Mientras dure la guerra (2)

  11 Octubre 2019

Entre dos banderas

mientras dure la guerra-1El inicio, con los créditos iniciales, viene dado por la imagen de la bandera republicana llenando la pantalla. En los letreros de crédito finales la bandera que abarca toda la pantalla es la nacional, señalando el paso de una situación a otra.

En el medio, una parte de la Historia, vista o revisada por Amenábar, de esa Historia que llevó al país a una guerra (in)civil. El enfrentamiento de los dos Españas («los hunos y los hotros» como decía Unamuno), cuya existencia y distanciamiento es anterior a la rebelión del 36 (al menos, en un sentido general, se iniciaría con la guerra de la Independencia), sigue presente en el hoy.

La idea enunciada por Franco en la película de no terminar la guerra (de ahí el título del filme) hasta terminar contra todos los que, se supone, no tuvieran sus mismas ideas, era imposible, entre otras cosas porque los tiempos modernos, a pesar de esas vueltas y revueltas constantes hacia el fascismo, no suponen el encerramiento de un país sino la abertura a mundos globalizados.

Sea como sea, la película toma como protagonista al personaje que fue considerado —y aún lo sigue siendo en su Salamanca— como un gran pensador, escritor, orador, al tiempo que polemista, capaz de cambiar de una opción a otra, dubitativo, obsesionado con la muerte, proclive a la melancolía, discutidor por naturaleza al poner en evidencia las convicciones de los otros. Hablamos, claro, de Miguel de Unamuno, el único Don Miguel, ayer y hoy, para los salmantinos. Unamuno, nacido en el País Vasco, se integró en la ciudad salmantina de la que fue, en varios periodos, rector de la siete veces centenaria Universidad.

Unamuno no es el único personaje del filme y ello es el inicio de los graves problemas que aquejan a este endeble título. El protagonismo del escritor se cruza con el de otros personajes y otras historias, haciendo que la película no se centre en un protagonista y su devenir, sino en otras historias que, eso sí, tienen que ver con el momento narrado y de forma directa o indirecta con el personaje clave.  

Así, Unamuno, con  su cambiante postura sobre la guerra y su oposición a la República (fue él quien en abril de 1931 izó bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento de la Plaza Mayor salmantina), es una opción y un personaje más de una historia que oscila sin asentarse en ningún sitio. Junto a su figura aparecen otros protagonistas responsables de aquellos momentos (ni siquiera falta una especie de documental pasado a Franco en plena guerra sobre la defensa del Alcázar de Toledo) así como se da paso a vivencias de acciones o seres inmersos en esos momentos históricos: dos de los amigos y compañeros de paseos de Unamuno, Franco junto a su mujer e hija (Carmen y Carmencita), Millán Astray, los generales Cavanillas y Mola, dos de las hijas de Unamuno, Felisa y María… (1).

El filme comienza con la lectura del parte de guerra (más o menos ajustado a la realidad) que tuvo lugar un soleado domingo 19 de julio, al mediodía, en pleno paseo de los vecinos, en la Plaza Mayor de la ciudad. Una compañía militar y su mando, lector del manifiesto, se adueñaron del recinto y terminaron, ante la provocación de unos jóvenes, disparando de forma indiscriminada, muriendo varios paseantes que intentaron refugiarse en las columnas de la Plaza.

Amenábar evita mostrar en las imágenes los disparos, las muertes, permitiéndose unas sorprendentes insinuaciones sobre el hecho. De las muertes habidas en el lugar se da cuenta en un diálogo posterior. De esa proclama militar, el filme salta a la casa de Unamuno que se dispone a salir a su paseo dominical con los amigos, con lo que (se empeña en afirmar la película) siempre salía a pesar de la oposición de una de sus hijas «ante lo que está ocurriendo».

Una escena familiar que sirve para, ¡cómo no!, repetir enfrentamientos (centro del filme) ahora entre las dos hijas presentes del rector que suponen actitudes diferentes en todo: María moderna, abierta, frente a Felisa, más bien conservadora, cerrada; y en medio, junto al profesor, su nieto Pablo, embebido por la figura del abuelo.

mientras dure la guerra-2

Amenábar no debe haber rebuscado mucho para conocer a Unamuno y a los suyos. Menos para encontrar las razones de aquella rebelión. No se trata de contar historietas, en algunos casos mostradas como cuadros teatrales, infantilizando momentos. Y menos el querer reproducir cómo eran los lugares salmantinos en el que transcurrieron los acontecimientos o mostrar la verdadera casa donde vivía entonces Unamuno. No hace una búsqueda histórica sino todo lo contrario. Esa representación sólo sería válida para los que conocen Salamanca o los que vivieron entonces en la ciudad, o han, por tradición oral, accedido a los mismos. Eso no es importante.

