El peral silvestre (3)

  17 Agosto 2019

Matar al padre

el-peral-silvestre-1Nuri Bilge Ceylan es el director de los espacios cerrados, aunque sus límites no se perciban, el de las cárceles invisibles, el de las huidas frustradas, el de las ansias de superación condenadas al fracaso. Es el director de la tristeza insuperable, el de la resignación disimulada.

En su obra anterior, Sueño de invierno, nos relataba la historia de un escritor frustrado atrapado en un hotel en medio de la nada. Hablaba de sus ansias por escapar, de sus miserias y sus esfuerzos por conservar una dignidad impostada. Con ella ganó nada menos que la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Y a esos mismos personajes y sus coordenadas vuelve con El peral silvestre, de nuevo sombras condenadas a la nada que se debaten entre la aceptación y los postreros intentos de escapar a ella.

Sinan, el protagonista e hilo conductor de la película, ha estudiado en Estambul y está a falta de un examen para graduarse y convertirse en maestro. Un logro que encierra una amenaza, la posibilidad de tener que ejercer su profesión en el temido este del país. En la primera imagen lo vemos tras un cristal en el que se refleja el mar mientras espera la vuelta a su pueblo. Esa manera de introducir al personaje ya nos da cuenta de la cárcel invisible en la que va a recluirse.

Allí se encontrará con su familia y sus viejos conocidos. Uno a uno, a través de largas secuencias y prolijos diálogos que va manteniendo con cada uno de ellos, va diseñando ese laberinto, o ese pueblo podrido como lo llaman, del cual cada uno intenta escapar a su manera, pero que les retiene sin piedad.

Sinan se aferra a su vocación de escritor. Tiene un libro listo para ser publicado, y en su intento por encontrar ayudas que le permitan hacerlo se nos van presentando los poderes políticos y económicos de su entorno. Tras las buenas palabras se esconden los intereses más mezquinos y la defensa de una tradición tan absurda como opresiva. La conversación con Hatice, antigua compañera de colegio, lo pone en evidencia: Cuando están solos, ella se libera del pañuelo que cubre su cabeza, pero cuando ha de volver con su madre se lo coloca de nuevo. La joven ha renunciado a la rebeldía que pudiera ser liberadora, hasta el punto de aceptar casarse con un joyero que al menos le garantiza cierto estatus, aunque ello suponga rechazar al novio de juventud de quien, intuimos, sigue enamorada. Hatice es un caso de asunción de una realidad que se presenta a ojos de quien la sufre como invulnerable, y el esfuerzo de sobrevivir con sus reglas.

En la familia de Sinan encontraremos la derrota y la fe en el triunfo. La cara positiva la ofrece el padre, quien, pese a las apariencias y a su entorno, es el único personaje defendible con el que vamos a encontrarnos. Con su constante sonrisa su vida es la de un idealista con nuevos proyectos siempre en marcha. Muchos de ellos absurdos, y todos fracasados, pero eso no merma su fe en el éxito futuro. Incluso su ludopatía nos habla de su falta de resignación, y el rechazo de su familia es una carga más que lleva sobre sus hombros pero que no le detiene.

Las mujeres, sobre todo la madre, son el contrapunto del progenitor. Ella ha tirado ya la toalla y su vida se limita a ver pasar el tiempo. Las telenovelas que constantemente emite la televisión y de las que no se despega marcan la decadencia en la que está sumida. Hay un apunte inquietante que sugiere lo inevitable del fracaso. Es ese en el que la hija pequeña, quien estudia y por tanto sigue teniendo fe en un futuro mejor, abandona sus libros y se une a la madre frente al televisor, en una especie de antelación de aquello a lo que su vida está abocada sin remedio.

Como complemento de esa íntima frustración queda el recuerdo de tiempos mejores. Cuando el futuro no existe sólo cabe aferrarse al pasado, aunque sea idealizándolo, y en este caso los reproches a Idris no han conseguido aún contaminar el tiempo ido. Por debajo del rencor late un cariño que aún con la desgracia no renuncia a las decisiones tomadas. La madre no reniega de lo que hizo al casarse con él, en una especie de fatalismo irresoluble. La rebeldía en ella no es ni siquiera retrospectiva.

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La película es implacable con Sinan. Todo el odio que destila hacia su padre no pretende sino encubrir su propio fracaso. La traición que lleva a cabo para publicar su libro refleja no sólo una notable falta de nobleza sino un egoísmo que al menos en Idris está ausente. Porque en realidad Idris luchó por su familia y en el fondo lo sigue haciendo. Él estuvo en el amenazante este ejerciendo de maestro, y su jubilación ha conseguido cierto respiro económico para los suyos, mientras él vive recluido en la montaña cuidando un rebaño y empeñado en conseguir agua del pozo.

La nieve va cubriendo poco a poco el paisaje, y el Passacaglia BWV de Bach (la única música que suena en la película), a modo de sintonía condenatoria, acompaña los paseos de Sinan en su incesante hundimiento. Al final sus libros no se han vendido, y él ha tenido que pasar un tiempo en el ejército, donde quizá esté su futuro profesional. La película nos está contando en realidad el final de los sueños de Sinan, la renuncia a la juventud excitada y la entrada en una madurez que no necesariamente ha de ser resignada, como su padre nos muestra, pero que sí que añade perspectiva y ecuanimidad. Y con ello acaba produciéndose un reconocimiento de la figura del padre.

Es éste, con su aparente distancia, el único que ha leído el libro de su hijo, pues aunque consciente del rechazo que en su vástago suscita, es capaz de mirar más allá de la inmediatez y aceptar la confrontación como motor del progreso. Las críticas vertidas hacia el padre son vistas por éste como el camino necesario que todo hijo ha de seguir, un camino que tiene en él su origen, pues él fue, al fin y al cabo, quien le enseñó el peral silvestre que da título al libro. Una huida a la que espera finalmente un camino de vuelta, el cual se apresta a emprender Sinan.

Al cabo Sinan cava en el pozo seco de su padre. Es una elegante manera de reconciliarse con él, pero es también, al mismo tiempo, una renuncia y un esfuerzo por seguir adelante. Es una manera de no morir antes de que la muerte le alcance.

Al final la película no ofrece salidas, pero al menos posibilita una conexión entre los personajes, un reconocimiento en el otro que hace más soportable la cárcel de cristal en la que se encuentran.

Escribe Marcial Moreno  

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