It: capítulo 2 (1)

  21 Septiembre 2019

Se pincha el globo

It-2-1Pocas cosas más desasosegantes para un crítico que tener que tragarse sus propias predicciones, basadas en la esperanza de haber atisbado una promesa, un nuevo aire para un género estancado, una revelación inesperada en una película mainstream.

Mi crítica de It (2017), loaba la adaptación de la obra de King, presumiendo que Andy Muschietti había sabido interpretar el subtexto y puesto en imágenes las pesadillas socio-literarias del creador de Pennywise.

Allí procuraba señalar sus aciertos y afeaba sus leves defectos, lugares comunes y pequeños vicios a pulir que no debían reproducirse en una segunda entrega si el realizador quería encontrar una voz original en el abigarrado panorama del cine de terror comercial. Porque como señalaba al final de mi crítica, It no era más que eso, una buena película de alcance masivo en un género minoritario.

Pareciera que el realizador argentino hubiese leído esa modesta reseña precisamente para hacer lo contrario de lo que —con toda humildad— recomendaba: no dejarse arrastrar por los tópicos del susto fácil y las facilidades de los efectos visuales; insistir en el sustrato literario de King, modificando mínimamente sus anacronismos o sus excesos, para encontrar un equilibrio entre lo escrito en los ochenta y lo filmado treinta años después.

Lamentablemente It: capítulo 2 se ha convertido en un verdadero despropósito que reproduce, de un modo corregido y aumentado, todo aquello en lo que fallaba la primera entrega, pero sin conservar los hallazgos de su noble predecesora.

En primer lugar, no consigue transmitir una pizca de inquietud, ni mucho menos terror. Los sustos totalmente previsibles hace mucho tiempo que dejaron de considerarse un ingrediente recomendable para construir una película seria. El buen realizador sabe que el terror es algo que se construye desde la lentitud, haciendo crecer morosa y progresivamente la opresión y la angustia, hasta rayar en lo insoportable.

Eso es exactamente lo contrario de plagar de sobresaltos un filme, haciendo avanzar la acción a trompicones y la tensión en oleadas ciclotímicas. Estos golpes de efecto son como las hamburguesas: no está mal comerse alguna de vez en cuando, pero no puedes basar tu dieta en ellas.

En segundo lugar, el humor debe siempre ser voluntario. La risa y el terror combinan a veces maravillosamente bien, pero hacer que alguien se ría de una escena con tu película, cuando ésta pretendía ser seria, sólo conduce al ridículo.

Esto ocurre varias veces a lo largo del filme, con varias secuencias de los perdedores enfrentándose a sus miedos, pero llega a su culminación en la supuesta apoteosis final, cuando Muschietti decide avanzar un paso y caer directamente en las viscosas garras de la vergüenza ajena: ese supuesto ritual de Chud, destinado a acabar con el monstruo mediante la autoafirmación, el rechazo del miedo y la reivindicación de la fe, más bien parece un aquelarre Scout, cuando no un ejercicio de bullying desprovisto de dramatismo y ahíto de la peor de las significaciones del patetismo. Si algún efecto tiene este ritual sobre el payaso asesino, parece ser el de abochornarlo hasta la muerte.

Porque esa es otra cuestión: Pennywise hace ahora honor a su condición de payaso y adquiere un protagonismo desmesurado en las coreografías de lo absurdo: más de la mitad de la película es una suerte de catálogo de sus imaginativas formas de tortura psicológica, pero éstas no parecen albergar un propósito mayor que el de intentar entretener al personal durante tres horas larguísimas.

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El efectismo visual se antepone al avance e incluso a la coherencia de la historia: en lugar de eliminar uno a uno a sus enemigos, la entidad maléfica se torna imprudente e imbécil, dejándolos escapar cuando los tenía atrapados e incluso facilitando los objetos del ritual que puede supuestamente acabar con ella.

Más le hubiera valido al realizador argentino explicar bien en qué consistía ese ritual, abundando en la carga metafórica del libro y de su primera película, porque todo lo que rodea este capítulo esencial resulta grotesco en su actual versión fílmica.

La obra de King tiene altibajos, cosa ya señalada anteriormente y esta circunstancia no es ajena a su situación personal de entonces. Sin embargo, había en ella una coherencia interna que justificaba, mal que bien, que nos sumáramos a la suspensión de la incredulidad que proponía el autor.

Esta coherencia se basaba en la equilibrada combinación de ideas de que, por un lado la transición de la infancia y adolescencia al mundo adulto era especialmente difícil y por otro que los problemas de los infantes guardaban una especial relación de simetría con los de los adultos, en la medida en que ambos suponían un cierto grado de adaptación traumática a una sociedad opresiva y violenta.

La fantasía, abonada por la fe y la confianza en la duración eterna de la amistad en los niños era una especie de salvavidas en un mundo incomprensible y atroz; la recuperación de estas capacidades en la madurez era quizá un antídoto contra la desesperanza que atenazaba a los adultos.

Para Muschietti, señalar la diferencia entre la fuerza de la fe de los niños y los mayores podría haber sido un hermoso motivo artístico, del mismo modo en que en la novela esta carencia dificultaba el enfrentamiento de los crecidos perdedores con It en su fase final.

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Pero en su lugar, el realizador argentino ha dejado traslucir precisamente este defecto de falta de confianza en toda su película: ni siquiera actores consagrados como Jessica Chastain o James McAvoy consiguen transmitir veracidad en sus papeles. Ni siquiera ellos parecen tener fe en la historia; en ocasiones se nos muestran como desganados, escépticos.

Este es el único momento en que la película consigue transmitir algo de terror, cuando intérpretes de primer orden bajan su rendimiento hasta la apatía. Quizá algo tenga que ver con ello lo sonrojante de algunas líneas de guión.

Paradójica —o quizá consecuentemente— el filme se ilumina cuando es protagonizado de nuevo por los niños. Las escasas escenas en que los adolescentes recuperan el protagonismo, dotan de brío a la película. Ello es quizá debido a que los jóvenes sí tenían fe en el proyecto, y a que cuando se rodaron sus escenas, It triunfaba en las salas de cine.

Pero ahora, cuando la marea ha bajado, estas mismas salas dejan un desagradable olor a cloaca, y los restos del globo rojo aparecen desgarrados por doquier, como restos de una avenida que ha perdido su ímpetu y ya sólo se escurre en finos hilillos de agua hacia los imbornales.

Una lástima. La pesadilla fue hermosa mientras duró y se mantuvo a flote. Ahora ya nadie flota allí abajo ni teme al payaso.

La metáfora final del filme es elocuente: se le ha arrancado el corazón a lo que alguna vez lo tuvo, aunque éste fuese oscuro y peligroso como la noche.

It regresa cada 27 años. De la serie televisiva protagonizada por Tim Curry en 1990 hasta el remake de Muschietti ha pasado exactamente ese tiempo. Como sucede en el libro, parece que no habrá un segundo revival: el argentino ha acabado de una vez y por todas con el payaso con este absurdo ritual.

Escribe Ángel Vallejo 


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