Si el Paraninfo de la Universidad no lo es, no importa; tampoco importa rodar en la casa de la calle Bordadores, in situ, donde vivía; o cómo estaba, con jardines y todo, la Plaza Mayor en aquel instante. Algo indiferente para alguien que cuenta una historia, que, preocupado por eso, olvida además lo esencial, alterando los hechos e inventando otros descabellados. Hay libros sobre Unamuno, biografías diversas, e incluso alguno centrado en su vida en los meses que van desde junio del 36 hasta su muerte a finales diciembre de ese mismo año, en los que sostener y rebuscar en el personaje. Algo que, parece, se ha ignorado (2).

El cine puede fantasear sobre lo ocurrido, incluso inventarse una realidad, lo que no puede, si trata de reflejar con rigor lo ocurrido, es elucubrar desde lo más elemental,  elementalidad no sólo señalada por la discrepancia familiar de dos de las hijas de Unamuno, sino en muchas otra cosas, continuando por la presencia de los amigos, sólo dos amigos, al parecer los únicos (¿dónde está la tertulia —y los tertulianos— del café Novelty de la Plaza Mayor salmantina?): un cura protestante y un exalumno y profesor de la Universidad, en ese momento, ideológicamente de izquierdas. Personajes que utiliza el director, de una manera ingenua que no ingeniosa, para confirmar el cambio de Unamuno, que pasa de defender el golpe de Estado a oponerse a él.  

Relación, conversación con uno de ellos sobre todo (claro, con el concienciado hombre de izquierdas), que lleva a una de las más demenciales secuencias de la película: la discusión de ambos en la carretera de Zamora (después del desafortunado chiste «tendremos que irnos entonces hasta Zamora». A cuyas palabras contesta el exalumno. ¿Tan lejos? Encadenando, con ellos en el campo, precedidos por un letrero que indica la distancia a Zamora, dada primeros con planos cercanos y luego con planos cada vez más lejanos. Acaso quiera significarse la distancia entre ambos. Sea como sea, un momento muy torpe.

Si el personaje de Unamuno —hosco, ausente, enfadado, gruñón, oscilando a través de emociones o sentimientos de un parecer a otro— poco tiene que ver con el Unamuno auténtico, menos aún tienen con ver con la realidad, o con cualquier planteamiento serio de representar a unos seres existentes (o no) algunos de los protagonistas de aquellos lamentables acontecimientos. Sus caracterizaciones son elementales, los personajes son de una pieza, sin consistencia alguna, caricaturescos al máximo, como es el caso, sobre todo, de Millán Astray o del propio Franco. Y otros ni eso, al ser simples acompañantes de la historia sin ninguna relevancia en su dibujo o su presencia, a no ser que pronuncien una frase, una negación o un asentimiento, ese que el director quiere dar, como la desafortunada frase de la mujer de Franco al final del filme.

mientras dure la guerra-3

El primer momento en que aparece Millán Astray es absurdo, por más que Amenábar quiera darle una consistencia (bordeando el absurdo) de la que carece: se encuentra en un coche vestido de paisano arengado a los soldados que marchan por el otro lado de la carretera por la que transita el coche. Una fila interminable (¿simbolismo?). Ninguno de ellos parece legionario, pero eso no impide que Milán Astray entone, y todos le secunden, la canción de la legión. Escena que concluye con un plano tan enfático y demagógico como simplista, al girar la cámara se ve en la cuneta a un grupo de paisanos fusilados.  

De escenas inverosímiles la película está repleta. Son inverosímiles porque ante todo son «momentos idea» y no otra cosa. Tal es el caso de la bandera que Franco impone. Una lástima porque comienza bien (su hija acaba de tocar el piano, él se acerca a teclearlo, su mirada se fija en la pared, donde aparece una bandera, la arranca y la coloca en el balcón después de haber retirado la republicana. Lo malo viene a continuación con los soldados que comienzan a cantar (?) el himno: soldados que estaban por allí, saliendo de uno y otro sitio, a los que se une mucha gente que ni se sabe de dónde ha salido para llenar al completo una plazuela y dar los gritos y vivas  correspondientes. Sin duda ésta es una de las escenas más sonrojantes del último cine español… y más allá. 

Un momento, cómo he dicho, donde una gran multitud, en unos segundos, llena una plazuela, lo cual resulta incomprensible con el resto del filme en el que la gente, en las calles y plazas de Salamanca, está ausente, de forma que Unamuno sólo o con su dos amigos parecen ser (casi siempre) los únicos habitantes de una ciudad fantasma. Así, en la soledad, aparece cuando el pensador va a entrevistar con Franco y tiene, suponemos, un amago de infarto, quizá para facilitar al final, en los letreros explicativos finales, asegurar la verdadera causa de su muerte (3).

