Ad Astra (1)

  09 Octubre 2019

Destino… la Tierra

ad-astra-1No se entiende demasiado de dónde procede el prestigio de James Gray. Resulta sorprendente el respaldo que algunos críticos conceden a películas como La otra cara del crimen, La noche es nuestra o Dos amores. Y no digamos de El sueño de Ellis o Z, la ciudad perdida. Sus temas preferidos son el de la familia americana con, de forma diversa, el enfrentamiento padre-hijo (culpa, liberación…).

Sobre dos temas e historias no tan diferentes pueden surgir dos filmes tan opuestos —a todos los niveles— como La noche es nuestra y Antes que el diablo se lleve a los muertos, el último y excelente filme que rodó antes de morir Sidney Lumet. Curiosamente ambas fueron realizadas en el mismo año y, además, coinciden en la duración (117 minutos). Las dos tratan temas semejantes, pero mientras el filme de Gray es claramente reaccionario —al igual que, en conjunto, ocurre con su cine— el de Lumet se abre a planteamientos críticos y progresistas. Ni coinciden en la ideología, ni en la edad. Lumet nació en 1924 y Gray en 1069

Con Ad Astra nos encontramos con más de lo mismo pero, eso sí, publicitado de una forma impresionante tanto en televisiones, como en diarios digitales y en revistas de todo tipo; sin olvidar, claro las revistas genéricas de cine, que, en algún caso, le han llegado a «regalar» la propia portada.

El cine, al igual que la literatura, puede narrar una historia, incluso de aventuras, para proceder a presentar un planteamiento metafórico que señale el camino que debe recorrer el personaje principal para resolver su conflicto. Una forma sencilla, dentro de la maravillosa complejidad narrativa, es la expresada por Ingmar Bergman en Fresas salvajes.

Más complejo resulta, en sus revueltas, Moby Dick, tanto en la obra literaria de Melville como en la película de Huston: la lucha del hombre contra Dios. O el viaje hacia el interior para enfrentarse al horror propuesto por Conrad en El corazón de las tinieblas (con la que el filme de Gray tiene cierta relación) y que dio lugar a Apocalipse Now. Metáforas, símbolos, pueden marcar el arte de las narraciones, dando lugar a obras abiertas donde se llegue a lo más profundo del ser humano y de sus relaciones con el mundo.

Se trata en cualquier caso de tomar una idea como eje central y tratar de cerrar el círculo de una forma coherente, aunque a veces, y sin símbolos por medio, el final pone en evidencia lo planteando. Es el caso reciente de Quien a hierro mata, de Paco Plaza, cuyo plano final (aparte de las variadas arbitrariedades que conforman su desarrollo) a pesar de su impacto, traiciona el sentido vengativo del narco jefe dentro de las variadas venganzas que dibujan todo el filme.

En Gray no hay sino una decidida voluntad de dejar clara su significación, pero de un modo inconexo y difícilmente asumible. En su totalidad, parece una especie de contestación a la maravillosa 2001: una odisea del espacio; aunque Gray también se fija en títulos como Gravity, El primer hombre e Interestellar.

Mientras en el filme de Kubrick se tendía a la búsqueda de lo desconocido, de una nueva raza de seres inteligentes existente en algún lugar de la galaxia, Gray opta por negarla, rebatirla a partir del encuentro del protagonista consigo mismo.

Nada menos que un astronauta, en una misión que en ciertos momentos se llega a clasificar de trampa o complot contra el protagonista (no se sabrá la razón, al igual que ocurre con otras derivas), trata de llegar a los confines de nuestro sistema Solar para encontrar a la nave que pilota su padre y que, al parecer, trata de destruir la Tierra (nos figuramos que también todo el sistema Solar) por medio de unos rayos.

ad-astra-3

Por ahí, el filme parecería una mala copia de aquellos títulos serie Z, muchos de jornadas, de los años 30-40; pero en realidad, tal propuesta es una trampa para promover la reflexión de nuestro personaje en la búsqueda del padre perdido, alcanzado su destino al desligarse del padre, en un encuentro forzado, y romper ¿el cordón umbilical?, para concluir que eso de buscar otros seres en el espacio exterior es absurdo.

