narrador omnisciente y cruel, despiadado, casi flaubertiano, inclemente con la estupidez humana, reflejada en el personaje femenino interpretado por la actriz Elle Fanning: una Ashleigh Enright cuya homonimia onomástica servirá para ironizar con la escasez de fuerza viril del amor imposible de Scarlata O’Hara, así como para dotarla de toda la tontería asociada a ese Sur decadente y periclitado.

Cabe señalar que el retrato femenino roza la caricatura, pues Allen no le da ni un mínimo resquicio de oxígeno diegético al que se pueda agarrar: la chica es estúpida desde el principio hasta el final, sin intermedios. Es más, su necedad primigenia se agranda a medida que transcurre el tiempo, culminando en la confusión intelectual que produce la cita de unos versos necesariamente contemporáneos por parte de su novio Gatsby, versos que ella atribuye, cómo no, a Shakespeare, ante la mirada condescendiente de aquel.

La historia empezará a fluir cuando ambos integrantes de la pareja hayan de separarse por motivos profesionales. Lo que iba a ser un día de holganza y de periplo turístico por la Gran Manzana, actuando Gatsby de curtido y experto guía local para la foránea (de Tucson, Arizona) Ashleigh, se convierte en una odisea particular que Allen va narrando en paralelo.

El peregrinaje de la protagonista femenina le sirve al director de La rosa púrpura de El Cairo como herramienta para ridiculizar el mundillo de su profesión, el ecosistema cinematográfico-cinéfilo de su ciudad natal. Esta arremetida peca de falta de sutileza, se contamina del trazo grueso del actante femenino. Tanto el director (Liev Schreiber, epítome de un cine que persigue el modelo europeo-culto: Renoir, el neorrealismo, Kurosawa, pero que chapotea en lo comercial); el guionista (Jude Law, quien la considerará su nueva musa), como el actor (Diego Luna, presto a engrosar la lista de conquistas y Ashleig dispuesta al sacrificio para narrar la anécdota a sus nietos) representan a una generación de cuarentones-cincuentones maduros en cuanto a edad cronológica, sin embargo, sus espíritus ostentan una inseguridad e inmadurez supinas.

Cada uno de ellos queda fascinado por la bella presencia de Ashleigh y cada uno de ellos intentará seducirla. El gato al agua se lo lleva el actor hispano, por supuesto, quien llegado el momento de ejecutar y de gozar su conquista renuncia a ella ante la presencia sorpresiva de su amante-novia oficial, obligando a nuestra Ashleigh a abandonar el apartamento medio desnuda, cubriéndose con una gabardina.

No logra Allen la hilaridad sutil, fina, de otras secuencias suyas. Demasiado estereotipo, incluso para evidenciar la impostura de la realidad de los hacedores del cine. Los personajes masculinos son cartón piedra. Su patetismo es demasiado notorio, como el de su partenaire femenina.

dia-lluvia-nueva-york-2

Mientras tanto, Gatsby se autorretrata con mayor profundidad, obviamente. A pesar de su lucidez, de su indolencia intelectual y vital, de su extrema inteligencia, de su faceta de seductor y de su quejumbroso narcisismo, mantiene una herida interior, una insatisfacción vital que proyecta en su bestia negra particular: sus padres y, en especial, su progenitora, a la que emparenta, por su capacidad constrictora, con Norma Desmond (un buen chiste).

Gatsby se arrogará los fogonazos ingeniosos del guión de Allen. Así, comparará el rumbo desnortado y la nueva actitud desbocada de su novia con la actriz Jane Greer, por su aspecto desconocido de mujer fatal, como la protagonista de Retorno al pasado (1947). Este nuevo guiño se acrecentará y remarcará en las canciones que Gatsby interpreta al piano, títulos que homenajean a algunos de los clásicos del cine negro de los años cuarenta.

El periplo forzosamente solitario de Gatsby por su ciudad tendrá una fortuita y fundamental parada cuando se avenga a interpretar una secuencia sin diálogo en el rodaje de una práctica de un antiguo compañero de instituto. La secuencia consistirá en un beso con Shannon, la hermana pequeña de un antiguo flirteo de Gatsby. Shannon (Selena Gómez) es la Némesis de Ashleigh: una sensual morena con rasgos latinos, de acerada lengua y lucidez extrema, rayando el cinismo, que desprecia los estereotipos románticos por almibarados y falsos.

