Hasta siempre, hijo mío (4)

  10 Octubre 2019

El dolor

hasta-siempre-hijo-mio-1Rodar un melodrama conlleva siempre el riesgo del exceso. Más que nunca en estos tiempos en los que el espectador no está dispuesto (o no es capaz) de ofrecer otra cosa que la recepción pasiva de lo que se le muestra, y hay que asegurarse de que el mensaje llega claro y nítido. Por otra parte, vivimos en una época en la que el sentimentalismo llevado al extremo, si es posible con una dotación contundente de lágrimas, se ha convertido en un argumento incontestable. Y así, asistimos fatigados a pornográficas exhibiciones que muy pocos se atreven a cuestionar.

Afortunadamente, nada de eso hay en esta película, y esa es una de las causas de su excelencia. Se trata de un melodrama, y por lo tanto trata de sentimientos, exacerbados muchas veces, pero tratados con una concisión y un respeto admirables. Ese es el verdadero camino para dotar a los personajes de carne, de auténtica vida, y no convertirlos en arquetipos identificables pero irreales.

Alegría y tristeza, dolor y resignación, ilusión, miedo, cobardía, derrota, amor secreto y culpa van poblando las tres horas de metraje que, pese a todo, se pasan como un suspiro. Dos niños que nacieron el mismo día, hijos de matrimonios amigos, casi hermanos (magistral la escena inicial donde con un par de frases entendemos la profunda amistad que los une), van a ver alterado su idílico ecosistema por una tragedia.

Para contárnoslo el director se sirve de la cámara con un naturalismo y un respeto extremos. La mirada permanece casi siempre en un segundo plano, como pidiendo perdón por estar presente. En muchas ocasiones vemos la acción que ocurre en una habitación a través de la puerta que ha quedado abierta, perdiéndose incluso parte de ella. Cuando la tensión emocional es máxima los recursos utilizados van desde el distanciamiento, como el momento del accidente o el del derrumbe de los padres, escenas que se observan desde muy lejos, o filmar de espaldas, como ese detalle magnífico en el que la madre abatida está en la cama, y cuando le asalta el llanto se vuelve de espaldas a la cámara. En ocasiones, incluso, se interponen ventanas o filtros entre el espectador y el protagonista a modo de protección de su intimidad.

Pieza esencial de esta estrategia la ofrecen los actores. Los dos protagonistas fueron premiados por su trabajo en el Festival de Berlín, y sin duda lo merecían. La capacidad, con breves gestos, o hasta con la ausencia de esos gestos, de ofrecer un rico y complejo mundo interior es portentosa. Cuando los vemos, sabemos lo que ocurre sin necesidad de palabras ni ademanes. La escena en la que el hijo (su sustituto) se rebela contra ellos resuelve en unos breves planos toda la tensión, la impotencia, la amargura y la derrota que cada uno a su manera soporta. Del mismo modo el reencuentro tras muchos años con Haohao, el niño superviviente convertido en adulto, resulta ejemplar por la indecisión, el cariño y el miedo que es capaz de aunar.

Este trabajo actoral por sí mismo, acompañado siempre por la posición justa de la cámara (Haohao que desaparece del plano para volver a aparecer de inmediato en la escena citada) es más que suficiente para forjar un relato esplendoroso. Pero junto a estos recursos se diseminan imágenes que consiguen completar un conjunto que raya en lo magistral. Es el caso, entre otros muchos, del momento en el que, tras salir a buscar al hijo huido, los padres se encuentran en la casa inundada la foto de toda la familia. Por un instante se quedan contemplándola y asumiendo que en ella queda fijada una época que ya no existe y que no volverá, y que sólo como una imagen petrificada del pasado puede persistir. O el tren que se acerca en dirección contraria mientras atraviesan el túnel con el niño accidentado en brazos. O la ignorancia del dialecto de la zona a la que han ido a vivir.

Quizá por encima de todos ellos el maravilloso encadenado que une el intento de suicidio de Liyun (contado con una economía lingüística una vez más magnífica) y la enfermedad de su antigua amiga, recurso que se inserta sin ninguna aspereza en la estructura fragmentaria que tiene la película. El relato se construye como un puzle que mezcla distintos tiempos sin que se trate de un flashback (el comienzo nos ofrece una imagen muy temprana sobre la que se volverá) ni de una historia contada por ninguno de los personajes. No existe un punto de vista que se respete a lo largo de toda la película. Es el director quien, con todo el material a la vista, lo fragmenta y lo entremezcla para presentarnos una amalgama de sentimientos que se explican y resaltan más por su contraste con otros, al tiempo que crea una mínima intriga que favorece la fluidez de la narración.

hasta-siempre-hijo-mio-4

La historia privada de los protagonistas tiene lugar en el marco de la reciente historia de China. Y aquí está el único, muy leve, desequilibrio del relato. En algún momento se produce la impresión de que el director necesita contar cuanto antes ese contexto histórico para centrarse en lo que de verdad le interesa, notándose cierta desgana y precipitación en su escritura. Lo que en otros momentos es sutileza ahora adopta un trazo más grueso. En un momento dado la historia se detiene; los niños, hilo conductor de la narración, llegan a desaparecer, y se acumulan las referencias a la revolución cultural (nombrada sólo como un doloroso recuerdo), los planes económicos, la política del hijo único, el férreo control del partido o el tránsito al Capitalismo. Cuando el director parece ya satisfecho con el peaje histórico vuelve al relato central y a su estilo, consiguiendo con ello una imagen del paso del tiempo mucho más hermosa, a través de sutiles detalles, que la que antes ha forzado.

Entre esos detalles puede señalarse la coexistencia en el plano inicial de la mochila con la cara de Mickey Mouse y los pañuelos que identifican a los pioneros de la revolución, poniendo de relieve con ello un tránsito que ya es imparable. O la utilización de elementos significativos para puntear ese paso del tiempo, como la evolución tecnológica (casetes, juegos electrónicos, teléfonos móviles, ordenador portátil), el paso de las fiestas prohibidas (con esa indecisión ante la música extranjera tan significativa) a los bailes globalizados, las construcciones modernas que van poblando las ciudades o la riqueza en aumento (coches, forma de vestir…).

El final es menos feliz de lo que puede parecer. Yaojun ha conocido a su hijo a través del ordenador portátil, pero no puede decir nada. El secreto es una prolongación de su amor frustrado. Liyun quizá lo sabe, y calla. Sus vidas están reducidas a escombros. Ahora han recuperado al hijo huido, quien nunca podrá mitigar su dolor, y no saben por cuánto tiempo se prolongará esa situación. Tras una cortina intuimos que se alegran, aunque con una alegría que siempre estará sofocada, como en sordina.

Y, pasadas tres horas, sólo cabe reconocer que hemos asistido a un monumento cinematográfico.

Escribe Marcial Moreno  

hasta-siempre-hijo-mio-2