Lo bueno, es la conclusión de Gray: no existen más que los humanos. En otro lugar, excepto en la Tierra, no hay habitantes por tanto lo que se debe hacer es quedarnos en casita junto a los nuestros viviendo en el amor, centro de todo. Evitar, entonces, separase de los hijos, cuidarles, darles amor y no abandonarlos. Faltaría más.

Todo este mensaje es lanzado a través de una historia que no se sostiene desde el punto de vista de la verosimilitud. El mundo, quizá como indicativo de que el filme es un viaje interior y futurista, se supone, ya que se ha llegado a la Luna, Marte, Saturno y todo lo que se ponga por delante, presenta en realidad el hoy. Todo ello dado de manera imperfecta y, en muchos momentos, ridícula.

Los viajes, se supone, aunque no queda claro, a la Luna y hasta Marte son turísticos con gentes que compran regalos (¿rocas lunares?) y se fotografían en cráteres y demás. Y, muy importante, andan por esos lugares como si estuvieran en la Tierra, ignorando la gravedad existente. Por eso se puede plantear la incongruente secuencia de una persecución de vehículos en la luna, sin sentido alguno, provocada por unos ¿piratas espaciales? (recuerdo de la serie Star Wars) como si se estuviera en la Tierra. Es como una persecución de coches, sólo que mal rodada, en una película de acción.

No terminan ahí los males o las incongruencias, Vean algunas: el capitán de una nave antes de despegar reza a ¡San Cristobal!; nuestro protagonista se cuela, a través de una especie de alcantarilla marciana, en una nave que macha con destino a los confines del Universo, para destruir aquella nave que ha producido todo el conflicto y mandada por el Padre; las bases situadas en la Luna y en Marte son como un mal chiste: quienes circulan, o se encuentran en ella, parecen oficinistas o personas empleadas en cualquier oficina de la NASA —u organismo similar— de la Tierra; los personajes secundarios aparecen o se eliminan cuando el guionista/director lo cree conveniente, como es el caso de la mujer nacida en Marte o el interpretado por Donald Sutherland; la secuencia de la nave experimental con los simios sólo tiene el sentido de alargar la película; Tommy Lee Jones, que interpreta al padre de Brad Pitt, lleva años y años sin salir de la nave abasteciéndose de ¿sus compañeros eliminados?

ad-astra-2

Uno, la verdad, ante tal cantidad de incongruencias, se pregunta si Gray sabe lo que quiere hacer o cómo desarrollar una historia inconexa como la que plantea como forma de llegar a un relato interiorizado de los problemas y elucubraciones de Brad Pitt. El camino seguido es equivocado, erróneo, inasumible.

Ya el comienzo —ni se sabe qué hacen los astronautas, ni dónde se encuentra, ni cuál es el sentido de esa edificación: ¿estación espacial, almacén de combustible?—, con la caída de los astronautas debido a la ¿radiación cósmica? (1), entramos en el imperio de lo inconcreto y absurdo.

Una voz en off va, procedente del astronauta protagonista Brad Pitt, va a centrar la narración en ese personaje. La idea (incluso la propia caída con su parangón simbólico) podría ser válida en su sentido metafórico, en la búsqueda del padre y su muerte como liberación y transformación del hijo, en un viaje al fondo de las tinieblas (el libro de Joseph Conrad). Lo que no es válido es en la forma en que todo ello está narrado.

Y esa conclusión tan retrógrada, como es habitual (hasta el momento) en el cine de James Gray, que el destino del hombre no está en buscar otros mundos. Debemos quedarnos únicamente con el nuestro. Lo demás no merece la pena. ¡De risa!

Escribe Adolfo Bellido López


Nota

(1) Esos rayos extraños lanzados desde un planeta lejano contra la Tierra es uno de los mejores ejemplos para identificar el filme con aquellos indicados de SF de años 40, o de comics como Flash Gordon, incluso avalado por los uniformes que llevan los militares.

ad-astra-gray