Dicha secuencia y su ósculo germinarán dentro del alma vulnerada y del ego escarnecido de Gatsby. La secuencia de la visita al MET de Nueva York resulta axial. En un entorno saturado de cultura, de pinturas, destacan los retratos de Sargent, retratos de las ilustres damas burguesas del Nueva York coetáneo, ese microcosmos burgués que la lucidez de Gatsby rechaza y cuya madre encarna a la suma perfección. La pareja deambula por las salas del MET pergeñando los moldes de una secuencia cinematográfica, de un encuentro casual en Central Park, cuando son interrumpidos por la presencia de unos tíos de Gatsby.

Su encuentro propiciará que el sobrino acuda a una fiesta organizada por su madre y de la que se quería zafar. Con ánimo provocador (Shannon desaparece, se esfuma de escena, aunque ya podemos intuir cuándo resurgirá…), Gatsby contrata a un bella prostituta como acompañante. Su presencia en la fiesta paternal no pasa desapercibida para la madre. Una conversación con su hijo pondrá las cosas en su sitio y mitigará el malestar de Gatsby, al que se le da una explicación satisfactoria, en una escena que remite —mutatis mutandis— a aquella de Al Este del Edén, cuando Dean se entrevista con la dueña del burdel, a la sazón familiar próximo.

Más próximo al presente sería el vínculo maternal con la protagonista de Pretty woman: la antigua meretriz se ha reseteado culturalmente para disimular su pasado. Su condición de bohemio diletante, de tahúr con inclinaciones perdularias es compatible y asumible con su statu quo burgués e intelectual. Es más, Allen arrambla, al modo de sus admirados Renoir y  Scott-Fitzgerald, con la hipocresía burguesa y el usufructo del Arte como tapadera de orígenes turbulentos.

dia-lluvia-nueva-york-3

Gatsby asume plenamente su condición de parvenu, de arribista, y la canalizará, sin ningún tipo de tapujos, a través del Arte, del cine en concreto. Sí, la salvación de la mediocridad, de la ramplonería de la realidad sólo puede canalizarse a través del vuelo libre de la imaginación creadora. De ahí la secuencia con que se clausura la historia: ese encuentro preconcebido, diseñado, delineado y, lo más importante, compartido, con Shannon, ésta sí alter ego femenino del protagonista.

A ella el guionista Allen también le había servido en bandeja un chiste cinematográfico en la secuencia del beso filmado. Cuando Gatsby expone cierta diferencia de edad, ella ironiza al respecto citando a Gigi (Minnelli, 1958). Resulta chocante cómo Allen ha invertido los estereotipos geográficos y raciales femeninos. Ashleigh es oriunda de Arizona, pero está caracterizada como la prototípica rubia angloamericana, mientras que Shannon —neoyorkina— responde a los parámetros territoriales y raciales de Arizona. Una inversión de roles que es un juego-guiño más en la deconstrucción de los mismos por parte del director de Delitos y faltas.

Un guión tan denso y bien trabado debería haber otorgado más aristas a los personajes, huyendo de fáciles reduccionismos. El paleterío y tontez de Ashleigh lastra el vuelo de una historia que debería haber discurrido con mayor naturalidad, con una fluidez menos retórica y ad hoc. La condensación del tiempo (apenas doce horas) debería ir acompañada por una puesta en escena menos artificiosa: la lluvia en Nueva York no es una maravilla, y menos aún cuando llueve y en parte del encuadre luce el sol.

Los planos secuencia abundan y ralentizan cierto ritmo que no acaba de establecerse, incluso hay algunas pájaras. La fotografía de Storaro brilla en demasía, alumbra unos interiores que se apropian de la ciudad, somero decorado sin apenas secuencias exteriores. No se alcanza a conseguir cierta atmósfera otoñal y la omnipresencia de la lluvia es más un desiderátum que una plasmación lograda.

Y todo ello es una lástima, pues podría haber sido una gran película, una película de Allen para un nuevo público millennial, pues  ellos ostentan el protagonismo de su filme. Aunque se dude mucho de su presencia entre el público que acude a la sala de proyección. Bueno, tal vez la hayan descargado en sus dispositivos digitales.

Escribe Juan Ramón Gabriel

dia-lluvia-nueva-york-woody