Podemos citar también el momento en que el soldado analfabeto (para que el espectador comprenda lo importante que era Unamuno) pide un autógrafo a Unamuno, personaje por otra parte metido con calzador en la narración (¿un gerifalte?) para propiciar la entrada del protagonista en la residencia de Franco (el Palacio Episcopal, cedido por el obispo de la ciudad). O la forma de explicar el extraño nombramiento de Franco como General en Jefe por medio de la votación, que sí tuvo lugar.

mientras dure la guerra-5

La parte final (apoteosis de la toma de conciencia de Unamuno) se centra en el acto mal conocido celebrado en el paraninfo de la universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, con motivo del día de la raza (4). Tal celebración ha dado pie a la proclama de unos discursos cuya realidad, en conjunto, no está totalmente probada.

Ni mucho menos se puede pretender que aquel acto, y las palabras escuchadas, llevarán a nuestro personaje a una absoluta concienciación/pronunciamiento en contra de aquella guerra lanzada contra la Republica. Ni siquiera está claramente documentado que la mujer de Franco impidiera su linchamiento, resaltado ese hecho, en el filme, en el plano de la mano de la salvadora entrando en plano: ¡Inenarrable! Las pocas fotografías que se conservan de aquel acto corresponden a la terminación del mismo y en ellas no se encuentra la mujer de Franco (Unamuno aparece rodeado de falangistas, militares, del obispo).

Estamos ante un filme mediocre y anodino aunque pueda que para alguien resulte eficaz, de ahí ese 2 (probablemente excesivo) con el que le he puntuado. Quedan al menos algunos momentos (Franco convirtiendo la guerra en un movimiento santo: acude, ante la sorpresa de su mujer, al rezo que ella y su hija realizan) y unas, en general, excelentes interpretaciones, sobresaliendo la de Karra Elejalde como Unamuno y la ese excelente actor que es Eduard Fernández como Millán Astray (dentro de lo caricaturesco del personaje).

La verdad es que uno se pregunta hacia dónde camina, en una deriva preocupante, el cine de Amenábar, presagiada en su anterior título, Regresión, y continuada en este ingenuo y, por momentos, equivocado filme

Un personaje de tantas aristas, tan complejo como Unamuno, merecía mucho más que esta crónica elemental, simplista y, en gran parte, inexacta.

Escribe Adolfo Bellido López

mientras dure la guerra-4

Notas

(1) Unamuno tuvo nueve hijos. Dos de ellos, una mujer (Salomé) y un hombre (Raimundo) habían muerto en 1936, al igual que su mujer, fallecida meses antes. Curiosamente en la película no se mienta a su hijo Rafael que fue muy importante, sacándole aquellos días de apuros.

(2) El filme está repleto de inexactitudes. Comenzando con la escena del parte de guerra en la Plaza Mayor, que concluyó con las palabras, por parte del mando militar, ¡Viva la República! Por cierto, el tráiler de la película tuvo que volver a ser preparado ya que había un error de bulto en esa misiva. Nada menos que se comenzaba el parte de guerra con las palabras hoy 16 de junio de 1936. Para nada se indica tampoco que Unamuno era concejal del Ayuntamiento de Salamanca desde la proclamación de la República. No quiero extenderme más sobre las inexactitudes. Una simple búsqueda por Internet, o mejor leyendo cualquiera de las muchos libros escritos sobre el profesor, mostrará las múltiples inexactitudes históricas presentes en el filme.

(3) A partir del acto celebrado en la Universidad se encerró prácticamente en su casa. En la tarde de aquel día, su hijo tuvo que sacarle del Casino, ante la actitud de algunos socios por su presencia. Murió el 31 de diciembre de 1936. Le acompañaba uno de sus exalumnos y profesor de Derecho, falangista: Bartolomé Aragón. Al parecer, se alteró durante la conversación y cayó sobre la mesa camilla. Su acompañante pensó que dormía pero al sentir que la zapatilla de Unamuno empezaba a chamuscarse, se dio cuenta de la muerte. Sus últimas palabras fueron «Dios no puede volver la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse». En su entierro, cuatro falangistas se impusieron a la familia y a compañeros de la Universidad, para sacar, de la casa, el féretro a hombros, entre esos cuatro se encontraban el periodista y escritor Víctor de la Serna y el barítono Miguel Fleta, quien popularizo el Cara al sol, aunque antes había grabado también el Himno a Riego o La Marsellesa.

(4) Lo que sí está claro referente a ese acto en el Paraninfo Universitario es que Unamuno, como rector que era, lo presidía y no se encontraba relegado a un extremo de la mesa.

 mientras dure la guerra-amenabar