El hotel a orillas del río (4)

  12 Septiembre 2019

La soledad

el-hotel-a-orillas-del-rio-0Una nueva película de Hong Sangsoo. Una más dentro de su copiosa filmografía, tanto que a pesar de su indudable interés y su buena acogida, algunas de ellas no encuentran la posibilidad de ser estrenadas.

Y una vez más vuelve sobre su eterno tema, las relaciones de pareja y su fragilidad. En cierto modo, el director coreano lleva toda su carrera ofreciéndonos variaciones sobre el mismo motivo central, pero con la insólita capacidad de construir siempre una película diferente a las anteriores, sea por la inagotable cantidad de matices que el objeto de reflexión atesora, sea por el renovado enfoque y la creativa puesta en escena que es capaz de erigir en cada una de sus obras.

Las relaciones amorosas y sus crisis, reales, imaginadas o temidas, pasajeras o definitivas, a veces resignadas, pero siempre dolorosas, constituyen el hilo argumental en el que se incardinan sus trabajos. En este caso esas relaciones aparecen en su ocaso, y la película es algo así como una crónica de la devastación resultante, en la cual, una vez roto el vínculo que sostenía a los personajes, éstos se sumen en un aislamiento del que luchan por escapar, pero que acaba fagocitándolos.

El marco en el que se desarrolla la tenue acción es el idóneo para reflejar el estado anímico de los personajes. Ese hotel rodeado por la nieve que le sirve de aislante, incluso con el río que ejerce de barrera natural, delimita el espacio abandonado en apariencia en el que se refugian dos personajes que recibirán la visita de sus allegados. No aparecen más inquilinos que los dos protagonistas, lo que incide en el vacío que les rodea, amén de tratarse de un hotel con todas las resonancias de provisionalidad y despersonalización que posee su estancia allí. Ambos protagonistas se encuentran recluidos en un lugar que no es el suyo, incapacitados para construir una nueva morada que resulte de verdad acogedora.

A partir de este planteamiento, sirviéndose de largos planos en los que se recogen las conversaciones entre el padre y sus hijos, y entre la joven y su amiga, la película va construyendo a los personajes y a su entorno, peo sin caer en una ilustración literaria de sus discursos, sino yendo más allá de lo que dicen, captando matices que los contradicen, sugiriendo sentimientos que apenas asoman, desvelando el miedo, la decepción, la frustración y la comprensión que late en el trasfondo de lo que expresan.

Sangsoo posee la rara capacidad de filmar diálogos interminables sin someterse a lo que expresan, de introducir el poder de la imagen más allá de la expresión oral, para construir de esta manera un artefacto completamente cinematográfico.

A pesar de sus constantes diálogos, los cinco personajes son islas que no consiguen comunicarse entre sí. Dos indicios de los múltiples que la película posee pueden ponerlo de manifiesto. En primer lugar, el encuentro entre el padre y los hijos. Intuimos las dificultades del padre para decidirse a convocarlos, su incapacidad para comunicarles la necesidad que tiene de verlos, pero una vez lo consigue los hijos responden con una mezcla de desidia y extrañeza que justificaría aquella dificultad.

La conversación telefónica inicial gira en torno a la posibilidad de acudir a la habitación o encontrarse en el bar. La resistencia del padre a dejarlos subir equivale a poner un muro alrededor del único reducto, ínfimo, de intimidad que posee. Supone recluir sus relaciones en el espacio impersonal de las zonas comunes del hotel rodeado por la nieve. Los equívocos y la tardanza en encontrarse, con el padre al otro lado del cristal (otra barrera invisible) crean el adecuado clima de separación que gobierna sus relaciones.

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Otro detalle magnífico para mostrarnos la dificultad de ofrecerse de una manera sincera nos lo da el personaje de la recepcionista. Es ésta el vehículo del que se sirve la película para subrayar la escisión entre la imagen pública y la dimensión íntima de los personajes. Su interés por obtener un autógrafo del afamado poeta (después repetirá la acción con su hijo cineasta) recuerda la dificultad para desprenderse de la representación que se ofrece al exterior y en la que vive atrapado su verdadero ser, contradictorio con los honores y la gloria que desde fuera se perciben. Más adelante, las chicas jóvenes seguirán el mismo patrón en su encuentro con el viejo, poniendo de manifiesto la imposibilidad de una auténtica comunicación entre ellos. El hecho de que lo que de ellas resalte su compañero de hotel sea la belleza es otra forma de hacer lo mismo, de quedarse en lo superficial, en lo obvio.

A pesar de compartir el mismo espacio, los personajes se ignoran entre sí. Y muchas veces consolidan el equívoco evitando mostrar la realidad. Cuando el padre le pregunta al hijo menor si se va a casar pronto éste dice que sí, sin mencionar que carece de pareja. Por otra parte, el interés del padre manifiesta por su nuera (una manera sutil de minusvalorar a su primogénito) no recibe como respuesta el anuncio de la separación del hijo. Esta constante ocultación de la realidad es una negación de sí mismos, una opción inequívoca por el aislamiento.

