Los años más bellos de una vida (3)

  02 Octubre 2019

Un hombre y una mujer, 53 años después

los-anyos-mas-bellos-10Muchos han sido los cineastas obsesionados con el paso del tiempo, lo cual no es nada extraño si atendemos a la esencia del cine como arte. Y es que una cámara cinematográfica, ya sea en formato analógico o digital, es capaz de atrapar ese paso del tiempo de la forma más objetiva posible. Se diferencia de la fotografía en que esta solo capta un instante, mientras que el cine captura varios instantes por segundo. A su vez se distingue de la música en que ésta solo graba el sonido.

Por tanto, no estamos exagerando cuando afirmamos que el cine es el arte del tiempo por excelencia, en cuanto es el que más fielmente lo guarda y lo reproduce. Por supuesto que todas las ramas artísticas tienen algo temporal, ya que como seres temporales que somos no podemos huir del tiempo y de sus condicionamientos. Aunque de nuevo repito que el cine es el arte que nos da más herramientas para atraparlo y parecer que podemos vencerlo, para lograr un atisbo de lo que es la eternidad.

Pero en el fondo se trata de una falsa victoria, ya que la única forma de vencer al tiempo es con la muerte. Así es como realmente escapamos de la dimensión que nos atrapa, dimensión que mientras vivimos se materializa a través de los recuerdos. El presente prácticamente no existe puesto que se nos escapa entre los dedos continuamente. La memoria es en cambio aquello que nos conforma como personas, ya que es la experiencia de lo vivido lo que nos moldea y nos prepara para enfrentarnos a futuras situaciones.

Y todo ello es lo que Claude Lelouch plasma, queriendo o no, en su trilogía comenzada en 1966 con Un homme et une femme, seguida en 1986 por Un homme et une femme, 20 ans déjà, y completada este mismo año 2019 con Les plus belles années d'une vie.

El hecho de retomar la misma historia y los mismos personajes con tales saltos temporales dota a las obras de un carácter especial. No es posible lograr la misma sensación acudiendo a una ambientación, una decoración y una caracterización realizadas con todo el esmero y cuidado posible. Solo el paso del tiempo real evidenciado en las caras de los actores y en los espacios recorridos pueden crear esa atmósfera mágica.

De hecho hay otros cineastas que han realizado la misma operación consiguiendo idénticas sensaciones en cuanto al paso del tiempo y a la creación de la memoria. François Truffaut lo logró con el ciclo de Antoine Doinel. Richard Linklater lo hizo con su trilogía de películas Antes del y volvió a experimentar con ello en su filme Boyhood. Incluso la hermana pequeña de Trainspotting estrenada hace poco y dirigida también por Danny Boyle funciona de esta manera.

Sin embargo hay que decir que en el caso de Lelouch todo ello cobra una nueva perspectiva cuando la última obra de la trilogía supone además una despedida del mundo cinematográfico de sus tres representantes. Y es que tanto director como pareja protagonista poseen ya una edad muy avanzada. El propio Lelouch tiene ya 81 años, mientras que Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant poseen 87 y 88 años respectivamente. En este sentido podríamos decir que es el equivalente al filme Lucky de Harry Dean Stanton: la despedida de unos genios.

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Si nos centramos en las tres películas encontramos un punto de partida muy relacionado con toda la cuestión temporal antes mencionada. Las obras tratan sobre una relación que nunca fue, y que sin embargo se convierte en el mejor recuerdo de los amantes que nunca fueron. Y es por ello que tanto la segunda como la tercera parte acuden constantemente a las imágenes de la primera: no pueden escapar del origen de todo, del pasado.

Ello se ve reforzado también por otro elemento que rodea constantemente a la trilogía y que ayuda a crear ese aura especial, se trata de la canción original compuesta por Francis Lai y que lleva por nombre el título de la primera película, Un homme et une femme.

A pesar de todo lo anterior, cabe decir que Les plus belles années d'une vie carece de la misma fuerza expresiva cinematográfica que sus precedentes. Se hace evidente la edad de Claude Lelouch, quien ya no busca arrebatar con movimientos de cámara o localizaciones espectaculares, sino tan solo centrarse en la historia de dos personas y en lo que estas se cuentan.

Pero es aquí donde se demuestra que, a pesar de que el cine sea una comunión entre el qué se cuenta y cómo se cuenta, a veces el contenido es más importante que las formas, como es el caso de Les plus belles années d'une vie. Y por ello, al final del todo, Lelouch se permite citar a uno de los cineastas más sencillos que jamás han existido, a un contemporáneo suyo al que sin duda echará de menos al igual que hace Godard, a un genio que no paró de dar vueltas hasta que pudo rodar el famoso rayo verde: Eric Rohmer.

Escribe Pepe Sapena

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