Vivir dos veces (2)

  09 Septiembre 2019

Segundas oportunidades

vivir-dos-veces-1La esencia de las películas que giran en torno al género de road movie es que nos muestra un viaje externo que al final se convierte en un recorrido interno que termina transformando emocionalmente a los personajes. La estructura tiene en común un motivo, a veces importante, a veces trivial, que incentiva la necesidad del viaje y donde las situaciones que ocurren a partir de ese instante invitan a la reflexión de cuestiones más complejas que terminan afectando a los personajes que forman parte del relato.

El cine español no es ajeno a este enfoque y desde la lejana El puente, pasando por Hola, ¿estás sola?, Carreteras secundarias o las más recientes Vivir es fácil con los ojos cerrados, El olivo o Sin fin, son ejemplos de películas vinculadas a este modelo narrativo.

Vivir dos veces —el nuevo trabajo de María Ripoll después de la exitosa No culpes al karma de lo que te pasa por ser gilipollas— comienza con una noticia que desconcierta al protagonista, Emilio (Oscar Martínez), un profesor de universidad retirado es diagnostica de alzhéimer. Este hecho trastocará a su entorno más cercano formado por su hija Julia (Inma Cuesta), su yerno (Nacho López) y Blanca (Mafalda Carbonell), su nieta.

Rodada en Valencia, las localizaciones constituyen un elemento primordial y la directora saca partido al valor de los escenarios (las laberínticas calles del barrio histórico de Valencia o el paisaje de la Albufera) para incrementar el valor emocional de las escenas.

El guión del filme marca claramente tres bloques. Una parte inicial en la que, mientras Oscar asume el golpe que supone la aparición de su enfermedad y el hecho de que ésta sea incurable, asistimos a la presentación de una familia que externamente podríamos de estándar, pero que en cuanto profundizamos detectamos que esa estructura familiar es muy endeble: Emilio no tiene lazos afectivos con su familia pues siempre ha estado centrado en su trabajo, Julia no es tan segura como aparenta ser, el matrimonio muestra sus problemas, y Blanca, como muchos niños de su generación, vive pendiente del entorno digital sin conocer realmente a su abuelo.

Esta parte asienta el tono de la película, combinando el trasfondo dramático provocado por la enfermedad con toques humorísticos provocados por el sarcasmo del viejo profesor y el inocente desparpajo de la niña. La necesidad de un mayor acercamiento también genera situaciones cómicas que conviven con el miedo y la incertidumbre de Emilio y Julia. El deseo de Emilio de reencontrarse con un amor de juventud, una asignatura pendiente en su vida, antes de perder la memoria definitivamente, impulsa la parte central del filme, la del viaje.

Un viaje, de Valencia a Navarra, en la que los personajes van afrontando sus inseguridades, sus miedos, y donde las caretas van cayendo para dejar al descubierto la realidad en la que cada uno vive. Julia se replantea la relación con su marido, Blanca comienza a atar lazos emocionales con su abuelo y padre e hija van acercándose en el conocimiento mutuo. Las carreteras, la estrechez del coche y la necesidad de buscar apoyo para conseguir el objetivo marcado son el pegamento que sirve para unir a las tres generaciones y asumir la realidad, marcada por el fracaso, que tienen que afrontar.

El tramo final del filme, con la vuelta a Valencia, abre el espacio en el que el drama gana terreno frente a los trazos cómicos que se van apagando. La dura realidad de esta enfermedad, para los enfermos y los familiares, obliga a un tratamiento sin ambages de tal forma que no pueda  parecer que se frivoliza sobre el alzhéimer. Las imágenes reflejan el paso del tiempo, paralelo al avance de la enfermedad de Emilio, y entramos en una parte más simbólica donde, dentro del pesimismo, aflora cierta esperanza (el reencuentro de los ancianos, las imágenes de la niñez, el final frente al mar).

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Como hemos comentado inicialmente, junto al elemento desencadenante de la trama (la enfermedad), el viaje emocional permite que el relato pueda ir más allá, abriendo el filme hacia un abanico temático más amplio. Es por ello que la reflexión sobre la necesidad de salvaguardar la memoria, recuperando el pasado (si se pierde la memoria es como estar muerto), y la confianza en que nunca es tarde para realizar los sueños, ese «vivir dos veces» al que se refiere el título del filme en el sentido de disfrutar de una segunda oportunidad, amplifican el mensaje de la película dotándolo de los aspectos más esperanzadores.

La familia disfuncional representada por las tres generaciones todavía tendrá la oportunidad de recuperar el conocimiento mutuo y el cariño después de años de indiferencia. El personaje de Emilio, al que se describe como una persona egoísta que ha pasado su vida dedicada a la investigación y la docencia, en cierta medida colmará sus deseos antes del aislamiento definitivo provocado  por la enfermedad.

El problema que encontramos en Vivir dos veces no es precisamente de la parte que en principio parecía más arriesgada, la combinación de comedia y drama, pues en ese sentido el filme sale airoso manteniendo un razonable equilibrio, sino que el ensamblaje de los tres bloques descritos no encaja para constituir un conjunto integrado, sino que inicio y final destacan frente a una parte central más anodina que reduce el ritmo narrativo.

También el final, siendo necesario, está introducido de una manera un tanto forzada (el amigo virtual de Blanca que encuentra a Margarita, el encuentro en la residencia) haciendo visible en exceso la tramoya de la escritura del filme. Todo el esfuerzo realizado en el viaje para encontrar a ese primer amor de juventud se solventa de un plumazo en una línea de guión.

Al final, la parte más destacada del filme viene de un casting formidable en el que el generoso trabajo de los tres intérpretes principales (el personaje de Nacho López cuenta con un menor lucimiento en la historia) permite componer unos personajes en los que se transmite la evolución y el cambio emocional desde el principio hasta el fin. Oscar Martínez da vida al hombre que va precipitándose en el abismo de su enfermedad, pero capaz de luchar por recuperar y conservar el pasado mientras pueda; Inma Cuesta muestra la fortaleza de quien sufre la cercanía de la  enfermedad, conjugando ese sufrimiento y aportando los rasgos cómicos que se generan del propio drama; y Mafalda Carbonell, un personaje al que el guión mima con los toques humorísticos inherentes a la inocencia de la infancia y en el que aparece muy bien tratado la discapacidad como factor de superación.

Escribe Luis Tormo | Entrevista con María Ripoll e Inma Cuesta

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