La puesta en escena contribuye de manera brillante a esta idea: Cuando las muchachas están en el comedor hablando del poeta y su hijo cineasta, la cámara nos las muestra de espaldas a ellos; cuando las conversaciones se producen la distancia entre quienes las mantienen es siempre un poco más grande de la que requeriría la intimidad; el uso del zoom, uno de los recursos más reconocibles del cine de Sangsoo, es empleado para aislar a los personajes, o para abandonarlos en la nada, nunca para integrarlos, y la renuncia al plano-contraplano en los diálogos se suple con movimientos de cámara que redundan en la separación.

Una tras otra vamos conociendo las historias de los huéspedes del hotel. Sabemos que el padre abandonó a sus hijos y que de esa acción aún queda rencor en ellos, y, sobre todo, en la madre abandonada, quien considera a su marido el prototipo de la maldad absoluta. Sabemos los motivos del progenitor, incapaz de seguir viviendo con el sentimiento de culpabilidad (Nietzsche lo consideraba como uno de los más feroces legados del Cristianismo a Occidente, pero ahora comprobamos que su poder corrosivo se extiende hasta Corea). Se nos narra su nuevo amor y el abandono que sufrió, lo cual es contado con la resignación que la edad confiere y con la compresión que el cariño acaba propiciando.

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Son estas historias de una época casi remota, sobre la que el paso del tiempo ha ido depositando una capa de serenidad y perspectiva. Su protagonista está ya de vuelta de todo, y es capaz de contener las emociones que en algún momento estuvieron desbordadas. Hacia el final de la vida todo adquiere ese tono apaciguado que otorga uniformidad a cuanto ocurre.

Mucho más reciente es la historia de la joven abandonada. En ella percibimos su desolación contenida, su dolor secreto. En un momento dado, Sangsoo filma un plano de ella mirando por la ventana que parece extraído directamente de un cuadro de Hopper, con toda la carga simbólica que ello posee.

Pero también comprendemos la dimensión de su amor, proporcional al tamaño de su sufrimiento. A diferencia de su amiga, que no concede la más mínima disculpa al amante casado que ha acabado de abandonarla, ella muestra los lazos que aún le sujetan a él. Cuando se pregunta qué estará haciendo ahora plasma de manera bellísima la nostalgia por el pasado que acaba de perder. Su relación con el antiguo amante no es de furia y rencor, sino que le otorga comprensión en su miseria y cobardía. En unas pocas frases es capaz de construir un personaje ausente con una profundidad y una riqueza de matices inmensa. La apelación a su sufrimiento, a la dificultad para dormir, al constante estar pensando en su situación (no paraba nunca de pensar, nos dice) y al miedo a abandonar su vida regular, sin representar una salvación del personaje, sin restarle un ápice de su responsabilidad, nos habla del amor que siente por él y lo convierte también en una víctima, en este caso de su propia cobardía.

La amiga tampoco es un personaje decorativo. Al principio se nos dice que sufren las dos, aunque nunca sepamos los motivos de ese segundo sufrimiento. De todas formas la defensa exacerbada que hace de su marido frente a todos los demás hombres, compendios de maldad, nos habla de una situación emocional desequilibrada, necesitada quizá de tanto apoyo como el que ha acudido a dar.

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En cierto modo, esta relación entre las amigas podría parecer más calida que la mantenida por los hombres, a pesar del vínculo familiar que les une. Entre ellas existe al menos un contacto físico, el amago de una caricia. Pero la realidad es menos amable de lo que aparenta. El plano en el que por primera vez el brazo rodea el cuerpo de la amiga, esa primera aproximación, se alarga de manera casi artificial, de tal modo que más que cariño lo que acaba percibiéndose es la dificultad para expresarlo. Además, sus abrazos en la cama, repetidos en diversas ocasiones, se producen sin desprenderse de la ropa con la que se mueven por el hotel, una especie de barrera que las distancia y que impide la intimidad que buscan y necesitan. La caricia consoladora acaba teniendo una frialdad que más que consolar confirma la soledad en la que se encuentran.

El resultado es una película tristísima que acaba con unas lágrimas que ni siquiera son capaces de expresar desesperación. ¿Se trata de la mejor película de Sangsoo? Es posible, pero separarla del resto de su obra la desvirtúa. Su calidad se nutre de la totalidad de su cine, concebido como un continuo, un work in progress en el que se va construyendo la obra de arte con la que nos está obsequiando el director coreano.

Una obra, además, en la que se implica por completo, tanto a nivel personal, y ahí están las películas donde nos ha contado su ruptura y su relación con Kim Minhee, su musa y protagonista también de esta entrega, como profesional, convirtiendo en cine casi cada una de sus experiencias, como la estancia en Cannes mientras Isabelle Huppert promocionaba Elle, y que aprovechó para rodar La cámara de Claire, un año después presentada en este mismo festival.

Con cada película de Sangsoo queda la sensación de quedarse a medias, de necesitar un paso más en esta historia inacabada. Es por eso que aún resulta más frustrante que no lleguen a las pantallas algunos de sus filmes, la única pega que podemos poner a su cine.

Escribe Marcial Moreno  

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